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ENTREVISTA

Roberto Tierz: "No debemos perder la voluntad de transgredir"

El Ayuntamiento de Barcelona concede la Medalla d'Or al director de Sidecar, que en los últimos 35 años ha visto emerger una industria musical al tiempo que asistía a la transformación de la plaza Reial

Nando Cruz

Roberto Tierz: "No debemos perder la voluntad de transgredir"

RICARD CUGAT

De los años 80, Roberto Tierz (Córdoba, Argentina, 1958) conserva su afición al tabaco y una manera poco académica de valorar la Medalla d’Or que recibirá del ayuntamiento. "Es un reconocimiento de la hostia", suelta. Además de dirigir la sala Sidecar, Tierz ha presidido durante 15 años la asociación de vecinos de la plaza Reial y conoce todos sus secretos. Si quieres saber porqué han levantado la plaza, él te lo cuenta: "Están cambiando el pavimento y, de paso, eliminan los bordillos. ¡La de gente que tropezaba! Teníamos un botiquín de primeros auxilios porque cada dos por tres se caían turistas; gente mayor que mirando el paisaje no se fijaba y al caer se hacía heridas". Las luces de Navidad ya están colgadas pero aún no se sabe si las mantendrán apagadas hasta que liberen a los Jordis.

¿Qué significa para usted y para la sala Sidecar recibir la Medalla d’Or? Me hace recordar mucho cuando la relación con la Administración y, sobre todo, con la Policía nacional era pésima. En 1982, el comisario aún era un franquista. Hemos pasado de ahí a que el ayuntamiento nos dé una medalla. No es mérito nuestro, sino que la sociedad ha ido cambiando y la percepción de la música, la cultura y la noche es muy distinta. Esta medalla reconoce una labor de apoyo a la música. Es evidente, sobre todo en salas de este formato, que nuestro papel es muy voluntarista. Yo no vivo de los conciertos. Es un negocio deficitario.

Más allá del simbolismo del galardón, ¿cree que la Administración y la sociedad ya perciben las salas de conciertos como agentes culturales? Se va avanzando. Sidecar tiene un público muy definido y muy barcelonés. Aun estando en el epicentro de la zona de guiris trabajamos básicamente con gente de la ciudad y los vecinos de la plaza nos perciben como algo positivo. Por otro lado, el trabajo de la ASACC (Associació de Sales de Concerts de Catalunya) nos ha dado visibilidad y organización en base a intereses que no son simplemente vender todos los cubatas que podamos a las cinco de la madrugada. Eso hace también que nuestra labor vaya calando y que la gente cambie su percepción.

Hay restaurantes y tiendas de ropa en las que la música se oye mucho más fuerte desde la calle que la del Sidecar. Sin embargo, nadie percibe estos otros negocios como focos de ruido y molestia. Nosotros representamos la noche, el ocio, el placer… E históricamente la moral cristiana castiga eso. Se persigue mucho el control del aforo en los conciertos, pero en el metro no lo respeta ni Dios y es más peligroso. Si las molestias son para ir a trabajar, aguantamos lo que sea. Además de injusto, esto tiene un tufillo muy rancio.

Premiando al Sidecar y a Loquillo, se reivindica la Barcelona de los 80. Este es un premio de viejos, un premio a la constancia y a la resistencia. Nos llamaban la 'generación del desencanto'. Tras la muerte del dictador, la euforia y la transición, empezabas a ver que, de entrada, 'No a la OTAN', pero al final, sí.

¿Qué queda hoy de la plaza Reial del 82? Cuando llegamos tenía influencias muy portuarias y era una plaza muy gitana. Luego entró la droga, la delincuencia del barrio se quedó muy antigua y llegó otra que iba más fuerte; básicamente de árabes y subsaharianos. La segunda mitad de los 80 fue muy dura. Veías yonquis medio caídos constantemente por la calle. Nosotros aguantamos aquí y participamos en todas las historias que se organizaron para recuperar a la gente de la calle y mejorar el barrio. Luego llegó gente de mucha categoría: Oriol Bohigas, Beth Galí, Maria Aurèlia Capmany... Era una movida patrocinada por Maragall. Llegamos al siglo XXI con la plaza transformada, limpia y segura. El turismo es el último reto al que nos enfrentamos. Tenemos un aluvión de turistas que provoca que suban los alquileres una barbaridad y que haya un monocultivo comercial: ahora si no tienes algo que vender a los guiris, cambia de barrio. Yo viví aquí desde 1987 hasta 2010, y el día que fui a la verdulería a comprar patatas y me dijeron que solo tenían fruta cortadita... Tenemos que reconquistar esta parte de Barcelona.

"Últimamente, a la plaza Reial, ha ido llegando gente joven con un alto poder adquisitivo y sentimiento bohemio. Algunos extranjeros viven solo a temporadas"

¿Quién vive ahora en la plaza Reial? Ha ido llegando gente joven con un alto poder adquisitivo y con un sentimiento bohemio a ocupar estos pisos. Algunos extranjeros viven solo a temporadas.

