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Maria-Mercè Marçal.

MONTSERRAT MANENT

20 AÑOS DE SU MUERTE

Maria-Mercè Marçal: la segunda vida de la poeta libre

Dos décadas después de su fallecimiento, la figura y la obra de la escritora vuelven con fuerza

Núria Marrón

Veinte años después de su muerte, asomarse a la huella de Maria-Mercè Marçal (1952-1998) provoca cierto vértigo. La poeta y ensayista dejó tras de sí un vasto legado que en parte quedó sepultado por su totémica divisa –ya la conocen: «a l’atzar agraeixo tres dons: haver nascut dona, de classe baixa i nació oprimida. I el tèrbol atzur de ser tres voltes rebel»–, pero que los tiempos se han encargado de excavar con un vigor que ella, que lamentaba el estrabismo con el que la crítica la leía, seguramente celebraría con pasión, que es como solía vivir y donde encontraba la pulsión para escribir. Estudios culturales, reediciones, poemas musicados, exposiciones, nuevas antologías y una monumental biografía –'Una vida', de la escritora y crítica Lluïsa Julià– van tras las huellas de esta autora que trenzó vida y obra de forma extrema, y que rompió con cuantas jaulas fueron a su encuentro, tanto en sus años de militancia en el independentismo de izquierdas como en la escritura, la sexualidad, la maternidad o la familia.

"Su compromiso es, en el fondo, con la libertad", asegura la poeta Mireia Calafell, coordinadora de las Jornades Marçalianes

«Su vigencia se debe a la calidad de su obra y a su posición como escritora comprometida con el mundo a través de sí misma, de su cuerpo –apunta la poeta Mireia Calafell, coordinadora de las Jornades Marçalianes que el próximo miércoles, y bajo el título de 'Al vent les algues lliures', se celebrarán en Lleida, en el Festival de Poesía de la ciudad, también dedicado a ella–. Su compromiso se traduce en el hecho de reivindicarse como mujer, catalana y de izquierdas, pero también como escritora que expresa el deseo de un yo poético por primera vez lésbico: su compromiso es , en el fondo, con la libertad y todos esos grandes conceptos –fundamentales pero a menudo demasiado vastos– que ella concreta en palabras y vesos». 

Del Urgell a Barcelona

Lo cierto es que una cierta sensación de desencaje acompañó a Marçal desde niña. Nacida en Ivars (Lleida) en una familia 'benestant', sus padres fueron expulsados de la casa 'pairal' en la que vivían cuando el hermano mayor del padre, el 'hereu', la cedió a su hijo y los arrojó a un extraño no-lugar. Luego, becada, estudió en Lleida y, más tarde, llegó a Barcelona. Cursó Filología Clásica y conoció a Ramon Pinyol, con el que se ennovió y luego se casó bajo la presión del padre, que en una visita súbita descubrió su intermitente convivencia. En aquellos 'años preparatorios', Pinyol la acercó a la literatura catalana, al ambiente catalanista y antifranquista de su Sant Boi natal y a los círculos artísticos de Joan Brossa y Antoni Tàpies, quienes les ayudaron a impulsar la editorial de poesía joven catalana el Mall.

En 1976, se enroló en las filas del PSAN, formación independentista de la izquierda marxista

Sin embargo, no fue hasta que en 1976 se fraguó su separación, la primera de sus decisiones difíciles, y dejó de sentirse «como consorte», cuando empezó a publicar –ese mismo año ganó el Carles Riba de Poesia con 'Cau de llunes'– y se enroló en las filas del PSAN y luego de Nacionalistes d’Esquerra, donde añadió, al eje nacional y de clase, la 'epifanía' feminista que se había vivido aquel mismo año en las Primeres Jornades de la Dona en Barcelona. «A mediados de los 70, el descubrimiento del feminismo destapaba, de golpe, que una serie de intuiciones personales, íntimas revueltas esporádicas y aparentemente anecdóticas, tomaban sentido y adquirían una coherencia global», dijo de aquellos primero tiempos en los que su poesía codificó el latir de las jóvenes y dio cuenta de «su capacidad para poner voz a lo que se vivía», apunta su biógrafa.

Deseo y maternidad

Apasionada hasta la obsesión, pronto sintió que los corsés de la pareja y el deseo normativo apretaban demasiado –«l’escala fosca del desig no té barana», escribió– y empezó a «encavalcar», como solía decir, relaciones. De un amor «clandestino» con un compañero de partido nació su hija Heura. Con ella, casi a tientas en la tradición literaria y no digamos ya en la experiencia cotidiana, anticipó la maternidad monoparental y contemporánea –buscando un parto humano, sin «focos cegadores del quirófano», viviendo en pisos a menudo compartidos y participando en grupos de crianza–.  Y con ella también  vivió y enunció el vínculo del cuidado, la asfixiante domesticidad, las culpas maternales y esa ambivalencia extrema de sentimientos que provoca la crianza y a la que la literatura actual vuelve una y otra vez. «Tuve la sensación de algo que me invadía y no sé por qué pensé en la hiedra [heura], supongo que por la ambivalencia que tiene, que por un momento parece que se te arrape, pero que no sabes hasta qué punto te abraza o te ahoga», dijo de los inicios de su «vientre altivo». «Sacó la maternidad del lugar miserable y culpable en el que podría haberla vivido, y la positivizó, e hizo de ella un proceso de autodeterminación vital y literario», mantiene Lluïsa Julià en el libro.

