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LIBERTAD CONDICIONAL

Las masas se movilizan por una causa identitaria, pero no por su propio bienestar


Los dos últimos artículos de esta sección apenas han sido leídos: trataban sobre sexo y aparecieron en días en los que el debate independentista era el tema único. No quiero faltar a mi compromiso de no tocar temas políticos en esta sección, así que voy a hablar de relaciones personales. Pero también voy a intentar dar una respuesta al por qué la masa se moviliza tan rápidamente al calor de una bandera. 

La psicología social explica muy bien este fenómeno aludiendo al motivo de pertenencia.

Un primate no puede sobrevivir solo. Necesita a un grupo para subsistir. Si a un chimpancé bebé se le da comida y cobijo, pero se le deja completamente solo, fallece. En las prisiones el peor castigo es el aislamiento: en una celda de aislamiento, un individuo se vuelve loco. Y es que el instinto de pertenencia es un rasgo genético que los humanos llevamos marcado a fuego, porque somos primates evolucionados. 

Para demostrar lo innato, instintivo, acendrado y potente del instinto de pertenecia, me referiré a dos experimentos clásicos. 

En 1945, Muzafer Sherif se llevó de campamento a un grupo de niños. Estos chicos no se conocían entre ellos, no eran problemáticos, no provenían de familias disfuncionales y/o violentas y no presentaban diferencias significativas socioculturales y/o económicas. Sherif los dividió en dos grupos, los Águilas y los Serpientes. Y les asignó tareas en las que solo un grupo pudiera alcanzar el éxito: un partido de fútbol, una carrera de relevos, el 'soka-tira'...

Peleas e insultos

La hostilidad entre los dos grupos fue aumentando y pronto empezaron las peleas y los insultos. Al poco tiempo, comenzó la quema de banderas del grupo rival, un ritual simbólico que no falta en las disputas nacionalistas. Los miembros de un grupo no hablaban de los miembros del otro como Águilas o Serpientes, sino que inventaron calificativos despectivos. (¿ Les suena lo de «facha» o «golpista»?).

Por último, se creó un efecto paradójico que también ocurre en la vida real: cuando el psicólogo favorecía a un determinado grupo injustamente, los miembros del grupo discriminado no reaccionaban contra Sheriff, sino contra el grupo rival. Lo mismo que sucede cuando una población no reacciona manifestándose contra el paro o los recortes, sino contra el otro grupo nacionalista al que consideran rival.

En 1971, Philip Zimbardo diseñó otro experimento que se desarrolló en uno de los sótanos de la Universidad de Stanford y en el que participaron 24 hombres jóvenes. Ninguno tenía antecedentes violentos o delictivos, ninguno provenía de familia disfuncional, muchos se habían declarado pacifistas o antiviolencia. 

Los voluntarios fueron asignados a dos grupos por sorteo: los guardias, ostentarían el poder; los prisioneros, permanecerían recluidos. 

"Nosotros contra ellos"

Al segundo día, los guardias se volvieron violentos. Al cuarto, llegaron las vejaciones: se negaba la comida a ciertos reclusos, se les obligaba a permanecer desnudos o en cuclillas y no se les permitía dormir. Del mismo modo, los empujones, las zancadillas y los manguerazos eran frecuentes. Al sexto día, la situación era tan peligrosa que hubo que poner fin al experimento.

Ambos experimentos, ahora clásicos, han sido replicados en todo tipo de condiciones y ambientes, y los resultados han sido siempre parecidos: la respuesta automatizada cuando se crea una situación de «nosotros contra ellos» es brutal, tan inmediata como la erección que le provocaría a un individuo joven y heterosexual la presencia inesperada de Scarlett Johansson desnuda en su cama. 

Un millón de personas pueden salir a la calle a pedir la independencia de Catalunya, otro millón a pedir la unidad de España. En el país con más paro de Europa, y tras unos recortes salvajes en dependencia, sanidad, educación, las masas apoyan de forma directa o indirecta, precisamente, a los partidos responsables de esta situación. Las masas se movilizan por una causa identitaria, pero no por su propio bienestar. Y esto porque en la masa deja de funcionar la peculiaridad de cada individuo, aflorando el inconsciente colectivo, el instintivo.

Pero se supone que somos seres civilizados y que podemos sobreponernos a las presiones del instinto. Se supone. 

El devenir de este conflicto nos demostrará si sabemos serlo o no.

O si nos perdemos en cortinas de humo.  

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