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Guerra al narco en Filipinas: "Y más morirán si no dejáis las drogas"

Adrián Foncillas

Tano continúa sobre el asfalto casi una hora después. Los agentes toman fotografías con apatía y enumeran con balizas amarillas los casquillos: 1, 2, 3…16. Los niños se hacen autofotos sonrientes más allá del cordón policial. Los adultos comentan lo ocurrido sin excitación. Fueron seis hombres en tres motos, algunos con cascos y otros con pasamontañas, dispararon a quemarropa, siguieron por la calle Tramo hacia el norte y dispararon a otro, parece ser que es Dondon, ese que siempre llevaba camisetas de la NBA.

Un paseo entre ambos cuerpos descubre a los vecinos con cervezas en sillas de plástico sacadas al fresco. La propietaria del pequeño restaurante frente al segundo cadáver saltea en el wok los fideos con verduras y cerdo. La semana pasada hubo otro asesinato y ya van cuatro en los últimos meses, recuerda. Escuchó los disparos, metió a su hija en la cocina y esperó a volver a los fogones. Esta es una zona pobre, señala, con algunos problemas, pero nunca habíamos tenido muertos en las calles. Un fotógrafo local empleado en una agencia internacional aclara que esos problemas eran la venta impune de drogas en cualquier esquina a la luz del día. Resume la noche: dos camellos menos en el barrio. Puntualiza que los malos disparan lo suficientemente cerca para no herir a inocentes.

Karen, la segunda esposa de Tano, frente a su ataúd. / Adrián foncillas

Llegan al fin los trabajadores de la Funeraria Verónica. Dan la vuelta a Tano, lo alzan en una camilla y lo cargan en el coche. Los operarios limpian con mangueras la sangre que el ligero desnivel de la calle había extendido. Hace tiempo que en las cercanías ya no queda nadie. Es Pasay City, una zona deprimida de la zona metropolitana de Manila.

La policía ha abatido a 4.000 y otros 2.000 han muerto en relación a las drogas, pero las organizaciones humanitarias denuncian 13.000 fallecidos

Son malos tiempos para los drogadictos y camellos en Filipinas desde que Rodrigo Duterte alcanzó la presidencia. La policía ha matado a 4.000 desde el pasado julio, según cuentas oficiales. Otros 2.000 han muerto en crímenes relacionados con las drogas y otros miles más murieron en circunstancias no aclaradas. Cuesta orientarse en una tipología tan variada como confusa.

La policía sostiene que solo dispara a los que se resisten al arresto, la oposición denuncia crímenes contra la humanidad y las organizaciones de derechos humanos elevan la cifra de muertos a 13.000 y hablan de asesinatos por vigilantes y escuadrones de la muerte amparados por el Estado. El debate se simplifica a una guerra de siglas: DUI (muerte bajo investigación) para unos, EJK (ejecuciones extrajudiciales para otros). Se denuncia no solo la masacre sino su impunidad. Amnistía Internacional tituló su último informe 'Si eres pobre, estás muerto'.

Rodrigo Duterte, el presidente de Filipinas. / noel celis (afp)

El litúrgico papel

Será difícil resolver los dos asesinatos, concede el agente Valdez en la comisaría del distrito de Pasay. Llevaban la cara cubierta, nadie dice haber visto algo, las imágenes grabadas por una cámara cercana son borrosas, las motos carecían de matrícula… Solo resuelven un tercio de esos casos y siempre a largo plazo, reconoce. Parte una mazorca y me ofrece la mitad mientras insiste en que lo están investigando. Quizá sea una guerra entre bandas, aventura. Menciono el litúrgico papel que los asesinos dejaron junto al cuerpo de Tano con la inscripción de 'Muchos más morirán si no dejáis las drogas' en tagalo. ¿Una banda de narcotraficantes desincentivando el consumo de su producto y eliminando a su clientela?

Hay rumores de que la policía está detrás de los EJK, admite con el hastío de la respuesta gastada, pero son solo rumores. Si mi jefe me pidiera que matase a criminales, yo le mataría a él: el karma, subraya. Lleva 21 años en servicio y el próximo será nombrado inspector. Quiere hacer bien las cosas porque es el camino más corto para ascender. Y Duterte también está haciendo las cosas bien: hay menos crímenes, han bajado las violaciones y los robos, ha aumentado la seguridad ciudadana... aunque han subido los asesinatos, admite al fin.

