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Antonio Damasio: "Enquistarse en el nacionalismo no lleva a ninguna parte"

Jordi Cotrina

ENTREVISTA

Antonio Damasio: "Enquistarse en el nacionalismo no lleva a ninguna parte"

El neurocientífico explica que cuando existen agravios sostenidos en el tiempo, todo colectivo despliega autoprotección. La comprensión y la compasión son el desatascador.

Núria Navarro

La neurociencia suele darle un puntapié a los sentimientos. Se centra en la corteza cerebral, esa planta noble del edificio humano en la que viven el lenguaje, la imaginación, la memoria, la creatividad. Lo que nos hace superiores al resto de la fauna. Pero Antonio Damasio (Lisboa, 1944), director del Instituto del Cerebro y la Creatividad en la Universidad del Sur de California y Premio Príncipe de Asturias de Ciencias (2005), otorga a los sentimientos un papel protagonista en la construcción de la cultura. A su juicio, "sufrir y prosperar" son los extremos que movilizan la inteligencia creativa, la fabricante de cultura. Eso, como explica en su libro 'El extraño orden de las cosas' (Destino), no nos diferencia de la vida unicelular del paleozoico.

Si la psicología humana tiene puntos en común con la de la bacteria, ¿urge una cura de humildad? Así es. Estamos superorgullosos de nuestra excepcionalidad, pero algunas estrategias de comportamiento que utilizamos ya estaban presentes en organismos que existieron en el origen de la vida. Y esas estrategias tienen que ver con los sentimientos.

¿Bacterias con sentimientos? Las bacterias carecen de sistema nervioso, pero se comunican, tienen percepción, memoria y gobierno social.

¿Qué clase de gobierno social? Ceden independencia a cambio de 'servicios comunitarios' (nutrientes, acceso al oxígeno, ventajas en el entorno). Siguen, como nosotros de una manera evolucionada, el imperativo de la homeostasis, que es el conjunto de reglas que permiten evitar el sufrimiento y prevalecer en el tiempo. Más adelante en la evolución, el sistema nervioso permitió producir información sobre el estado del cuerpo, mapearla y anticipar estados futuros.

Ni las bacterias ni los animales hacen filosofía. Lo exclusivamente humano es la capacidad de traducir ideas en palabras y hacer arte y ciencia. Y todo lo que nos sucede se juzga en función del pasado, pero también del futuro anticipado. Debemos respetar la vida, la de los otros seres vivos, pero sobre todo la de la humanidad que nos rodea. Cuanto más nos conectemos con la historia de la vida, más respeto tendremos por los humanos en su complejidad.

"Estamos, de nuevo, en un momento en que podríamos destruirnos o, a través de la comprensión y la compasión, encontrar una solución"

Mientras tanto, el presente da miedo y rabia. Hemos dicho que el organismo individual procura su bienestar dentro de sus fronteras, pero en la era de la globalización nos movemos con grandes volúmenes de personas muy heterogéneas. Una armonía espontánea en grandes grupos discordantes es improbable. Estamos, de nuevo, en un momento en que podríamos destruirnos a nosotros mismos o, a través de un gran esfuerzo civilizatorio, de comprensión y compasión, encontrar una solución.

¿No es extraño estar en ese punto en la época más informada de la Historia? Somos como somos. Dentro de nosotros existe el deseo de cooperar, pero también el de ser destructivos para protegernos. Tras la segunda guerra mundial, la gente estaba debastada por los horrores y dispuesta a negociaciones. Cuando la situación mejoró, algunos empezaron a ser ricos y a convencerse de que estaban en la cima del mundo. El nivel de respeto fue bajando. La gente ve que hay menos enfermedad y menos muerte, pero no entiende el sufrimiento de los otros.

Internet y las redes se lo muestran. Las tecnologías de la información han puesto al alcance instrumentos que recogen opiniones e influencian en nuestras actitudes. Pero no hay tiempo para reflexionar y es ahí cuando se cometen errores. Hoy podemos literalmente destruirnos o pararnos para intentar encontrar consensos. 

Suena dramático. Cuando era evidente que los nazis iban a tomar el poder, Einstein escribió a Freud: "¿Qué podemos hacer para pararlos?". Y el psicoanalista respondió: "Nada". En aquel momento era demasiado tarde. Yo no creo que ahora sea demasiado tarde para rectificar. Hay que hacer un esfuerzo por interpretar la información y tener conciencia de los riesgos. No podemos tomarnos la cultura como entretenimiento. Uno de los grandes problemas del mundo desarrollado es haber arrinconado las humanidades. 

