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NEGARÉ QUE LO HE ESCRITO

Ensayo sobre la sordera

Risto Mejide

Ensayo sobre la sordera

Leonard Beard

Todo empezó como empiezan las cosas que llegan tarde. Hace más tiempo del que debería. Unos dicen que fue allá por el 2004, otros se remontan mucho más atrás. Da lo mismo. El caso es que todo empezó con un sordo. No, no hablo de quien padece una pérdida auditiva. Hablo del otro tipo de sordera. La voluntaria. La que es fatal. La sordera del que oye, pero ya no escucha. La ceguera del que mira, pero ya no ve. Su verdadera disfunción no está ni en el oído ni en el ojo. Sino un poco más arriba y, sobre todo, más atrás.

El primer sordo debió de ser alguien importante. O como mínimo influyente. Porque supo arrastrar a más sordos con él. Logró influirles de tal modo que consiguió que se apuntaran sin pensárselo al innoble arte de dejar de escuchar. Todos los que le siguieron comulgaban con esa mutilación de ideas colectiva, la forma más rápida que tienen los cerebros de pudrirse sin vuelta atrás. Y es que las mentes son como frutas en un cesto, se estropean más rápida y fácilmente en sociedad. La primera víctima de un conflicto no es la verdad, es la vergüenza. Alguien la pierde y parece que ya todo vale, alguien se olvida de que la tuvo y parece que ya está.

Todo se jodió cuando los profesionales del diálogo dejaron de dialogar, y a los ciudadanos nos dejaron a la intemperie

Sabes qué, debió decirles el sordo, no les necesitamos. Escuchar está sobrevalorado. Y menos a esos. No vale la pena, no malgastéis el tiempo en negociar con ellos, que ya vendrán. Además, ya lo hemos intentado todo, el reloj de la historia ha marcado su final. Como si él fuese quien le da cuerda, y lo más importante, como si él fuese quien se la puede dejar de dar. Como si pudiera decidir en qué punto romper la baraja que nos pertenece también a los demás.

Y así emergieron las primeras hostilidades. Generando más silencio del necesario. Porque hay silencios y silencios. El silencio mal entendido es el más clamoroso, el que nos lleva a la incomunicación, al prejuicio y a la ignorancia. Y este silencio era de los chungos. Cortar el diálogo implica anular al otro como sujeto digno de ser recibido en la antesala de tus ideas. No es un acto sólo de denigración física, sino también psicológica. No atenta sólo contra la libertad del otro, lo hace también contra su dignidad.

Ojo que el otro lado no fue para nada inocente, ni mucho menos imparcial. Poco a poco también se empezaron a suceder las sorderas recíprocas. Porque este tipo de sordera es muy contagiosa independientemente de la distancia a la que te encuentres de ella. Eso sí, cuanto más pequeñas fueron las mentes contagiadas, más rápida se movía, se propagaba a mayor velocidad.

No nos escuchan, oye, pues ya nos escucharán, debieron pensar. Y la injusticia ya se hizo endémica y crónica, que es lo mismo que decir que se volvió bilateral. Todo se jodió cuando los profesionales del diálogo dejaron de dialogar. Desnudos de paraguas diplomático y político, a los ciudadanos nos dejaron a la intemperie de las opiniones gritadas, a merced del que la dijera más gorda, del que no usara la palabra sino esta manipulación de manual. Lo saben los gabinetes más mediocres.  A falta de talento político para ganar votos, buenas son la intolerancia y la inflexibilidad.

Es entonces cuando la gente se echó a la calle. Bueno, la verdad es que llevaba ya algún tiempo saliendo a gritar lo que pensaba. Pero ahora lo hizo más. Y es del todo comprensible y normal. Oye, que si no se me escucha igual es que no se me ve. Vayamos donde nos lean los labios, que entonces igual se dan cuenta de que sufren una sordera sin diagnosticar. Las sociedades civilizadas psicomatizan los conflictos en forma de marchas pacíficas. Son gritos que buscan entrar por los ojos. Para que los escuche quien los tenga que escuchar.

La respuesta correcta era más diálogo. La respuesta que esperábamos casi todos, la que cabía esperar. Recuerdo que entonces yo era de los que empezaba a defender un referéndum pactado, con garantías y a nivel nacional que desembocase en una necesaria reforma constitucional. Diálogo analgésico y debate antibiótico contra las verdaderas plagas de cualquier sociedad. La demagogia. La mentira. El blanco o negro. El conmigo o contra mí. Los absolutismos. El engaño a nivel masivo. El qué más da. Pero no. Fue al contrario. La respuesta fue más silencio. Más sal para las heridas. Gestos que jamás llegaron. Y que no hicieron más que agravar la enfermedad.

Negaré que lo he escrito, pero creo que ya ha quedado claro que nuestros dirigentes de uno y otro lado del Ebro padecen una patología grave llamada sordera social. Deberíamos haberles dado la baja involuntaria hace mucho tiempo. Porque nosotros no somos más que síntomas o efectos secundarios. No nos engañemos. Formamos una procesión que ha ido por dentro hasta que las pústulas han hecho presencia esta semana en forma de tensión callejera, descalificaciones a fuerzas y cuerpos de seguridad, episodios de violencia física o verbal, esas discusiones familiares hasta ahora inéditas, esas preguntas que nos hacemos de pronto entre nosotros, como si alguno supiera realmente lo que va a pasar. Cuando las cosas se ponen feas por fuera, eso es que llevan tiempo feas por dentro. Y ahora que todo parece que llega tarde, tengo la sensación de que la inmensa mayoría nos sentimos arrinconados entre los que jamás quisieron diálogo y los que ya les va bien no dialogar. Y ahora, señorías, qué.

Pase lo que pase, tengo claras dos cosas. La primera, que cuando entran en conflicto conceptos tan necesarios para la convivencia como democracia y legalidad, eso sólo significa que las cosas se van a poner aún más feas. Hasta el 1 de octubre y más allá. La segunda, que ocurra lo que ocurra hasta entonces, a ver quién es el guapo que gestiona la frustración que habrá que gestionar. De un lado y del otro, la verdad que me da igual. Tengo seres queridos a ambos lados de la balanza y no deseo que a ninguno les pegue una hostia la realidad. Pero sé que alguno, si no todos, se la van a dar. Con nosotros a bordo, claro está. Espectadores de una película en la que salimos y que sólo puede acabar mal.

No hace falta ser Saramago para darse cuenta. A ambos lados de esta brecha convertida en barricada ya hay demasiada gente que no ve porque ya ni mira, porque ni escucha ni escuchará. 
 

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