El 'shabu' es una metanfetamina 15 veces más potente que la cocaína y mucho más adictiva

Los crudos fluorescentes alumbran el mobiliario vetusto, las paredes desconchadas, el techo agrietado, las madejas de cables y unos ventiladores que fracasan contra el calor tropical. Dormita la cuarentena de arrestados que se hacinan en un par de celdas. Un puñetazo de aire fétido que condensa el sudor y otros fluidos corporales golpea al abrir la portezuela metálica. Es una noche rutinaria. Un agente escucha canciones melosas en Youtube, otro juega al ajedrez 'on line' y el de más allá fija con esparadrapo una foto de Jesucristo en la pared.

El oficial Barangas aparta una cucaracha del teclado de un ordenador antediluviano mientras escribe el atestado. "Incidente con tiroteo que resulta en la muerte de ROLANDO ALMOGELA, alias TANO" (…) "41 años, marido, trabajador de la construcción y residente en el número 1840, calle Tramo, Barangay 46, Zona 6, Pasay City" (…) "En entrevista con la madre de la víctima, YOLANDA ALMOGELA y LATORE, 68 años, viuda y residente en la misma dirección, ella afirma que su hijo es consumidor de drogas y en ocasiones actúa como vendedor si hay algún posible comprador de drogas ilegales ('shabu')".

Partido entre tumbas, un paisaje interiorizado en la infancia. / Adrián foncillas

El ubicuo y baratísimo 'shabu' es un problema serio en las clases más bajas. Duterte reveló que sería feliz si pudiera masacrar a los tres millones de drogadictos filipinos. También aventuró que llenaría la bahía de Manila de cadáveres, aconsejó abrir funerarias y concedió inmunidad a los policías que disparasen a los drogadictos. Con esos mensajes ganó las elecciones y conserva un apoyo masivo.  Las encuestas se deslizan hacia la esquizofrenia: el 75% de los filipinos está convencido de que existen EJK y el 90% apoya la guerra contra la droga.

Ocurre que los filipinos están hastiados de dirigentes pusilánimes que nunca atacaron los problemas enquistados en uno de los países más desastrosos del sudeste asiático y hoy juzgan asumible la factura que expide Duterte. Y a este le resbalan las críticas globales. Ha acusado a las organizaciones de derechos humanos de amparar a los magnates de la droga y amenazado con abandonar el Tribunal Penal Internacional después de que investigara los hipotéticos crímenes contra la humanidad.

El 90% de los filipinos apoya la guerra contra la droga. Están astiados de dirigentes que no atacaron el problema

El senador Antonio Trillanes es atildado, de refinamiento británico y con camisa blanca bien planchada: también sus formas se oponen a las del asilvestrado presidente. Me recibe en su despacho con las recias cortinas cerradas por seguridad. Duterte ya ha adelantado cómo terminará el litigio con su némesis: él acaba conmigo o yo acabo con él. Trillanes sabe por un arrepentido de los escuadrones de la muerte que Duterte pretende eliminarle. Trillanes ha relevado en la lucha a la senadora Leila de Lima, neutralizada por unas acusaciones de narcotráfico que la oposición juzga de políticas.

Trillanes desgrana un discurso al gusto occidental: Duterte persigue una dictadura como la de Ferdinand Marcos, su éxito se explica por una sucesión de 'fake news' y propaganda, apadrina los EJK y el final de su sintonía con el pueblo es inminente. También niega que el problema de la droga en Filipinas sea tan grave y rehúsa cualquier autocrítica por los fracasos de la clase política ortodoxa. Trillanes sería un fenomenal candidato en cualquier otro lugar.

La familia de Tano vela el cuerpo en su chabola. /Adrián foncillas

Balazo en el ojo derecho

No ha sido fácil hacerle un hueco a Tano en su chabola. El ataúd blanco está apretado contra la pared y parcialmente abierto. Ni siquiera el grueso maquillaje disimula el balazo en el ojo derecho. Dos días más tarde habría celebrado su 42º aniversario y sobre la caja ha depositado su hermano una tarta de cumpleaños. En la cama adyacente se aprietan siete familiares, casi todos niños, viendo una serie de acción. A la casa, de apenas una quincena de metros, se entra por una puerta de plástico. El suelo es de la misma piedra que la calle y está cubierto por una alfombra raída. Unos tablones separan las habitaciones. Cables deshilachados y empalmes groseros cuelgan del techo y todo parece en un delicado equilibrio. Los vecinos reconstruyeron las infraviviendas con sus manos después de que un incendio provocado por un cortocircuito en una noche lluviosa las arrasara en junio pasado.

