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Karl Marx: suvenir o tótem político en China

GREG BAKER

200 ANIVERSARIO DEL NACIMIENTO DEL AUTOR DE 'EL CAPITAL'

Karl Marx: suvenir o tótem político en China

Adrián Foncillas

Empezaba a contagiarse China en el 2009 de la crisis financiera global cuando un joven sin estudios que acababa de ser despedido de su fábrica por la caída de pedidos de Estados Unidos me redujo la problemática a un argumento tan ingenuo como irrebatible: «¿Por qué los gobiernos de Occidente no actúan? ¿Qué es esa tontería de dejar solo al mercado si va mal? Cuando China tiene un problema, el Gobierno lo arregla y punto». Y el Gobierno lo arregló: cogió la economía por las solapas, intervino allá donde pudo y vadeó la crisis. No es raro que Pekín aplique el recetario marxista contra los desaguisados del capitalismo. Tres años atrás, cuando el derrumbe de la bolsa china que muchos califican de casino empezó a tragarse los ahorros de buena parte de la clase media, detuvo la cotización de la mayoría de las empresas y encarceló a los especuladores.

Mao adecuó el traje marxista a la fisonomía china: la revolución del proletariado industrial carecía de sentido en un país agrario así que repartió la tierra entre los campesinos y puso fin a siglos de feudalismo esclavista. Un vistazo a los discursos oficiales sugiere que Pekín es la última trinchera del marxismo. Xi Jinping, presidente chino, prometió su fidelidad eterna en el congreso del Partido Comunista de China del pasado año. «Si nos desviamos del marxismo, nuestro partido perderá su alma y su dirección», clamó. «Mantendremos la guía del marxismo con resolución inquebrantable y sin vacilaciones», añadió. China es ya la segunda economía del mundo y será la primera en breve pero necesita un golpe de timón para seguir creciendo y el equilibrio es complicado. Pekín enfatiza el desarrollo del sector privado frente a las paquidérmicas y poco competitivas empresas estatales porque la reforma pasa ineludiblemente por ahí pero se resiste a entregar el control. También incentiva el autoconsumo para jubilar el obsoleto patrón económico de las exportaciones de manufacturas. Y de ahí sale la fórmula descrita por Xi: nuevo capitalismo respetando las esencias marxistas. No es inverosímil en el país que acuñó el «socialismo con características chinas».

Estudio obligado

La Universidad de Pekín ha fundado seis grupos de investigación sobre marxismo, que ya es de estudio obligado para los 80 millones de miembros del partido. China reclamó la capitalidad marxista con el congreso mundial del 2015. Más de 400 expertos desfilaron durante dos días y de ahí salió la triunfante conclusión de seguir con la receta.
No es difícil encontrar retratos de Marx en las tiendas de recuerdos junto a Mao, Lenin y otras leyendas de la izquierda. Pero al pensador difícilmente le gustaría el país que con tanto brío reclama su memoria. China sufre una de las mayores desigualdades sociales del mundo,  los clases urbanas más boyantes sienten un desprecio indisimulado por los inmigrantes rurales y el país se ha entregado al capitalismo con la determinación del converso. 

Así que cuesta ver rasgos marxistas en la calle a pesar de la repetición obsesiva en discursos oficiales y cumbres. La única ideología que impera hoy en China es la falta de ideología que sentó el brillante Deng Xiaoping en la apertura: el gato, negro o blanco, tiene que cazar ratones. A China le ha ido bastante mejor desde que abrazó el pragmatismo. 
 

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