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Los 4.500 días en la oscuridad de José Mujica

EL PASADO CARCELARIO DE UN POLÍTICO CARISMÁTICO

Los 4.500 días en la oscuridad de José Mujica

La película 'La noche de 12 años' recrea el tiempo en que el expresidente de Uruguay pasó en la prisión. Hablamos con él de ese momento de su vida

Nando Salvà

José Mujica se le considera uno de los políticos más atípicos del mundo. A medida que iba ganando reconocimiento internacional en la pasada década, mientras se paseaba vistiendo sandalias gastadas de piel y predicando contra la degradación medioambiental y a favor de la paz y la justicia, el uruguayo pasó a ser visto como algo parecido a un antídoto en una época en la que las élites inspiraban desconfianza. Y seguro que, 30 años antes, ni él mismo esperaba verse en esa situación. Lo único en lo que debía pensar entonces, mientras permanecía en solitario confinamiento a menudo en simples agujeros, era en sobrevivir. 

Porque, ¿cómo se mantiene uno vivo durante más de una década enfrentado al más extremo de los encierros, aislado por completo del exterior y obligado a dormir entre suciedad y ratas? De eso habla la nueva película de Álvaro Brechner, en los cines desde el próximo viernes. Mientras recuerda el largo periodo de cautiverio que Mujica compartió con sus compañeros Mauricio Rosencof y Eleuterio Fernández Huidobro –ellos dos firmaron el libro 'Memorias del calabozo', en el que se basa para ello–, 'La noche de 12 años' habla de cómo una persona empujada al límite de la resistencia física y mental logra seguir siendo persona.

 

Nueva forma de tortura

Su narración arranca una noche de otoño de 1973. Nueve presos pertenecientes al Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros son sacados a la fuerza de sus celdas y divididos en grupos de tres; y a partir de entonces, durante casi 4.500 días, serán sucesivamente trasladados a través de varios cuarteles en todo el país, sometidos a una nueva forma de tortura. La orden militar es muy clara: «Como no pudimos matarlos, los vamos a volver locos». Permanecerán, decimos, a menudo en pozos o pocilgas, sin luz y casi sin comida, sometidos a torturas físicas y humillaciones psicológicas. «No cultivo la venganza», nos explicaba Mujica en la pasada Mostra de Venecia, donde 'La noche de 12 años' fue presentada. «La naturaleza nos puso los ojos para mirar hacia adelante, y para eso hay cuentas que no se deben intentar cobrar, porque de todos modos no las pagará nadie». Quizá sea por eso que inicialmente se mostrara reticente a ver su historia hecha película. «Pero», admite ahora, « quizá alguien saque algo en claro viéndola. Si eso sucede, habrá valido la pena».

«Me hice amigo
de algunos
soldados. Varios
de ellos se
jugaron el 
puesto por
darme una
manzana»

Durante su reclusión tenía prohibido hablar con sus dos camaradas; tan solo se comunicaba con ellos a través de un código basado en golpecitos en las paredes. Sus grandes compañeras eran, sí, las ratas; con ellas compartía migas de pan. «También tuve muchas conversaciones con los soldados», recuerda. «Es más: me hice amigo de algunos, y la amistad se mantiene hasta hoy. Algunos se jugaron el puesto por darme una manzana». Sobrevivió al abandono caminando sin parar en el interior de la celda, y haciendo dibujos que cambiaba por tabaco. «El bicho humano es gregario, no puede vivir sin los otros. La soledad es uno de los castigos más duros. No sé cómo nos las arreglamos para resistir. Cuando nos liberaron, algunos psiquiatras previeron que sufriríamos un estallido en la cabeza. Y sí, puede que nos quedáramos medio locos». 

Lucha armada

Mujica es hijo de granjeros. Su padre murió cuando él tenía siete años, lo que lo obligó a iniciarse en el negocio familiar de cultivo de flores. Pero en la adolescencia se implicó en un nuevo movimiento de pensadores y líderes marxistas que se llamaban a sí mismos tupamaros en homenaje al legendario rebelde inca Tupac Amaru II. «Me preocupaban mucho la justicia social, y la lucha de clases y el hecho de que, pese a que la democracia liberal establecía que todos somos iguales, en realidad había quienes eran más iguales que otros». Los tupamaros empezaron a abrazar la violencia robando bancos y negocios y distribuyendo los botines entre los pobres, y luego se pasaron a los secuestros políticos. El Gobierno respondió suspendiendo las libertades civiles. 

El expresidente uruguayo saliendo, en Montevideo, de su Volkswagen Escarabajo de 30 años con el que se mueve habitualmente. /NATACHA PISARENKO (AP)

La noche de su detención, Mujica estaba en una pizzería. Las autoridades le pidieron que se identificara y, en lugar de eso, él sacó un revólver. «Estos son mis papeles», exclamó antes de herir a un policía. Poco después recibió seis disparos en el estómago, y a punto estuvo de desangrarse en la acera. Desde entonces, permanecería encarcelado de forma prácticamente ininterrumpida hasta la amnistía que en 1985 acompañó el regreso de Uruguay a la democracia. Inmediatamente trasladó su lucha al ámbito político y, gracias a ello, en marzo del 2010 se convirtió en el 40º Presidente de la República.

«El bicho humano
es gregario, no
puede vivir sin
los otros. La
soledad es uno
de los castigos
más duros»

«Si es la mayoría del pueblo la que te elige, lo normal es que intentes vivir como la mayoría y no como las minorías», sentencia ahora para explicar su modo de vida mientras ostentó el cargo. En lugar de trasladarse a la elegante mansión presidencial en Montevideo, prefirió seguir viviendo con su esposa Lucía Topolansky –antigua compañera en los tupamaros y hoy vicepresidenta del país– en su pequeña granja de un dormitorio, donde cultivaban crisantemos. Decidió seguir conduciendo su Volkswagen Escarabajo de 1987, y donar el 90% de su salario a mejorar el acceso de los pobres a la vivienda. «Durante mis años en la cárcel estaba contento cada noche que podía dormir en un colchón, o cada vez que podía beber un vaso de agua, o cada vez que podía orinar… Supongo que es por eso que desde entonces nunca he necesitado gran cosa».

Aborto, marihuana...

Durante el mandato de Mujica, la pobreza del país se redujo a la mitad, y el desempleo alcanzó los índices más bajos de su historia; Uruguay se convirtió en el país más socialmente avanzado de Latinoamérica, impulsando la legalización del aborto y el matrimonio homosexual y la marihuana. Tras dejar la presidencia en el 2015 para volver a ocupar un escaño en el senado, renunció a él hace solo unos meses para centrarse en la militancia popular. «Con el tiempo aparecen la fatiga y el hastío, y llegas a sentir que estorbas, y que haces sombra como un árbol viejo», afirma resignado. Con 83 años, prefiere descansar que seguir engrandeciendo su legado como símbolo de la izquierda. «¿Y qué importancia tiene un tipo como yo en la inmensidad de un universo? Sumo menos que un piojo. Mi único legado es haber resistido el mambo, cometiendo aciertos y errores por igual, pero siempre lleno de ganas de vivir».