Tano se drogaba para hacer llevaderas sus extenuantes jornadas en la construcción, justifica su familia 

Tano era un padrazo, con un enorme corazón, nunca levantó la mano a sus hijos y eso no es habitual aquí, describe su familia. Solo se drogaba para que las extenuantes jornadas se le hicieran más llevaderas, le disculpan. Cuenta su cuñada Liezle que Tano nació aquí y ya adolescente marchó a la plantación de cocos paterna en la lejana Bicol. Conoció a su primera esposa, Mary Jane, y tuvieron a su hija, Princess. Regresaron a la capital para que Mary Jane se tratara su cáncer de huesos. La madre de Tano pidió a familiares y vecinos créditos que no podía devolver para las facturas del hospital y Tano se empleó en la construcción.

La muerte de Mary Jane le hundió y recurrió al 'shabu' que le ofrecían sus amigos. Conoció a Karen, su segunda esposa, y tuvieron a Carlo, Carla Ponciano. El salario no alcanzaba y empezó a vender droga. Su esposa Karen, baja la voz Liezle, no fue una buena influencia, agudizó su adicción. Tres años atrás fue detenido, enviado a rehabilitación y liberado. La familia le advertía de que sería diferente con Duterte y el respondía que tomaba precauciones. Sabíamos que tarde o temprano ocurriría, desvela Liezle.

Bingo vecinal para recaudar fondos para el funeral de Tano. / Adrián foncillas

Dos mundos opuestos

Tano estaba en la lista, corrobora Allan S.Ko, líder social del 'barangay' o barrio. Los cinco minutos a pie que separan sus viviendas descubren dos mundos opuestos. A la de Allan se llega tras cruzar un patio vecinal luminoso y subir unas escaleras impolutas. Su espaciosa casa cuenta con baños y cocina de estándares occidentales. La política de Duterte consiste en pedir a los drogadictos y camellos que se entreguen en comisaría e ingresen en un curso de rehabilitación. Los que rehúsan entran en la lista con el epígrafe de 'código 00' que maneja la policía. Allan visita a los incluidos en ella y les conmina a entregarse para no acabar en la cárcel o en algún sitio peor que no quiere concretar. Es una lástima lo de Tano, añade. Lo ha visto crecer, hacer travesuras, un niño alegre y listo, un trabajador duro que solo quería sacar adelante a su familia, justo le pasa esto después de reconstruir su casa. Una lástima, insiste.

Inyecta formaldehído al cadáver para que aguante un mes al aire libre. El funeral cuesta 500 euros y se organiza un bingo

Liezle afirma sin convicción que solo quieren que se haga justicia. Fuerza una mueca incrédula cuando le pregunto por qué no acude a la policía. Cómo vamos a esperar que resuelvan el crimen los mismos que lo cometieron, responde. Los 35.000 pesos (casi 500 euros) del funeral concentran sus desvelos. En dos días apenas han juntado 5.000 pesos (70 euros). En la calle Tramo, bajo una carpa de la Funeraria Verónica, los vecinos juegan al bingo organizado por la familia para recaudar fondos. Es una costumbre en Filipinas que se alarga hasta alcanzar la suma. Solo entonces será sepultado el cuerpo, al que se le ha inyectado formaldehído para que aguante un mes al aire libre. No es raro que la policía intervenga después de varias semanas para clausurar el bingo y ordenar el entierro.

Los vecinos beben, bromean y colocan macarrones sobre los cartones. No se percibe una atmósfera de duelo. La viuda está visiblemente ebria. Karen tiene 35 años pero su dentadura arruinada y su cuerpo esquelético sugieren la cincuentena y los estragos de las drogas.

Aquella noche salió Tano de casa tras ver la serie local 'Mananabas' y anduvo la docena de metros hasta desembocar en la calle Tramo. Liezle cuidaba al hijo menor de Tano cuando escuchó los disparos. Un vecino gritó que habían matado a Tano. La madre dejó los platos que lavaba y se lo encontró sobre la calzada. Liezle describe lo ocurrido a través de lo que vio Carlo, el hijo de 9 años de Tano. Los hombres sobre las motos le esperaban en la interseccción. "Ya no eres tan valiente ahora, ¿eh Tano?", dijo uno mientras reía y vaciaba el cargador. Tano ni siquiera pudo abrir la boca.

El atestado policial relata el asesinato cometido una cincuentena de metros más al norte. "La víctima es identificada como ANDIE PARPAN y CANEGA, alias DONDON, 38 años, marido, conductor de sidecar y residente en el nº 1696 de la calle F. Munoz, Barangay 43, Zona 6, Pasay City".

Pero esa es otra historia.

Temas: Filipinas Drogas

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