Ir a contenido

PERFIL

Ringo Starr: el último de la fila

El músico británico acaba de ser distinguido por Isabel II con el título de 'sir', un honor tardío para el baterista que 'cayó', de casualidad, en los Beatles

Ramón de España

Su graciosa majestad británica se ha tomado su tiempo para otorgarle el título de 'sir' a Ringo Starr, nacido como Richard Starkey en el Liverpool de 1940 y famoso por haber formado parte del grupo musical más popular de todos los tiempos, los Beatles. Pero no veamos muestra alguna de desprecio en esa demora: la reina, probablemente y como casi todo el mundo, se olvidó de que Ringo seguía vivo hasta que un secretario o secretaria –pongamos Nigel o Fiona, por usar un par de nombres típicamente británicos– le dijo algo parecido a esto: «¿Y si hacemos sir a Ringo Starr, que ya tiene una edad? ¿Qué quién es Ringo Starr? ¡El batería de los Beatles! ¿Méritos musicales? Bueno, majestad, más bien escasos. De hecho, toda su contribución a la obra del grupo se reduce a dos canciones de tono tabernario y un pelín pachanguero: 'Don’t pass me by' y 'Octopus’s garden'. A veces, Lennon y McCartney le dejaban cantar, pero siempre el material más humillante y chocarrero: 'With a little help from my friends', 'Act naturally', 'Yellow submarine'… ¿Qué si el público le respeta como músico? Bueno, digamos que se le tiene cariño. De hecho, hay cierta unanimidad a la hora de considerarlo el típico tío que está en el lugar adecuado en el momento preciso: a Ringo le tocó la lotería cuando Lennon y McCartney se cansaron de aguantar a un tal Pete Best y le ofrecieron el cargo a él. Haga feliz a ese anciano, majestad, y nómbrelo sir. Es un gran inglés. Piense que votó a favor del ‘brexit’…».

No me parece una exageración afirmar que a Ringo Starr nunca se lo ha tomado en serio nadie. Con los Beatles ejercía, al mismo tiempo, de baterista, bufón y mascota. El productor George Martin se buscó otro baterista para el primer sencillo del grupo, 'Love me do', y le endilgó a Ringo una pandereta para que se entretuviese y se sintiera mínimamente útil. 

 

¡Le tocó la lotería!

Antes de los Beatles, nuestro hombre tocaba en un grupo de Liverpool llamado Rory Storm & the Hurricanes, del que nadie se acuerda hoy día, aunque alcanzó cierta gloria a nivel local. Si Lennon y McCartney no llegan a fijarse en él, hartos de la irresponsabilidad permanente y falta de profesionalidad de Pete Best, Ringo nunca habría pasado a la historia y sería un músico olvidado más. ¡Pero al hombre le tocó la lotería! Y yo creo que se lo merecía después de una infancia espantosa: a los seis años, recién divorciados sus padres, tuvo una peritonitis que lo dejó en estado de coma durante diez semanas; a los 13, una pleuresía lo mantuvo dos años en un hospital, donde, por lo menos, aprendió a tocar el tambor. En la adolescencia, pasó por algunos grupos de skiffle –subgénero olvidado cuya principal estrella fue Lonnie Donnegan, muy influyente entre todas las bandas del Mersey Beat–, acabó con los Hurricanes y se sacó el premio gordo al ser fichado en Hamburgo por Lennon y McCartney. 

Con los Beatles ejercía, al mismo tiempo, de baterista, bufón y mascota

A partir de ahí, lo único que tuvo que hacer fue, como en la canción de Buck Owens que él mismo versionaría, actuar con naturalidad.

Poco dotado para la composición musical, se limitó a fabricar dos canciones para los Beatles, como decía Nigel, el secretario, y a interpretar algunas ajenas que se prestaban a su tono de voz y podían confundirse con el género musical preferido de Ringo, ese vodevil británico que tanto les gusta a los borrachos de pub cuando llevan unas pintas encima. Cuando los Beatles se disolvieron, Ringo, para no ser menos, empezó a publicar discos. Lo mejor que se puede decir de ellos es que resultan agradables de oír, y lo peor, que no aportan nada destacable a la historia de la música. El primero, 'Sentimental journey' (1970) ya fue toda una declaración de principios: mientras Lennon y McCartney se esforzaban en dar lo mejor de sí en sus primeros esfuerzos en solitario, Ringo nos endilgó una serie de versiones de clásicos británicos y norteamericanos con su gangosa voz habitual. Su intento más loable de fabricar un álbum decente data de 1973, con 'Ringo', que contenía la estupenda 'Photograph' y una versión muy graciosa del 'You’re sixteen' de Johnny Burnette.

 

Esposa de cine

Su paso por el cine tampoco puede definirse como glorioso, aunque le sirvió para conocer a su segunda y definitiva esposa, Barbara Bach –de la primera, Maureen Tigrett, se libró en 1975–, durante el rodaje de 'El cavernícola' (1981). En 1988, ambos pasaron una temporadita en un 'rehab' de Tucson, Arizona, para quitarse de la bebida. Y, por cierto, el hijo mayor de Ringo también toca la batería. Y parece que mucho mejor que él. 
 

0 Comentarios
cargando