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BALANCE DEL VERANO

El 'outlet' del corazón

Gente tan inane como Alba Carrillo, las Campos o la tenebrosa descendencia de la Jurado y la Pantoja han poblado el orbe rosa

Ramón de España

Alba Carrillo quedó segunda en la última edición de Supervivientes. / MEDIASET

Alba Carrillo quedó segunda en la última edición de Supervivientes.
Terelu Campos, colaboradora de Tele 5.
Isabel Pantoja, en el concierto que ofreció en el Palau Sant Jordi en febrero.

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No tengo nada contra eso que se conoce como telebasura. Aún recuerdo los tiempos en que ese subgénero periodístico ofrecía momentos de solaz a cualquiera con un sentido del humor ligeramente retorcido. Eran los tiempos en que Javier Cárdenas se pasaba la vida en Miami a la caza de frikis con los que entretener a la audiencia, personajes como un delirante Camilo Sesto –con una gran secundaria: la 'tieta' de Alcoy que intentaba poner un poco de orden y de cordura en la casa por el bien del hijo del cantante, de quien si ahora no se encarga un psiquiatra, no será porque el entorno no lo llevara en esa dirección: ¿cómo se te queda la mente cuando tu padre inaugure una exposición de cuadros con imágenes de búhos perpetradas con chinchetas?–, o la Pantoja de Puerto Rico, travestido con sobrepeso que se sabía de memoria el repertorio de la tonadillera que luego devendría presidiaria. Eran los tiempos del santón Carlos Jesús, cuyo hermano se ganaba la vida como mecánico de ovnis en el planeta Raticulín. Eran los tiempos de Paco Porras, el vidente de las hortalizas.

No entiendo cómo la 'ex' de un tenista puede tener más interés que un vidente que leía el futuro en un nabo

Pero basta, no puedo seguir, se me llenan los ojos de lágrimas ante la desaparición de todos esos héroes de la chifladura recreativa, reemplazados desde hace tiempo por sujetos sin grandeza alguna cuyos asuntos del corazón –o de la entrepierna– se han convertido en el monocultivo de los programas televisivos dedicados a la parte más frívola de la existencia: si la actual telebasura da pena es porque ya no se presta atención a gente insólita como la citada un poco más arriba. Prueba de ello es que este verano nos hemos tenido que conformar con seres tan inanes como Alba Carrillo –que lleva incorporada, eso sí, una madre que es de abrigo– María José Campanario, María Teresa Campos y su adorable hija Terelu, el clan de los Pantoja o lo que queda del de Rocío Jurado, también conocida en su momento como La Más Grande.

Cosa del público

Sería muy fácil culpar a las grandes cadenas televisivas privadas de este atroz monocultivo, pero me temo que el responsable de la situación es el público. Yo no entiendo cómo alguien puede mostrar más interés por la 'ex' de un tenista (y de un motorista) que por un vidente que captaba el futuro en un nabo, pero me temo que la telebasura actual ya no va dirigida a gente como yo.

Cuando en el género convivían los asuntos del corazón con los excéntricos había cierto balance en el horror que se nos ofrecía, pues no todo consistía en saber quién se acostaba con (la hermana o la cuñada) de quién, ya que quedaba espacio suficiente para que algún perturbado nos explicara con todo lujo de detalles su última abducción alienígena, incluyendo las sevicias a que lo habían sometido unas marcianas en minifalda, pero ahora la parte divertida de la telebasura ha desaparecido, dejando fuera del target de sus programas a los que disfrutábamos con las extravagancias de ciertos personajes ya casi olvidados.

Los Pantoja son un montón, pero el único divertido es el hijo de la convicta metido a DJ primero y a cantante, después

Añadamos a esta desgracia el hecho de que, gracias a Jorge Javier Vázquez, los chismosos del audiovisual se han convertido en estrellas, así como que lo que ahora entendemos por 'celebrities' no lo son realmente, pues se trata de gente con mucha jeta que solo aspira a levantarse una pasta aireando sus asuntos personales.

Desaparecieron las estrellas

Si dejamos aparte a Bárbara Rey –que sigue acudiendo disciplinadamente a los platós cada vez que anda un poco tiesa, o sea, con bastante frecuencia–, las estrellas o exestrellas han desaparecido de la telebasura. Ya ven con lo que ha habido que conformarse este veranito. La inanidad de Alba Carrillo convierte a Belén Esteban en la Madame Bovary de Paracuellos. La pobre Campanario, con su depresión y sus andares de zombi camino del sanatorio daban cierta pena –nadie le deseaba algo así–, pero la diversión que proporcionaba a la audiencia era aún más dudosa que la generada por Currupipi, aquel tigre que vivía en casa de Jesulín y que no debía de tener nada que envidiar en sufrimiento al hijo de Camilo Sesto.

Las Campos hacen lo que pueden, pero es que no pueden gran cosa: a la madre le da un patatús y la hija se deprime y se infla a porras para sobreponerse. Los Pantoja son un montón, pero el único mínimamente divertido es el hijo de la convicta, ese simpático holgazán metido a DJ, primero, y a cantante, después, como demuestra 'Sano juicio', ese dueto tan vistoso que nos ha ofrecido este año con la creadora del inolvidable himno sexual 'Papi Chulo'. Y lo que queda de La Más Grande –una niña repipi que participó en 'Supervivientes'– y un quinqui que se pasa la vida entrando y saliendo del trullo– no puede dar más grima.

Una batalla perdida

Y sin embargo, el espectador se interesa por estas 'celebrities' de chichinabo y no parece echar de menos a los pioneros de la telebasura que hacían de esta un placer culpable de primera magnitud.

En los buenos viejos tiempos de la telebasura –lo que podríamos englobar bajo el concepto de la Era Cárdenas–, los consumidores de esa clase de cosas se dividían en dos grupos: por un lado estaban los devotos del 'cuore' y la entrepierna; y por otro, los 'connaisseurs' del frikismo, como quien esto firma: un colectivo tal vez lamentable, no lo negaré, pero que ha sido expulsado de unos predios audiovisuales en los que, ¡in illo tempore!, encontró cierta diversión (no diré que sana y honesta, pero diversión a la postre). Nada podemos hacer, aparte de encajar dignamente la expulsión y aceptar que las cosas nunca volverán a ser como fueron. Reconozcámoslo, amigos: si ni Cárdenas quiere saber nada de Carlos Jesús y Paco Porras es que la batalla está perdida