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Moon Jae-in, el gran pacificador

Adrián Foncillas

Olvídense de la birmana Aung San Suu Kyi que olvidó a los rohingyas, y abracen como nuevo icono de la paz en Asia a un surcoreano empeñado en arreglar un desaguisado de siete décadas. La inauguración de los recientes Juegos Olímpicos de Pyeongchang evidenció la hercúlea misión del presidente surcoreano, Moon Jae-in. Solo dos filas separaban en el palco de autoridades a Kim Yo-jong, hermanísima del tirano Kim Jong-un, de Michael Pence, vicepresidente estadounidense, esforzados en ignorarse. Moon, sentado a medio camino, derramaba sonrisas, apretones de manos y confidencias a ambos bandos. Y decenas de surcoreanos quemaban banderas norcoreanas y carteles de la saga de los Kim en los aledaños del estadio.

  

Defender la paz en la península exige lo mejor de un tipo sensato con una paciencia sobrenatural e infinitas mejillas para tantas bofetadas. La cumbre presidencial intercoreana prevista para abril y las más que probables negociaciones entre Pyongyang y Washington son sus triunfos personales después de meses remando contra los desmanes norcoreanos, la belicosidad estadounidense y el escepticismo de su electorado. Quiere ser recordado como el artífice de una paz duradera en la región y en ello está. Ya en su toma de posesión, cuando Pyongyang alternaba misiles y ensayos nucleares, adelantó que se reuniría con su homólogo norcoreano.

Líderes antitéticos

Moon ha topado con Donald Trump. Son líderes antitéticos: una estrella mediática frente a un abogado de derechos civiles, un exaltado de vulgaridad arrabalera frente a un moderado de formas británicas, un anunciante de guerras inminentes frente a un terco defensor del diálogo. Abundan las razones para que Moon desconfíe de Trump: le ha acusado repetidamente de tibio, amenaza con finiquitar el acuerdo de libre comercio que durante un lustro ha beneficiado a ambos y le abandonó mientras China le crujía con sanciones económicas. Y, sin embargo, cuando Trump se atribuyó groseramente el mérito de la oferta norcoreana de diálogo, Moon corroboró educadamente la versión de quien había repetido que hablar con Pyongyang era un pérdida de tiempo y agradeció sus esfuerzos. No cabe más estilo.

"Es un tipo sensato
con una paciencia sobrenatural e infinitas
mejillas para tantas bofetadas"

Moon no es el pusilánime idealista que describen Trump y la derecha surcoreana. Ha aprobado el mayor aumento en presupuesto militar en una década, exigido una reforma integral de sus Fuerzas Armadas para lidiar con Pyongyang y aceptado finalmente el escudo antimisiles estadounidense que había criticado en las elecciones. Moon es un pragmático que odia el régimen opresivo vecino pero asume que es el que hay.

Entorno humilde

Moon nació en la diminuta isla surcoreana de Geoje en 1953, cinco meses antes del fin de la guerra. Sus padres habían huido del Norte y nunca pudieron reunirse con los familiares dejados atrás. Moon creció en un entorno humilde y, con muchos sudores, entró en la prestigiosa Universidad de Seúl para graduarse en Derecho.

En aquellos años fue encarcelado por liderar las protestas contra la dictadura de Park Chung-hee. Ejerció de abogado de derechos humanos en el despacho de Roh Moo-hyun, quien en el 2003 alcanzó la presidencia del país y le hizo un hueco en su gabinete. Roh continuó la política de apaciguamiento o 'sunshine policy' que había diseñado Kim Dae-jung, su predecesor y Nobel de la Paz.

Pyongyang acudía entonces a las negociaciones internacionales para su desnuclearización, organizó dos cumbres presidenciales e inauguró un tramo de ferrocarril que atravesaba la frontera. El clima se arruinó con la llegada de los conservadores al poder. Alegaron que Seúl había dado mucho a cambio de muy poco y jubilaron la política. Seguramente era cierto. También lo es que ha sido la menos mala de todas las probadas en 70 años. Esa certeza mueve aún a Moon, dispuesto a replicar esa política en un contexto aún más hostil: Kim Jong-un se ha revelado más intratable que su padre y Trump es un elemento desestabilizador constante.

Moon perdió en su primer intento de alcanzar la Casa Azul contra Park Geun-hye, la hija de aquel dictador que le había encarcelado décadas atrás. El pasado año arrasó con sus promesas de mitigar las desigualdades sociales, acabar con la rampante corrupción que le había costado el puesto a su antecesora y embridar a los 'chaebol' o grandes conglomerados familiares que dominan la economía nacional. Su visión sobre cómo gestionar el problema norcoreano, entonces secundaria frente a su programa social, le impulsa hoy hacia la posteridad que disfrutan los prohombres de paz.

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