¿Todo esto explica el liderazgo de un Donald Trump, el ascenso del populismo? Hoy cualquier cosa que pase en cualquier parte se convierte en una historia. Cuanto más dramática, mejor. Pero no es nuevo. Ya estaba en el teatro griego, los dramas de Shakespeare y la ópera lírica del siglo XV. Es un factor cohesionador y, a la vez, el momento oportuno para vender algo. Un ejemplo es Facebook.

¿El pulso Catalunya-España tiene explicación una biológica? Un grupo es una proyección del propio yo. Y como individuo, por el imperativo homeostático, quieres mantener tu bienestar, el de tu familia y el de tu comunidad. Luego entran en el escenario la evolución de la historia y el temperamento de los protagonistas. Cuando existen agravios colectivos sostenidos en el tiempo, te sientes agredido y despliegas la autoprotección. Pero enquistarse en el nacionalismo no lleva a ninguna parte.

¿Por qué cuesta tanto cambiar de idea? Es un mecanismo de autoprotección. Si te rindes, te transformas en vulnerable.

Pues ya me dirá. La única solución es un alto nivel de civilización, pensar que si te proteges ahora, a la larga te va a perjudicar. Pero, y esto es muy importante, el razonamiento debe estar guiado por el afecto. Hay que desplegar la diplomacia de los sentimientos. Ser conscientes, unos y otros, de lo que siente el otro. Si las personas no están conformes con el relato, la única manera de imponer una idea es a través de una junta militar. Hay que tener conciencia de la razón, pero también de la emoción. El razonamiento tendría que ser una proyección de las emociones.

La crítica al populismo es que apela a las emociones. El problema no es la emoción. Tenemos dos tipos de emociones que lideran nuestra sociedad. Las negativas, como la ira, el miedo, el desprecio, todo lo que tiene que ver con la violencia; y los positivos: la compasión, el amor, la alegría, el deseo de trascender, de crear belleza, de ser generosos. En este momento se está abusando del desprecio, la ira, la agresión.

Si no nos liquidamos, ¿para cuándo la armonía? Por desgracia, no lo veremos ni usted ni yo. Del mismo modo que el exceso de información digital ha intensificado los problemas, tal vez con su uso correcto tendremos a más gente que diga: «Basta». Hay que tener esperanza. Las soluciones son: emplear el conocimiento con razonamiento y utilizar la emoción para la negociación, respetando los sentimientos de los demás. Actuar solo con razonamiento puede llevar al dogma y al régimen dictatorial.

Eso, si la inteligencia artificial no gana la partida antes. El peligro sería crear organismos que actúen como un ser humano. No lo lograrán, porque no tienen sentimientos. Y no los tendrán. Solo puedes tener sentimientos si tienes vida. Decir que un robot tendrá sentimientos es una absurdidad. No tiene vida, no es vulnerable, no corre riesgos, no tiene sentimientos. Dicen que los humanos son un lío, pero un algoritmo puede resultar peor. Depende de quién crea el algoritmo. Si lo crea alguien como Stalin o Hitler, estamos perdidos. Si es cosa de una madre Teresa de Calcuta, iremos bien. Pero sospecho que hay más números para que el robot lo cree alguien como Stalin.

Algo personal: ¿por qué le interesaron los sentimientos como objeto de estudio? Tiene que ver con mi interés por el arte. Cuando tenía 13 años escribía poesía. Quería ser escritor. Me interesaban las historias humanas. Luego descubrí la neurología, la posibilidad de entender la mente. Sin embargo, después de varios años de trabajar en el lenguaje, la memoria y la percepción, vi que lo que realmente nos importa es estar contentos y prosperar, y eso me abrió una línea de investigación que cambió el curso de mi carrera.

¿Qué sentimiento domina en usted? La curiosidad. Soy pesimista con respecto al mundo, pero me despierto por la mañana y digo: «Ajá, esto es muy interesante». En los libros, el cine, el teatro y la música aprendes lo que no puedes obtener de tu propia homeostasis. Afinar el intelecto.

¿Y qué le causa ira? La manipulación de las elecciones. Puede suponer el fin de la democracia. 

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