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Alexander McQueen: las entretelas de un genio

UNA FIGURA CONTROVERTIDA

Alexander McQueen: las entretelas de un genio

Un documental retrata el esplendor y la caída de uno de los más grandes artistas de la moda

Nando Salvà


«Para mí, la vida es como una historia de los hermanos Grimm», dijo una vez Alexander McQueen, que en efecto fue lo más cercano a los célebres cuentistas que nunca existió en las pasarelas; él, al fin y al cabo, cautivó al público con vestidos increíblemente hermosos bajo cuya superficie, como sucede con las fábulas populares, se escondían pliegues de oscuridad y sufrimiento. Es lógico que McQueen adoptara una calavera como imagen de marca, que fue emblemática de una sensibilidad siempre proclive a desacralizar la moda y que, en última instancia, se convirtió en la amarga prueba de que los demonios que provocaron su muerte siempre estuvieron ahí.

No es extraño, pues, que la calavera sea también un motivo recurrente en 'McQueen', documental dedicado al ascenso y caída del que fue el diseñador más celebrado y controvertido de su generación que el próximo viernes llega a los cines. A través de fragmentos de vídeos caseros y entrevistas hasta ahora inéditas combinados con declaraciones de socios, colegas, amigos y familiares, la película no solo rinde tributo al talento único que erigió un imperio textil que hoy sigue en pie y abrió toda una industria a nuevas posibilidades e inspiraciones; también funciona como conmovedor retrato de los tormentos que anidaban tras él. 

"La oveja rosa"

Algunas de las escenas de 'McQueen' nos presentan al británico como un rechoncho chaval de clase obrera a quien su padre esperaba ver convertido en fontanero y que en cambio prefería dedicarse a hacer vestidos con bolsas de basura –«siempre fui la oveja rosa de la familia», se definió en una ocasión–. Otras nos lo muestran en la solitaria cumbre del éxito, agresivamente liposuccionado e incapaz de sonreír. En el camino que separa ambas imágenes, recuerda la película, aquel joven creó algunos de los atuendos más deslumbrantes de los últimos 20 años por su impactante mezcla de sastrería clásica con macarrismo callejero y barroca teatralidad. 

Alexander McQueen supervisa la salida a la pasarela de una modelo, en un fotograma del documental.

«Saco los miedos que habitan en lo más hondo de mi lado oscuro y los pongo en la pasarela», confesó el diseñador

Fueron sus controvertidas tácticas para presentarlos al mundo, eso sí, lo que le proporcionó el título oficial de 'enfant terrible': McQueen ideó espectáculos inspirados en figuras como El Bosco Jack el Destripador en los que corrían la pintura y la sangre y la orina; llenó las pasarelas de mujeres que parecían haber sido víctimas de agresiones sexuales o que tenían ambas piernas amputadas. Produjo 'shows' llenos de dramatismo pero que, parece ser, no le proporcionaban deleite alguno. «Son una forma de exorcizar mis demonios», afirma en el documental acerca de ellos. «Saco los miedos que habitan en lo más hondo de mi lado oscuro y los pongo sobre la pasarela».

Frágil psicología

¿Cuánto contribuyó a su éxito la polémica? Difícil cuantificarlo. Parece claro, en todo caso, que McQueen actuaba movido por ímpetu artístico más que por afán autopromotor. Cuando la firma parisina Givenchy lo invitó a ser su director creativo en 1996, él fue el primer sorprendido. Incluso cuando en el 2000 vendió su propia marca a Gucci, lo que le permitió abrir tiendas en todo el mundo y convertir su apellido en una máquina de hacer dinero, lo hizo con la condición de retener total independencia creativa.

 

Aquella expansión le impuso un ritmo de trabajo inhumano que dañó irreparablemente su ya frágil psicología. Poco a poco fue convirtiéndose en un hombre irascible, despótico y hasta violento, y dispuesto a finiquitar sin reparos alianzas profesionales y amistades –como la que le unía a la periodista Isabella Blow, que lo había apadrinado, y que se suicidó en el 2007–. A ello contribuyeron el consumo excesivo de drogas y alcohol. Paralelamente, desarrolló un voraz apetito sexual que colmaba recurriendo a chaperos, y que sus biógrafos atribuyen a un trauma de infancia: los abusos sexuales que sufrió de niño a manos de su propio cuñado lo habrían convertido en alguien sentimentalmente incapacitado y patológicamente falto de autoestima.

Suicidio en directo

La idea de la muerte, que siempre lo había obsesionado –llegó a fantasear con  suicidarse en la pasarela–, se hizo aún más presente tras descubrir que era portador del virus del sida. Y entonces murió su madre, la persona que más quería en el mundo. McQueen sabía que no sería anímicamente capaz de asistir al funeral; y por tanto la noche antes, el 11 de febrero del 2010, se ahorcó de un ropero tras ingerir un cóctel de cocaína, somníferos y calmantes. 

Sí, uno de los grandes genios del mundo de la moda de los últimos años acabó con su vida colgándose de un armario lleno de ropa. La gran ironía, eso sí, es otra. Tras pasarse la vida luchando por desmitificar una industria a la que amaba y odiaba con pasión y por escapar del fantasioso relato que la prensa construyó en torno a él, Alexander McQueen ha acabado convertido tras su muerte en un fascinante asunto de leyenda. 
 

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