Marçal solía lamentar que la crítica pasara de puntillas, por miopía, desdén o proteccionismo, por su temática lésbica

Poco después tuvo su primera –y atormentada– relación lésbica, que apenas duró unos meses pero que, trasladada a 'Terra de Mai', le sirvió para meter a la literatura catalana en territorio virgen. La editorial, sin embargo, quebró, la obra no se distribuyó y cuando fue incluida en un trabajo posterior, la crítica o no la entendió o bien la desdeñó o, como acostumbraría a pasar en adelante, obvió el tema lésbico por «un extraño proteccionismo», lamentaba ella. «Hay una hostilidad larvada –criticó en el programa 'Stromboli' del Canal 33– y la invisibilidad aún es mayor en la mujer lesbiana».

Genealogía femenina

Para el boscaje vital y literario en el que se adentraba, Marçal –que siempre trabajó como profesora de catalán– encontró brújulas en poetas como Adrienne RichMarina Tsvetáieva y Sylvia Plath. «Creo que tenemos pesos enormes sobre la lengua, sobre todo las mujeres, y ver que alguien más temerario que tú –dijo en alusión a Plath– va a lugares peligrosos, facilita que, cuando tú vayas, ya no te sea mortal». A todas «las devoraba con hambre carnívora» y su diálogo con ellas la situó «en el panorama literario occidental», asegura la biógrafa. Sin embargo, fue a una poeta lesbiana, maldita y de "furor sombrío" a la que acabó dedicando 10 años de investigación y su única novela, 'La passió segons Renée Vivien'.

Dedicó 10 años de investigación y su única novela a la maldita poeta lesbiana Renée Vivien

Así, se interrogó sobre las identidades y la posibilidad de ser y de amar a quien se quisiera –anticipando la mirada 'queer'–, y sobre el arte de las mujeres y su invisibilidad, pero también sobre su soterrada potencia, y estableció paralelismos con las asfixias de la lengua y la cultura catalanas. Y cuando en 1984 falleció su padre, conoció a la filósofa Fina Birulés –su "amor diamant", "su amor sense casa", que la acompañaría en adelante–, y dejó la militancia activa, la política siguió en su vida y obra, dice Julià, «de una forma más profunda, transformando el imaginario patriarcal y rompiendo así con el 'establishment'». Los versos con los que enterró al padre, al real y al simbólico, son centrales en su trabajo.

El cuerpo enfermo

Su hija Heura la recuerda «apasionada y curiosa», y con una insólita capacidad de concentración, ya fuera cuando escribía –una vez incluso se topó con llamas en casa porque no se había percatado de que su edificio había sido desalojado por un incendio– o cuando hablaba durante horas con las amigas. No escribía si no tenía nada que decir. Dudaba y reflexionaba sobre cuanto vivía y, si era necesario, avanzaba por caminos no trillados, a veces dolorosos y difíciles. Lo hizo hasta el final. A diferencia de, por ejemplo, Montserrat Roig –que murió en 1991 y firmó en el hospital su última columna para el 'Avui', quizá esperando desesperadamente que la literatura la alejara de la muerte–, ella convirtió su enfermedad en objeto de reflexión literaria, y dejó un tratado abisal sobre el cuerpo enfermo, las despedidas ("no ploris per mi mare, plora amb mi"), la vulnerabilidad de la vida y los afectos que la sobreviven.

Convirtió su enfermedad en objeto de reflexión literaria y dejó un tratado abisal sobre la vulnerabilidad de la vida y los afectos que la sobreviven

De aquellos adioses hace ya 20 años. ¿Cómo vería el mundo de hoy?  «Creo que se alegraría de la ampliación de las libertades individuales y sexuales, pero no del avance de la ultraderecha ni el racismo», apunta Heura. A Mireia Calafell le gustaría hablar con ella de "mil cosas", desde «la situación política en Catalunya al magnífico momento de la poesía joven catalana». «Pero si tuviera que elegir una cuestión –añade– le preguntaría qué piensa del feminismo, de movimientos como el #MeToo, qué hemos ganado y perdido en esta explosión –en caso de que sea una una explosión– y qué papel debe seguir teniendo la poesía como generadora de un diálogo que suma, aunque no sea nunca por la vía evidente y fácil». Al final de su vida, Marçal deseó que sus palabras no solo perduraran, sino que, leídas en nuevos contextos, adquirieran nuevos significados y se convirtieran en «nueva sangre» para un público lector. Es de suponer que hoy estaría contenta.