El Barcelona Pipa Club de la plaza Reial se trasladó al barrio de Gràcia porque le subieron el alquiler. Hoy ese local es una coctelería de lujo. ¿Puede pasarle lo mismo al Sidecar? Tenemos un contrato indefinido desde los años 80, pero los alquileres se están poniendo a un nivel que los negocios tienen que funcionar 18 horas al día y ser muy rentables. Si hoy tuviera que buscar un lugar en el centro para montar el Sidecar no lo encontraría. En el Poblenou se han disparado los alquileres una locura. Y en Poble-sec, también. Igual acabaría en el Guinardó.

Que sobreviva una sala de conciertos en la plaza Reial es un milagro. Y podríamos ser cuatro: Sidecar, Jamboree, Tarantos y el Karma. Es una pena que el Karma dejase de programar porque hacían de todo. Yo vi a Gato Pérez, a Neuronium (grupo de electrónica experimental), a Sergio Makaroff con Manolo García a la batería… Pero descubrieron que lo que les daba dinero era la discoteca y cortaron en seco en el 82 u 83.

¿Nunca ha estado a punto de tirar la toalla? A finales de los años 80 me lo planteé. Tras unos inicios fulgurantes en los que todo iba viento en popa, vino esa época sórdida. El entorno era pésimo por el caballo, la Administración estaba en contra y los ingresos bajaron muy rápido porque el barrio se vació.

¿Por qué en Bruselas la gente es capaz de ir a conciertos de artistas desconocidos hasta un lunes de enero y aquí no tenemos este hábito? Es cuestión de tradición. Aquí todo empieza a formarse en los 80. Irá creciendo. Espero. Pero estamos en un momento de cambio y la gente de hoy escucha la música de otra forma. Mi hija tiene muy claro que hay una música para bailar y otra para escuchar. Y a lo mejor baila reggaeton. Si a mí me llegan a pillar de joven bailando la lambada, me expulsan del club de los rockeros. 

¿Este cambio de hábitos en la escucha afectará a las salas? Nos abrimos cada vez más a nuevas corrientes. Pronto tendremos actuando al hijo del cantante de Distrito 5 (el primer grupo que actuó en Sidecar). Tiene un grupo de reggaeton. Tenemos que sumar generaciones. No tiene sentido tener 500 grupos y 1.000 personas de público. ¡Toca a dos por grupo! Hace falta una masa de clientes mayor, pero cada vez cuesta más que vengan al barrio. 

"A finales de los 80, estuve a punto de tirar la toalla: entró la droga en el barrio, la Administración estaba en nuestra contra y bajaron los ingresos"

¿Y cómo se consigue? Una estrategia es que el precio no sea una barrera insalvable. Un concierto carísimo en Sidecar cuesta 18 euros, pero conciertos de siete y ocho euros hay a patadas. A la gente que trabaja programando le decimos que aquí el criterio es que no te dé vergüenza. Yo no me avergüenzo de los grupos que tocan en el Sidecar. Serán más de mi rollo o menos, pero siempre lo hacen con dignidad y sinceridad. Se trata de no engañar, ser económicos y hacer la máxima difusión. Ver un concierto, tomarte una copa y volver a casa por 12 euros está regalado.

A menos que tengas 15 años y necesites que esos 12 euros te duren todo el fin de semana. Sí, claro. Aquí llega gente que nos regatea. En plan: ‘somos dos, cóbrame solo una entrada’. Por una entrada a siete euros de un concierto en el que hay cinco tíos en el escenario, un técnico de sonido, un taquillero, un segurata y el tío que lo ha programado, aún te preguntan: pero entrará una consumición, ¿no?

Cuenta usted que Rafael Moll dijo una vez que Zeleste era "un negocio con ideología". ¿Cuál es hoy la ideología de una sala de conciertos? En el 82, programar rock e ir vestidos como íbamos vestidos, ya era un desafío. Era como declararse en contra de todo. Era mucho más transgresor. Hoy más que estar con un partido u otro, pasa por tener una postura progresista y creer en la libertad. Si nos proponen hacer un festival a favor de los transexuales o para quejarse de la situación de los presos políticos, aquí estamos.

Hoy las salas ya están integradas en la sociedad. Si alguien quiere montar un concierto de ese perfil tal vez piense antes en una centro social o en la calle. Y si lo hace en una sala, tampoco será excepcional. Hoy las salas somos menos radicales. Seguramente hay movimientos que no se sienten cómodos aquí. Al final, somos empresa. Si quieres que esto funcione debes tener un personal asegurado y es gente que tiene que pagar su hipoteca.

¿Para qué sirven hoy las salas de conciertos? A menudo son la única vía de expresión para una gran parte de la juventud de la ciudad. Son espacios de libertad en los que dar salida, a través de la música, a formas de vivir y pensar que salen de los límites de la cultura oficial y que sin las salas no podrían materializarse. Es evidente que cada sala, a través de su programación, acaba definiendo una forma de pensar y entender la sociedad. Para nosotros, la voluntad de transgresión y de dar voz a quien no la tiene es un motor que nos hace caminar. No debemos perder la voluntad de transgredir. 

Temas: Sidecar Música

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