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Xavier Sardà: "La muerte es un atentado contra la razón"

ENTREVISTA

Xavier Sardà: "La muerte es un atentado contra la razón"

En su última novela, 'Adiós, muy buenas', el periodista, que esta semana ha llorado al enterrar a su amigo Martí Galindo, aborda la muerte desde el humor y la reducción al absurdo

Juan Fernández

Nadie lo diría, a la luz de la energía y el vitalismo que suele desplegar en sus apariciones públicas y sus escritos, pero a Xavier Sardà le acompaña desde niño un sentimiento trágico de la vida. Él lo achaca a lo pronto que tomó conciencia de la caducidad de la existencia, pero lo cierto es que la muerte ha sido a menudo razón de sus desvelos y objeto de sus reflexiones. Al fin y al cabo, la parca era una protagonista más en 'Eros, Thanatos y su puta madre', su novela del 2008, y en su libro de memorias, 'Mierda de infancia' (2012).

Ahora, a punto de cumplir 61 años, ha decidido darle una nueva vuelta a la muerte desde la ficción. Un cementerio al borde del mar es el escenario de 'Adiós, muy buenas' (Espasa), su última novela, en la que un sepulturero, un jardinero y un par de ancianas contemplan con más humor que dramatismo la vida de los vivos desde el privilegiado mirador donde habitan los muertos. Sardà no ofrece respuestas a preguntas que no las tienen; solo propone extrañamiento y una mirada irónica ante un asunto que no hay por dónde cogerlo.

¿Le preocupa la muerte?
El ser humano es la primera especie que tiene conciencia de su propio fin. Oiga, quien lo lleve bien, me alegro por él, pero no me diga que es fácil. La mortalidad es una cosa rarísima, es pura ciencia ficción, Desde Oriente nos cuentan que los occidentales no queremos mirarla de frente. No, perdone, aquí el único problema es la muerte, que es obscena, incontrovertible y atronadora. Es un atentado contra la razón.

¿Usted cómo se relaciona con ella?
Hay quien le da de lado hasta que es muy mayor. A mí me ha fascinado desde que era pequeño porque, por desgracia, la tuve presente de forma prematura. Mi madre murió cuando yo tenía 7 años y ese día comenzó una fiesta macabra que me ha hecho reflexionar mucho. Desde entonces, muchas de mis historias han gravitado alrededor de la gente que fallece.

¿Ha llegado a alguna conclusión?
En mí pervive la estupefacción infantil con que he contemplado la muerte durante toda mi vida. Dicen que hay que vivir sin tenerle miedo. De acuerdo, podemos hacer el esfuerzo de evitar que se convierta en una obsesión recalcitrante, pero no logro acomodarme a la idea de que todos vamos a fallecer. 

¿Viviríamos de otra forma si tuviéramos presente ese dato?
No lo sé. Hay quien despierta de pronto y toma conciencia de que es mortal. Me asombra la normalidad con que lo llevan. También me llama la atención lo mal que lo pasamos en vida teniendo en cuenta que un día vamos a desaparecer. Resulta paradójico.

¿Qué le parecen las promesas de la vida eterna?
Hay una industria alrededor de la muerte, tanto económica y funeraria como religiosa. Si fuésemos inmortales no habría religiones. El Vaticano, que es la cara obscena de la espiritualidad, dice que hay un único dios verdadero capaz de juzgarte y enviarte al infierno cuando mueres. Me parece de película de serie B. Luego está el hinduismo, que defiende la reencarnación. Maldito karma: dependiendo en qué nos reencarnaremos, igual no vale la pena.

¿Usted dónde se posiciona?
Cuando no eres creyente te ves enfrentado al abismo existencial, has de elegir entre el vacío y la nada. Fíjese, para que usted naciera debieron darse unas casualidades biológicas rarísimas, sus posibilidades de llegar al mundo eran ínfimas. Pero una cosa sí puedo asegurarle: cuando muera, no hay ninguna posibilidad de que vuelva a nacer. Por eso, me quedo con Josep Pla cuando decía: «Déjense de comedias, a los padres solo se les puede pedir una cosa: durabilidad».

"Discrepo de 
los que dicen
que hubo
rebelión y que
habría que
aplicar ya el
155, y de los
que afirman
que la sentencia
ya está dictada"

¿El humor puede ayudarnos a conllevar esa tragedia?
Sin duda. Por eso hay tantas situaciones hilarantes en mi libro. Me he divertido mucho escribiéndolo. Bien mirado, un columbario de nichos de un cementerio es como un muro de Facebook. Puedes inventarte las historias que quieras, pero todas acaban en el mismo sitio. Me interesa plantearme cuestiones inquietantes, como saber si mi ataúd ya está construido, o contar historias sensuales como la de la mujer del dueño del crematorio que abandona a su marido para irse con uno que trabaja en un tanatorio. La muerte está llena de absurdos. 

¿Le da miedo?
Temo al proceso, no a la muerte en sí. A la gente le aterroriza la idea de estrellarse en un avión. ¡No lo entiendo, si es una muerte rapidísima! Hay quien se tira cuatro años muriéndose. Eso sí es preocupante. 

