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Las cenizas del paraíso

DRAMA EN EEUU

Las cenizas del paraíso

Los habitantes de Paradise aún no pueden volver a sus hogares dos meses después del fuego más destructivo en la historia de California

Andrea López Tomás

El eco de las carcajadas infantiles retumba en la pista de hielo. Pequeños y mayores se concentran a sus puertas, colocándose los patines y esperando a que la voz de megafonía les anuncie que ya pueden lanzarse. A ese oasis de risas y nervios le rodea la destrucción. Más de ocho semanas han pasado desde que el fuego engulló el pueblo de Paradise, al norte de California, y ahora solo quedan las cenizas.

En sus calles únicamente habita el silencio. Es, era, un pueblo de 26.000 habitantes, a 275 kilómetros de San Francisco. A ambos lados de la carretera apenas pueden distinguirse los restos de varios coches y chimeneas infinitas que se elevan entre la devastación. Nada parece haber sobrevivido a la brutalidad de 'Camp Fire', el fuego salvaje que devoró Paradise en menos de hora y media.

"Parece que una bomba ha caído en nuestras calles", decía un lugareño. El pasado 7 de noviembre, el 'Camp fire' surgió de manera indomable y se llevó por delante más de 80 vidas y unas 62.000 hectáreas. Las elevadas pérdidas materiales y humanas lo han convertido en el peor fuego en la historia de California y en el sexto en la historia del país. 

Sin agua ni electricidad, Lauryn Devore vive en una autocaravana con su marido. "Solíamos pasar meses en nuestra autocaravana visitando distintos parques nacionales; ahora, es otra forma de hacer cámping, es cámping para sobrevivir", explica.

Adiós a los símbolos

Un mayor contacto con la naturaleza fue el motivo que llevó a la familia Devore a mudarse a Paradise desde el caótico Los Ángeles en 1971. "Vinimos aquí por los árboles", añade Lauryn. Esa fue la misma motivacion de Andrés Aznaros y Jeannette Huggins, habitantes del pueblo que perdieron sus casas por el fuego.

Los árboles de Paradise son el orgullo de sus locales: pinos eternos que conectan la tierra con el cielo. Y sin embargo, han acabado siendo su perdición. Tras el fuego, aún se mantienen rectos como si nada hubiera ardido aunque sus raíces ennegrecidas anuncian que están muertos. Una de las primeras acciones por parte del Ayuntamiento ha sido la tala de estos pinos para empezar a limpiar el pueblo. Adiós al símbolo de Paradise. "Es muy triste ver cómo los están cortando: ¡los árboles son Paradise! Necesitaremos tiempo para hacernos a la idea de este nuevo Paradise, pero el pueblo necesita crecer", se lamenta Devore.

«De un día a
otro, nuestras
vidas han
cambiado para
iempre», se
lamenta 
Lauryn Devore

Aznaros también fue testimonio de la violencia del fuego con árboles y casas. “Era como la tercera guerra mundial, la gente corriendo mientras las llamas arrasaban con todo", explica desde su puesto de trabajo como gerente de ventas en una tienda de accesorios para automóviles.

Su pasión por la naturaleza le trajo a Paradise junto a su mujer y sus hijas hace cuatro años. "Yo, que era un hombre de ciudad, caí enamorado de la naturaleza cuando empecé a lidiar con los fuegos", afirma. Aznaros es voluntario en el Centro de Conservación de California (CCC) y ha ayudado a evacuar fuegos estatales y nacionales. Pero ninguno se parecía a lo que presenció el 7 de noviembre: "Aunque eran las 10 de la mañana hubiera podido jurar que era la una de la madrugada por lo oscuro que estaba el cielo".

La ferocidad de las llamas

Todo el mundo en Paradise tiene una historia con las llamas. California es un estado proclive a los incendios con la escalofriante cifra de 6.284 fuegos solo en 2018, según Cal Fire, el Departamento Forestal y de Protección contra Incendios de California. Una mayor densidad de población en zonas con más riesgo de incendio ha provocado que una vez el fuego se inicie, este devore estructuras (edificios, carreteras, parques, etc) que avivan su intensidad.

