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Campaña de Miu Miu firmada por el fotógrafo Steven Meisel en la que se glamuriza la prostitución infantil

Cultura de la violación: palabras contra el silencio

Núria Marrón

Lo que no se enuncia no existe, como bien saben Harvey Weinstein y su maquinaria coaccionadora que tan bien funcionó hasta hace una semana. Sin embargo, la lucha contra el silencio que pesa sobre las agresiones contra las mujeres ha encontrado en las palabras una poderosa arma para excavar violencias enterradas y naturalizadas. Aquí van un puñado de ellas.


"Anita, yo te creo"

Parece mentira, pero fue en 1986 cuando EEUU consideró judicialmente perseguible el acoso sexual en el trabajo. El asunto, sin embargo, no entró en el disparadero de los tiempos hasta que, en 1991, la profesora de Derecho Anita Hill fue interrogada por el Senado sobre la pertinencia del juez Clarence Thomas para un puesto en la Corte Suprema, y osó desmenuzar la larga retahíla de comentarios y proposiciones sexuales que había aguantado de su entonces jefe. Imaginarán la reacción de sus señorías. O bien Hill era una mentirosa patológica y estaba loca, o bien –llegaron a mantener– había tenido fantasías sexuales en las que el juez le había dicho las cosas que ella, confundiendo sueños y realidad, ahora denunciaba. El periodista David Brock incluso le dedicó primero un artículo y luego un libro cuya principal prueba de cargo, lamentó él mismo 10 años después, era que Anita estaba «un poco chalada y era un poco zorra». Cabe decir que, a corto plazo, Thomas logró su plaza, que conserva hasta hoy, y Hill sufrió todo tipo de humillaciones. Sin embargo, el célebre eslogan «Yo creo en ti, Anita» acabó desencadenando una revolución al empujar a que se reconociera y se reaccionase ante el acoso laboral –de hecho, las denuncias se dispararon– y dejó al descubierto algo realmente pestilente: el ensañamiento con el que a menudo se reacciona frente al atrevimiento de una mujer que denuncia. Esta honda 'tradición' también recibe el nombre de revictimización.


‘Casting’ de sofá

Práctica enraizada en el cine y profusamente documentada. Funciona así: eres joven, muy joven, y acudes a un 'casting' en un hotel sin pensar que, al abrirse la puerta del lavabo, puede aparecer el productor, que te dobla la edad, en batín y dándose permiso para acosarte. Si sales corriendo y denuncias, en una profesión sin protección ni sindicatos fuertes, sabes que probablemente tu carrera habrá acabado en el mismo momento en que salgas de la comisaría. Si te quedas, el sentimiento de culpa, la vergüenza y el silencio te acabarán enredando en la maraña del agresor. Fin del modus operandi.

Cultura de la violación

Más que un término, es una enmienda a la totalidad a esa inercia por la que cada agresión sexual es tratada como un hecho aislado o como la acción de un perturbado.  Cuatro millones de europeas han sido violadas a lo largo de su vida y la estadística insiste en que solo el 5% de los agresores sufre trastornos mentales. Así que las violencias contra las mujeres –una espiral que empieza en la desacreditación o el acoso callejero o laboral y llega hasta la violación y el asesinato en sus casos más extremos– han de dejar de verse «como anomalías que no tienen nada que ver con la cultura o incluso que son antitética a sus valores –señala la ensayista Rebecca Solnit–, porque las raíces del odio y la violencia contra la mujer están en la cultura en su conjunto».

En este sentido, el término cultura de la violación, de uso generalizado desde el 2012, señala con el dedo hacia ese ecosistema que permite desacreditar, responsabilizar o culpabilizar a las víctimas de las agresiones, y que se perpetúa y normaliza a través del lenguaje misógino, la representación del cuerpo femenino como accesible y disponible (incluso si son niñas), y la glamurización y la banalización de la violencia que expenden esa trinitaria formada por la ficción, la música y la moda. De hecho, la violencia está tan naturalizada que a pesar de que los Mossos d’Esquadra reciben una denuncia por agresiones y abusos cada seis horas y que las asociaciones aseguran que el 80% de los casos se dan en el entorno de confianza –de los que solo afloran 2 de cada 10–, al asunto se le sigue negando el estatus de problema de primer orden. 

 
Derecho sexual

El término, acuñado en el 2012, hace referencia a que, según concluyen numerosos estudios, en muchos casos, el motivo de la violación acaba siendo la idea de que un hombre se otorga el derecho a tener sexo con una mujer sin importarle los deseos de esta. «Esa sensación de que el sexo es algo que las mujeres les deben a los hombres está en todas partes –escribe Solnit–. A muchas mujeres se nos dice que por algo que hicismos o dijimos, por cómo vestíamos o simplemente por nuestro aspecto o por el mero hecho de ser mujeres, habíamos provocado el deseo y que, en consecuencia, contractualmente, estábamos obligadas a satisfacerlo. Se lo debíamos. Ellos tenían ese derecho. Derecho a nosotras».

Misoginia

Lo que late tras las agresiones, mantienen desde forenses hasta asociaciones de agredidas, no es el deseo sexual y la impulsividad, sino la dominación, el odio y la rabia. Y, obvio, sentirse bajo la coraza de la impunidad.

  
#NoTodosLosHombres

Etiqueta que señala, no sin sarcasmo, ese tic victimista por el que, cuando las mujeres o los colectivos LGTBI hablan de opresión y violencias, un grueso de varones, generalmente blancos y heterosexuales, invierten más esfuerzos en insistir en que «no todos los hombres son así» y en presentarse como meros espectadores del drama que en desmarcarse, denunciar y revisar los costes y privilegios que otorga la cultura machista.  

Síndrome de Casandra

La credibilidad es una herramienta de supervivencia y, sin embargo, el patrón de desacreditación que tradicionalmente ha pesado sobre la palabra femenina tiene raíces milenarias que llegan hasta la mitología griega. Casandra, la hermosa hermana de Helena de Troya, fue maldecida con el don de la profecía certera y a no ser creída por nadie. Su familia pensaba que estaba loca y que era una mentirosa. Incluso llegaron a encerrarla hasta que Agamenón la convirtió en su esclava sexual y posteriormente, sin dar demasiada importancia al hecho, fue asesinada junto a él. ¿Y saben por qué nadie la creía? ¿Lo adivinan? Porque Apolo le echó la maldición de la incredulidad cuando ella se negó a mantener relaciones sexuales con él. 

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