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Gloria y Javier

Combinar aparentes incompatibilidades es algo que puede lograrse sin problema. No es necesario tener que elegir obligatoriamente entre Fuertes y Marías.

Juan Carlos Ortega

La escritora Gloria Fuertes.

La escritora Gloria Fuertes. / EFE

A las personas nos encanta posicionarnos. Si amas a Gloria Fuertes, has de odiar a Javier Marías porque el escritor cuestionó a la poeta en un artículo. Y si amas a Marías, has de pensar que Gloria Fuertes fue una poeta menor. Parece que no exista la posibilidad de combinar ambos amores, pero yo les aseguro que, con un mínimo esfuerzo, es posible conseguirlo.

Me gusta la poesía de Gloria Fuertes desde hace muchísimo tiempo. De hecho, presenté en La 2 de TVE un programa elogiando su inmenso talento poético mucho antes de que llegara, por fin, esta admiración generalizada por ella. A pesar de eso, disfruto con los artículos de Marías, y si él dice que no le gusta Gloria Fuertes, pues que le vamos a hacer. Tiene todo el derecho del mundo a pensarlo y escribirlo. Cuando leí en su columna que, para él, mi admirada Gloria fue una poeta que no hay que tomarse demasiado en serio, no dejé en absoluto de disfrutar del resto de su artículo. Haberlo hecho supondría reconocer que solamente somos capaces de admirar a copias exactas de nosotros mismos, a otros seres cuyos cerebros funcionan de modo idéntico al nuestro. Y eso, obviamente, sería terrible.

El ejemplo de Javier Marías y Gloria Fuertes es tan solo uno de tantos. Les pondré otro. Verán, yo estoy enamorado de la ciencia y de su método riguroso. Esto me lleva a aborrecer las mentiras paranormales y los presuntos misterios que siempre terminan siendo esperpénticas estafas. No obstante, eso no me impide reconocer que Iker Jiménez es un comunicador magistral. Puedo abstraerme, separar el contenido de la forma, elogiando esta última sin creerme nada -pero nada, se lo aseguro- del primero.

No vean en mí solo dulzura y amor al prójimo, ni un deseo de quedar bien

¿Saben qué? Me cae bien Íñigo Errejón y también Paco Marhuenda, y mi cerebro no ha explotado todavía por la contradicción. Admiro a Gabilondo y a Luis Herrero. Me gustan las películas de Tarantino y las de Jose Luis Garci. No vean en mí solo dulzura y amor al prójimo, ni un absurdo deseo de quedar bien con todos, porque les aseguro que lo mismo me sucede con las manías personales. No soporto a Pablo Iglesias, pero tampoco a Eduardo Inda.

Si les pongo estos ejemplos no es para presumir de mente abierta, de chico ecléctico y sin prejuicios. Lo hago, sencillamente, para informarles de que combinar aparentes incompatibilidades es algo que puede lograrse sin problema. No es necesario tener que elegir entre el amor a los Beatles o los Rolling. No hace falta escoger entre el odio a Donald Trump o a Nicolás Maduro. Puedes amar a los dos grupos y odiar a los dos pirados.

Ahora imaginen que yo escribo en Twitter: «Me cae bien Errejón, odio a Donald Trump, me gusta Tarantino, leo a Gloria Fuertes y disfruto con Gabilondo». Al instante, los lectores tendrían de mí una opinión inversa a la que se formarían si escribiera: «Me cae mal Pablo Iglesias, odio a Nicolás Maduro, me gusta Garci, leo a Javier Marías y disfuto con Luis Herrero». Pero, ¿por qué? ¡Yo soy esas dos personas! Intentemos todos ser más de uno, porque si no esto es un infierno.