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PERFIL

Ricardo Darín: la familia, lo primero

El actor argentino hizo un encendido elogio de los suyos al recibir el premio Donostia a su carrera

Olga Pereda

Ricardo Darín: la familia, lo primero

TÀSSIES


Ricardo Darín (Buenos Aires, 1957) lleva actuando desde que tenía ocho años. Se curtió en las calles y creció entre series y culebrones hasta convertirse en el galán oficial de la televisión argentina. Han pasado los años y ya peina canas, pero sigue amando su oficio con locura. Y, por encima de todo, idolatra a los suyos. Los amores de su vida son su mujer, sus hijos, sus hermanos y sus sobrinos. «No hay nada en el mundo que me guste más que estar con mi familia», asegura. De todos ellos se acordó esta semana, completamente emocionado, al recoger el premio Donostia del festival de San Sebastián. 'Ups'. Se le olvidó un nombre fundamental: el de su madre. El galardonado volvió al estrado, cogió el micrófono y subsanó el error.

La familia es lo primero. Por la familia dijo «no» al fallecido Tony Scott ('Top Gun'), que hace años le ofreció meterse en la piel de un narco mexicano. En aquella ocasión no le tentó Hollywood y sigue sin hacerlo. Eso no significa que no respete y quiera el cine estadounidense. Es que no se ve. «¿Tú te has fijado en cómo hablo inglés?», se ríe. 

Dueño de un cuerpo fibroso, grandes manos y unos deliciosos ojos azules, gana en las distancias cortas

Hijo de actores que curraron mucho pero no conocieron la fama, Darín se ha convertido en uno de los intérpretes mejor dotados de su generación. En todas las películas –todas– está bien. Su nombre, además, es sinónimo de taquilla. «Hay muy pocos actores que arrastren al público a las salas. Eso le pasa a mi amigo Darín y a poca gente más», afirma Javier Cámara, su compañero del alma en 'Truman' (2015), sutil película de Cesc Gay que huye de sentimentalismos y narra cómo una persona enferma se enfrenta a la muerte.

Ganador de un Oscar

Aquí empezamos a oír hablar de él con la romántica 'El mismo amor, la misma lluvia' (1999). Nos robó el corazón en 'El hijo de la novia' (2001) y le adoptamos para siempre con 'El secreto de sus ojos' (2009), película que fue ninguneada por el jurado del festival de San Sebastián y que se tomó una justa revancha al ganar el Oscar de Hollywood en la categoría de habla no inglesa. Todo el equipo de la película desembarcó en la ceremonia más importante del cine mundial. Todos menos su protagonista. Argentina nunca se lo ha perdonado. Darín no fue. No por desprecio a EEUU ni a su industria. Simplemente, no le venía bien. Estaría con su familia. 

Curtido tanto en cine como en teatro, a Darín le gusta su oficio. La alfombra roja, las comparecencias ante la prensa, el circo y el show ya no tanto. Lo asume y es generoso en las entrevistas y el encuentro con el público, pero si pudiera pasar por alto lo haría. Su profesionalidad, sin embargo, le hace hasta posar con un jamón ibérico, como ha ocurrido esta semana en San Sebastián.

Conciencia ciudadana

Dueño de un cuerpo fibroso, unas grandes manos, unos deliciosos ojos azules y un envidiable pelazo, Darín gana en las distancias cortas. Saluda con un fuerte apretón de manos a los periodistas que se sientan frente a él. Se deja preguntar y responde todo. Incluso, a temas de los que no quiere hablar en público, como la política. A veces, sus opiniones le han jugado malas pasadas. Como cuando criticó el aumento patrimonial de la entonces presidenta argentina, Cristina Kirchner. Aquello le costó un conflicto que él asumió con naturalidad. «Forma parte de las reglas del juego. Si un ciudadano eleva su voz y consigue que un funcionario de tan alto rango se dedique a contestarle, algo más o menos bueno se está produciendo en el mundo. Dije lo que pensaba, algunos estuvieron a favor y otros en contra. La democracia es eso».

Darín tiene una fortísima conciencia ciudadana. No se considera un optimista sino un «ser positivo» que confía en que cada mañana cualquier persona pueda levantarse de la cama, pegarse una ducha y salir al mundo a hacer cosas: trabajar, estudiar, esforzarse y luchar. «El 90% de la población son buenas personas, gente trabajadora que solo quiere ser feliz. El problema es que el otro 10% son unos hijos de puta que nos están aplastando la cabeza», se queja.

La «traición» de Chino

Él trata de no aplastar a nadie. Más bien al contrario. Intenta hacer cada día bien su trabajo. A veces, incluso, costándole la salud. En 'La señal' (2007) se puso el traje de director –además del de actor– y las cervicales casi le matan. Pero ahí está, ahí sigue. Con un pie en Madrid y otro en Buenos Aires. Con su hija Clara, diseñadora de moda. Y su hijo Chino, que le ha «traicionado» (lo dice con ironía) y se ha convertido en actor ('La reina de España'). Y con su mujer, Florencia, con la que se casó en 1988. Ambos se alejaron un par de años (en 1999) pero volvieron. Porque no hay nada que importe más que la familia. 

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