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PERFIL

Guillermo del Toro: el amigo de los monstruos

'La forma del agua', candidata a 13 premios Oscar, representa la consagración de quien posiblemente sea el cineasta actual que más ha hecho por dotar el cine de respetables seres fantásticos

Nando Salvà

Había una vez un niño tan asustado de las criaturas que surgían de la oscuridad cuando se iba a dormir que cada noche se hacía pis en la cama. Su madre se enfadaba tanto con él que hizo un pacto con los monstruos: les prometió ser su amigo para siempre si lo dejaban levantarse para ir al baño. Con el tiempo la amistad se convirtió en amor incondicional. Y hasta hoy.

Guillermo del Toro de verdad ama a los monstruos, seres injustamente perseguidos por hordas furiosas de humanos que proyectan en esas criaturas sus propias imperfecciones. Tanto es así que en su propio vecindario de Los Ángeles tiene una casa entera –son dos casas, en realidad– que ha convertido en un museo del terror lleno de recuerdos de sus rodajes y cientos de libros e ilustraciones y reproducciones a tamaño natural de bestias como Frankenstein. En otras palabras, ha construido un templo para rezar a sus deidades personales. Del Toro fue educado católico, pero hoy su religión es el Terror.

En su cine, los monstruos aparecen en diferentes formas y dimensiones, desde la pequeña araña mecánica de 'Cronos' (1993) a los gigantescos kaiju de 'Pacific Rim' (2013), capaces de destruir ciudades; algunos tienen cuernos y otros tienen alas. Y a todos ellos los contempla como lo hacen los niños de 'El espinazo del diablo' (2001) y 'El laberinto del fauno' (2006): con algo de miedo y mucha curiosidad.

A ritmo de Glen Miller

La nueva incorporación a su particular animalario fílmico la encarna el protagonista de la película que podría convertirlo en el nuevo rey de Hollywood, un anfibio humanoide verde y viscoso que nada al ritmo de Glenn Miller y se pirra por los huevos duros que le ofrece la sensible mujer que pronto será su amante. 'La forma del agua', pues, es otra de las versiones de Del Toro del mito de la bella y la bestia, distinta de las anteriores en tanto que, por primera vez, el mexicano enfatiza lo bello sobre lo bestial. ¿Es eso lo que sucede cuando un director para frikis es abrazado por el 'mainstream'?

 

En realidad, Del Toro empezó a curtirse como director en esos años de infancia y sábanas mojadas. Su biografía, de hecho, funciona como un cuento de hadas especialmente sombrío: creció en un ambiente azotado por la opresión. Siendo un niño vio a gente asesinada a balazos, y cuerpos decapitados, apuñalados y quemados vivos; su Guadalajara natal era una ciudad difícil. En el colegio lo acosaban a causa de su extrema delgadez, y en casa su abuela –una fanática religiosa– no solo lo amenazaba a diario con el fuego eterno sino que llegó a meterle tapones de botella metálicos en los zapatos que le destrozaron las plantas de los pies. El chaval se refugió en su mundo interior, alimentado por películas como 'King Kong' o 'La mujer y el monstruo'. 

En Los Ángeles, tiene una casa ‘del terror’ en la que guarda recuerdos de sus rodajes

Y cuando las fantasías ajenas dejaron de proporcionarle solaz, empezó a crear las suyas propias. En la enciclopedia médica de su padre encontró, además de una obsesión por la enfermedad, inspiración para aprender a dibujar seres abisales –aún hoy no sale de casa sin un cuaderno que llena de bocetos a todas horas–. Luego empezó a experimentar con maquillaje y llenarse la cara de cicatrices falsas para asustar a sus padres. 

Un bicho en un retrete

Tomó el primer contacto con el cine en el instituto, con un corto sobre un bicho gigante que surge de un retrete y, asqueado por la raza humana, vuelve a huir a través de él. Desde entonces, durante el último cuarto de siglo, Del Toro ha hecho películas que derrochan un caudal de imaginación propio de un niño hiperactivo, y en las que el miedo no es sinónimo de sustos sino más a menudo de fascinación por los extraños contornos que la realidad puede llegar a adoptar; películas en su mayoría magníficas y todas inspiradas sobre todo por otras películas.

Y esa vocación reverencial alcanza su máxima expresión en 'La forma del agua', que es un homenaje a los dramas románticos, y al cine de terror, y al de espías, y al de fantasía y hasta al musical. Es como si alguien le hubiera dicho que le quedaba solo un año de vida y por tanto todas las películas que tiene en la cabeza tenían que resumirse en una.

'La forma del agua' ganó el León de Oro de la Mostra de Venecia y el Globo de Oro, y seguro que acaba llevándose a casa un buen puñado de los 13 Oscar a los que aspira. Gracias a ella, Del Toro ha logrado algo de lo que quizá nadie más habría sido capaz: convertir el cine de monstruos en algo respetable. Y para ello no ha necesitado comprometer su convicción de que el mundo es un lugar infinitamente misterioso, y que ese abismo es fuente tanto de terror como de placer; y de que para explorar la condición humana nada mejor que un anfibio humanoide verde y viscoso y otras hermosas criaturas. 
 

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