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EL ARTÍCULO Y LA ARTÍCULA

Ahora comprendo a Dios

Juan Carlos Ortega

Desde pequeño me resultó imposible entender que todos, antes o después, tengamos que morirnos. Pensaba que no le habría costado nada a Dios, con todo su poder, hacernos inmortales para evitarnos sufrir por la desaparición de nuestros seres queridos y de nosotros mismos. Para alguien capaz de crear un universo entero de la nada no podría ser complicado fabricar unas criaturas que vivieran para siempre. Ya puestos, me decía, si haces las cosas, hazlas para que duren. 

Este pensamiento me ha acompañado siempre. La sensación de injusticia por nuestra desaparición ha estado presente en mí sin interrupción, pero el pasado miércoles por fin entendí al Creador. Permítanme que les cuente cómo se produjo mi epifanía.

Con tu Bondad Infinita, inventaste la muerte como un mal menor, para que este pesadísimo ‘procés’ acabara algún día

Yo veía a través de la televisión, aturdido, todo lo que pasaba en el Parlament. Sin saber por qué, me dio por pensar qué ocurriría si, como siempre había deseado, todos esos individuos fueran inmortales. Empecé a sudar imaginando a un Puigdemont eterno, a una Inés Arrimadas indestructible, a un Xavier García Albiol capaz de permanecer sobre la superficie de la tierra por los siglos de los siglos. Sin olvidar, claro está, a un Mariano Rajoy siempre vivo y a unos perpetuos Sánchez e Iglesias. Temblé de pánico, pero no por ellos, entiéndanme. Su inmortalidad personal no me parecía mal; me aterró de golpe la mía propia al imaginarme soportándolos sin descanso.
Por lo que sé de ellos, se trata de seres profundamente testarudos, incapaces de alterar su posición ni un milímetro. Su cabezonería es tan firme que no la abandonarían por muchos miles de millones de años que estuvieran escuchando las opiniones del contrario. Por tanto, la inmortalidad solo provocaría que nos estancáramos en este proceso, creándose un bucle infinito, con un eterno Carlos Herrera y una eterna Mònica Terribas en sus interminables programas matinales.

Ahorrarnos sufrimiento

Dios hizo muy bien las cosas. No es nada tonto. Lo he juzgado mal toda mi miserable vida. Yo, una humilde criatura, con una inteligencia minúscula en comparación con la de Nuestro Creador, he pecado de soberbia, porque, antes de hacer el mundo, Él lo sabía todo. Nada se le escapaba, ni el más insignificante movimiento de un arbusto en el futuro. Desplegando Su Inteligencia a lo largo del tiempo, tendido ante Él como un manto interminable, era conocedor del devenir, sabía lo que pasaría en Catalunya y quiso ahorrarnos un sufrimiento interminable.

Gracias, Señor. Y perdona si alguna vez te he ofendido poniendo en cuestión Tu Infinita Cognición. Me aborrezco, me maldigo y ahora entiendo que nunca seré digno de Ti.

Con Tu Bondad Infinita, nos has evitado tener que aguantar toda esta locura sin posibilidad de escabullirnos. Inventaste la muerte como un mal menor, para que este agobiante y pesadísimo procés se acabara algún día.

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