Muchos habitantes de Paradise, amantes de la naturaleza californiana, estaban implicados en cuidar de su estado y protegerlo de los efectos devastadores del fuego. El hijo de Lauryn Devore luchó contra las llamas. "Mi primogénito tiene mucho estrés y un gran trauma por todas las cosas que vio y por haber perdido su casa", explica apenada. "De un día para otro, como si nada, nuestras vidas han cambiado para siempre", se lamenta.

Aspecto de un barrio residencial de Paradise dos meses después del trágico incendio que destruyó la población californiana. / ANDREA LÓPEZ TOMÁS

Las organizaciones saben cómo actuar y acudieron rápidamente a ayudar a las víctimas del 'Camp fire'. Pero la peculiaridad de este fuego, con su enorme fuerza y su rapidez, las pilló con la guardia baja. "Este tipo de incendio salvaje no se había visto antes: vinimos lo más pronto posible pero no podíamos hacer más", se lamenta Jerry Smith, responsable de la Costa Oeste de la American Baptist Association (ABA) Disaster Relief, entidad especializada en asistir durante y después de los desastres.

Las primeras acciones que se llevaron a cabo se centraron en la evacuación de los habitantes de Paradise a lugares seguros. La mayor ciudad cercana es Chico con casi 100.000 habitantes y aún, a día de hoy, muchas de las víctimas siguen allí, en casas que la solidaridad de los estadounidenses y el boca a boca les han ofrecido. Gran parte de los evacuados se repartieron por todo el estado de California, en casas de amigos o familiares. Otros lograron salvar sus autocaravanas y ahora vive delante de los hogares de conocidos que les echan una mano.

"Zombis al borde del colapso"

"Hay algunas personas que aún se encuentran en estado de 'shock' e incredulidad: no pueden creer que esto realmente les haya pasado, que lo hayan perdido todo", explica Ray Velasquez, pastor en Chico y miembro de la ABA Disaster Relief. En las primeras semanas, las víctimas pasan por un primer estado de duelo: "andan como zombis, hay tanto papeleo por hacer con tal de sobrevivir que no tienen tiempo de pensar en lo que han perdido", añade Smith. "Un mes después, cuando se levanta la orden de evacuación y pueden ver sus hogares, entran en colapso", describe.

Jeannette Huggins perdió su hogar por culpa del fuego y relata cómo fue esa despedida del pueblo que le había acogido durante 14 años. "Cuando mi marido y yo visitamos los restos de nuestra casa, queríamos tener un último recuerdo del hogar que habíamos compartido", rememora. Los Huggins se han ahorrado todo el papeleo ya que estaban de alquiler, aunque eso no hace el duelo mucho más llevadero. De su última visita, pudieron recuperar dos tazas que habían sobrevivido al fuego y que aún son capaces de conservar el calor del café que cada mañana comparten en la autocaravana aparcada frente a la casa de la abuela de su marido.

«Hay personas
que aún se
hallan en estado
de 'shock' e
incredulidad»,
explica el pastor
Ray Velasquez 

"Nosotros no vamos a reconstruir nuestra casa", argumenta Huggins. El trauma, las dificultades económicas o la urgencia de estabilidad son algunos de los motivos que han llevado a algunos habitantes de Paradise a tomar la decisión de no volver al pueblo. "Algunas personas sí que van a hacerlo, pero primero son necesarias medidas por parte del Gobierno: aunque la gente quiera volver, si no hay una comunidad a la que retornar, no lo van a hacer", añade Huggins.

Pero la comunidad de Paradise solo se ha mudado temporalmente: Devore explica que al ir a hacer la colada a Chico, toda la gente que se encontraba en la lavandería habían sido sus vecinos, y Aznaros relata que allá donde va coincide con numerosas personas que también han perdido su hogar. "Hablas con ellos y no sientes como que no los conoces, sino que al estar todos sufriendo lo mismo, los siento como si fueran de mi familia", confiesa emocionado.

La "montaña rusa" de emociones que vive Aznaros desde el pasado noviembre o el "enorme sueño" de Devore, del que parece que se va a despertar pronto, no les han hecho perder su amor por Paradise. "Mi hijo va a reconstruir su casa: somos una familia muy fuerte", añade Devore. Aznaros tampoco tiene ninguna duda: "Quiero volver a pasear entre los árboles de Paradise con mi hija cada mañana". El halo de sus carcajadas hará volar las cenizas y llegarán casi tan alto como la copa de los pinos del paraíso. Y así se acabará, según ellos, con ese negro silencio.