Esta semana le ha tocado enterrar a una persona querida, el señor Galindo, que usted lanzó a la fama en ‘Crónicas Marcianas’. ¿Cómo lo ha llevado?
Con disgusto y pena. Le he llorado como un niño, pero no queda otra que tragar este sinsentido. Es como si en el estómago tuviésemos arena y cada vez que muere un ser querido, se revolviera. Yo ahora estoy así, removido por dentro. Pero esto es lo que hay, la gente se muere, se muere Galindo, nos morimos todos.

Hablemos de la vida. Estos días está grabando de nuevo ‘Juego de niños’. ¿Qué sensación ha tenido al volver al concurso con el que debutó en la tele en 1990?
La de la magdalena de Proust: ha sido pronunciar la palabra gallifante y viajar atrás 30 años. Los niños han cambiado mucho. Los de ahora tienen más agilidad mental y son más sabios en pantallas, pero están más desconectados de la realidad no virtual.

No es su regreso a la tele, porque le vemos en ella habitualmente comentando la actualidad. ¿Qué le atrae de esa faceta?
Me encanta ser tertuliano. Soy feliz cada día que voy a 'Al rojo vivo' o a 'La Sexta Noche'. Para alguien como yo, que he hecho programas de varias horas de duración, es un ejercicio de humildad. En píldoras pequeñas, has de decir algo que resulte original e ingenioso, pero que no sea ni muy dramático ni muy cómico. No es fácil.

El género tiene mala fama.
Umbral ya lo decía: sin énfasis no habría periodismo ni literatura. La tele tiene que ser viva, intensa y con contrastes. Por eso tienen éxito estos formatos. A la gente le gusta la discrepancia.

A veces hay enfrentamientos fuertes. ¿No le afectan?
En absoluto, porque es pura dialéctica, los ataques nunca son ad hominem ni personales, solo hay debate de argumentos. Parece que nos arañamos, pero es venial. Yo con Inda y Marhuenda me lo paso muy bien

¿Hay que pisar charcos aunque te partan la cara?
En mi caso, es un rasgo personal. Cuando hacía 'Crónicas' y me posicioné a favor del 'No a la guerra', me llamaron rojo catalán de mierda y me pidieron que me fuera a Catalunya. Ahora que soy crítico con el ‘procés’, hay quien dice: «Españolista de mierda, vete a Madrid». Lo único que he sacado en claro es que para los dos extremos soy una mierda. 

¿No le afecta?
No, porque hablo desde el respeto y la consideración. Yo he estado con Junqueras en la cárcel de Estremera, sufro intensamente el conflicto que hay en Catalunya y siento dolor por todos, no de forma partidista. Mi forma de ser es la contraria al conflicto que se vive en Catalunya, pero es lo que hay. 

¿Está siguiendo el juicio al ‘procés’?
Sí, y estoy en contra de los que dicen que hubo rebelión y que habría que aplicar el 155 mañana mismo, y también de los que afirman que la sentencia ya está dictada. No, las pruebas hay que demostrarlas en el juicio, y en base a ellas, el tribunal decidirá. Y por lo visto hasta ahora, la acusación de rebelión se está deshinchando, lo que interpreto positivamente.

¿Qué le anima a seguir en primera línea a alguien que, como decía Lola Flores, ya tiene la luz pagada?
Se equivoca. Se mitificó mucho lo que yo ganaba en 'Crónicas Marcianas', se dijeron barbaridades que no se corresponden con la realidad. Por otro lado, la luz no para de subir. Sigo en esto porque me gusta. A mi edad, ir al programa de Ferreras, verle trabajar con esa pasión, vivir de cerca esa intensidad y luego marcharme a mi casa, es una satisfacción. 

Han pasado 22 años desde que estrenó ‘Crónicas Marcianas’. ¿Cómo se ve a sí mismo hoy?
Permítame que vuelva a Pla, quien decía: «Si hoy no me ha pasado nada malo, malo de verdad, ¡ganga!». Pues eso digo yo. Estoy razonablemente bien. A mis 60 años, que no me pase nada grave es motivo de celebración. Oiga, ya nos llamarán. Mientras tanto, sigamos. 

Datos biográficos

Hijo de un agricultor metido a transportista de bidones químicos, Xavier Sardà y sus cuatro hermanos –entre ellos la actriz Rosa Maria Sardà– crecieron en un hogar marcado por la muerte de su madre cuando él tenía 7 años. 

Tras estudiar Periodismo, trabajó de cronista musical para varios periódicos de Barcelona, hasta que dio el salto a la radio, donde creó al señor Casamajor, el anciano personaje que le dio popularidad, primero en Radio Nacional y a partir de 1992 en la SER, donde presentó  ‘La Ventana’ entre 1993 y 1997.

Debutó en la tele en 1990, con el concurso  ‘Juego de niños’ (TVE), pero su mayor éxito de audiencia lo logró con  ‘Crónicas marcianas’ (1997- 2005). Después ha hecho diversos programas de corta duración y ha escrito cinco libros. Actualmente es comentarista político en La Sexta y articulista en EL PERIÓDICO.