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Mary Poppins no era cursi, era chamana (y oscura)

Mary Poppins no era cursi, era chamana (y oscura)

El viernes se estrena 'El regreso de Mary Poppins', nueva versión del musical de Disney de 1964

La creadora del personaje, esotérico y transgresor, siempre renegó de la superficialidad de la película

Núria Marrón

Forma parte de la historiografía de 'grandes decepciones' de Hollywood el llanto rabioso con el que P. L. Travers, autora de 'Mary Poppins', encajó la adaptación que los estudios Disney habían hecho de sus libros. El fundador, Walt, rondó casi 20 años a la escritora para que le permitiera hacer la película y ella, finalmente, solo aceptó en un momento de apuro económico. Travers, mujer de mundo y temperamento inflamable, se las apañó para ser consejera en la producción y montó incendios en cada (mala) decisión que, a su entender, tomaba el equipo. Pero el resultado final estaba más allá –de hecho mucho más allá– de lo que ella podía considerar aceptable.

Los Banks –George, Winifred, Jane y Michael–, en el 'happy end' de la película.

De entrada, le irritaban los fragmentos animados –¿cómo podía sentarle, si no, a una seguidora del ocultismo ver a sus personajes, a los que había atribuido magias paganas, tomando el té y bailando con pingüinos?– y que la señora Banks, una mujer incompetente a secas en la obra original, fuera caracterizada como una «estúpida sufragista» que ordena a las sirvientas que le llenen el bolso de huevos podridos para arrojar al primer ministro, al tiempo que, sumisa y dócil, le esconde sus actividades al marido. De inclinaciones socialistas, a Travers tampoco le gustó que la película presentara a Mary Poppins como una 'nanny' recién salida de un internado exclusivo de Mayfair –la original estaba situada unos eslabones por debajo de la escala social–, ni que blanqueara su desdén satírico hacia las ínfulas de clase media de los Banks (en el libro, su casa es definida como la «más pequeña» y «destartalada» de la calle de los Cerezos).

‘Coach’ familiar

Pero, quizá, lo que más le irritó fue la dulcificación y simplificación de la protagonista, una niñera severa, contradictoria, aguda y hosca –una mujer que nunca pierde el tiempo siendo amable», había escrito ella– a la que Disney acabó convirtiendo en una especie de 'coach' familiar que con un poco de magia, azúcar y canciones pizpiretas es capaz de poner orden en el caos y reparar la disfunción de los Banks. «Disney –criticó Travers, que cuando vio a Julie Andrews dijo que "al menos" tenía "la nariz del personaje"– no fue nada sutil y emasculó a cualquier personaje que tocó, reemplazando la verdad por un falso sentimentalismo».

Mary Poppins, en una charla con los pájaros.

'La verdad', según Travers, es que el universo moral de su heroína era más oscuro. La escritora –amiga del poeta William Butler Yeats, de la orden esotérica Golden Dawn, y seguidora del gurú ocultista armenio George Gurdjieff– sintetizó en Mary Poppins esa idea suya de que «no se puede entender lo extraordinario sin lo ordinario». «Ella es la vida cotidiana, que está compuesta por lo concreto y lo mágico», explicó. Así, como una chamana, la niñera ni tiene pasado ni se sabe de dónde viene colgada de su paraguas parlante, y mantiene excelentes relaciones con el mundo oculto: dialoga con  animales y elementos meteorológicos;  entra y sale de otras dimensiones como quien abre y cierra una puerta, y tiene una relación con los espejos y un desapego por el mundo físico que en su día fascinó a los poetas Sylvia Plath y T. S. Eliot. Y luego está el tirón siniestro: en un capítulo, por ejemplo, hay adultos que se cortan la punta de los dedos para que los coman los niños.

Nervio inquietante y transgresor

Está claro que nada de esto podía aparecer en una producción de Disney. Sin embargo, sí es cierto que en la película late un nervio por momentos inquietante y  transgresor y, por supuesto, impensable en 'Sonrisas y lágrimas' o 'Lassie vuelve a casa'. Ya desde el principio –«viento del Este y niebla gris anuncian que viene lo que ha de venir», avanzaba el personaje de Dick Van Dyke, que destrozó de tal manera el acento 'cockney' que en el 2014 aún pedía perdón– se intuye que la llegada de lo inexorable va a desatar unas cuantas tormentas. «Lo que me sorprende, al volver a verla, es lo arrolladora que fue la versión original», decía días atrás la escritora Emma Brockes.

 

Lo primero que –al menos cronológicamente– hace picadillo la película es el orden patriarcal y el trono doméstico de los señores de principios de siglo, que empezaba a ser amenazado por las sufragistas que practicaban la acción directa y eran alimentadas con embudos y a la fuerza en sus huelgas de hambre. ¿Recuerdan la canción con la que entra en escena el señor Banks? «Ser hombre en Inglaterra bella cosa es –cantaba, encantado de conocerse, el caballero–, el hombre aquí lo es todo en 910; gran señor de mi casa: el jefe, el rey... A los vasallos, sirvientes, mujer, niños les doy trato firme pero cortés». Y aunque es verdad que las sufragistas eran ridiculizadas en la cinta, también lo es que, como suele recordar la escritora Caitlin Moran, un puñado de generaciones hallaron más líneas dedicadas a la campaña del voto femenino en 'Mary Poppins' que en los libros de texto (lo cual no deja de ser triste).

Caos, nueva mirada y crítica al sistema financiero

Luego está cómo el caos esotérico que genera la niñera, que mantiene parte de la autonomía e irreverencia del personaje original –«nunca doy explicaciones», le suelta al patrón–, va desmantelando credos ingleses como la tradición, la frialdad y el desapego emocional, al tiempo que arroja a los niños a experiencias más allá de la comprensión que les lleva a cuestionarse la realidad y a mirar a su alrededor con ojos nuevos. Por si no fuera suficiente para un musical simplón, en la película también asoman en clave Disney la crisis de los cuidados–¿quién sostiene la vida y los afectos mientras los adultos están a sus cosas?– y el pulso socialista de la autora. Lo hace tanto en el retrato de la panda de ancianos siniestros y usureros que dirigen el sistema financiero, "puntal –llegan a decir– del imperio británico", como en la caída del señor Banks ante los ojos de sus propios hijos, humillado por sus patrones y destronado de su sueño de ser «un gigante de las finanzas».

Emily Blunt, en 'El regreso de Mary Poppins'.

Pero quizá el mayor cortocircuito es que Mary Poppins no tiene intereses románticos, algo radical dado el altar de preocupaciones de las heroínas de Hollywood. Seguramente, el problema para Travers fue que la película no llevó ninguno de estos temas demasiado lejos (de hecho, el señor Banks es readmitido al día siguiente de ser desahuciado de sus ambiciones). Sin embargo, el objetivo de Mary Poppins nunca fue restaurar el orden, sino subvertirlo. De ahí, quizá, que la afilada dama no permitiera más adaptaciones y que en sus últimas voluntades incluyera requisitos que los productores de 'El regreso de Mary Poppins' han tenido que pelear con sus herederos.  

Estrenos de la semana. Tráiler de El regreso de Mary Poppins  (2018)