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Cuando el pedo es arte

Kiko Amat

Sillas de montar calientes, el cuesco arty.

Sillas de montar calientes, el cuesco arty.

Un pedo no es para todas las ocasiones. Un pedo no te rescatará de un alud nepalí ni será el báculo de tu vejez. Se trata tan solo de una mezcla de gases intestinales que se expulsa por el ano, así que tampoco puede votar o manifestarse contra el PP. Lo que sí puede hacer es alegrar una tertulia insípida o, ya que estamos, una película aburrida. Pero atención: al igual que sucede en la vida real, un pedo no puede utilizarse sin ton ni son. En 'La lista de Schindler', cuando los nazis barren el gueto de Cracovia y aquel niño se oculta en una letrina, la aparición de una burbujeante flatulencia subacuática habría estado fuera de lugar. Igual que en 'Rompiendo las olas'. El marido en coma se habría cargado todo el clímax si de repente hubiese levantado ambas piernas para soltar un flato despeinador en la cara de Emily Watson. Conserven esta imagen en su mente hasta el fin de sus días, por favor.

No: el pedo va bien para el humor. Cinematográfico, sobre todo, aunque en literatura siempre se le ha tenido en estima (en arte plástico algo menos; se pierde el elemento sónico). Cada vez aparecen menos cuescos en novelas, pero en películas y series de televisión –de los años 70 en adelante– los pedos no cesan de multiplicarse. ¿Y por qué? Porque son hilarantes. ¿Cómo no va a serlo algo que a) sale de tu culo, b) huele a caca y c) hace sonido de trompeta? Es la receta idónea para la carcajada. No utilizar el flato como elemento cómico en el cine sería como tener una máquina del tiempo y usarla solo para bajar al Bonpreu. Cuando aún no han cerrado.

La lista de guionistas que han aderezado tramas con el ocasional solo de corneta cular es extensa. Pero un pedo no es solo un pedo. Un pedo es como una coma: depende de donde esté colocado puede alterar el sentido de la historia. Un pedo es inmaduro y adolescente, sí, pero como todas las cosas inmaduras y adolescentes contiene en su interior el inflamable gas de la rebelión. Un pedo puede ser, así, una llamada a la acción. Puede representar una dosis extrema de realismo salvaje (nada es más realista que un pedo; solo, tal vez, la muerte). Un pedo puede ser una metáfora; un síntoma de miedo o ansiedad. Incluso afecto. Un pedo puede ser un acto de liberación contra los poderes que nos oprimen, un Mayo del 68 rectal.

AIRES POLÍTICOS

Uno de los mejores ejemplos de ventosidad como protesta se halla en 'Click' (2006). Adam Sandler realiza el papel de un oficinista 'workahólico' que recibe un mando de control remoto para detener y rebobinar su vida, y no se demora en utilizarlo para congelar a su jefe (David Hasselhof) y, acto seguido, encaramarse a su mesa y ventosear huracanadamente en su faz. Nalga con nariz, casi. Es el equivalente fílmico del manifestante ante el tanque de Tiananmén, solo que con metano descompuesto y proferido por vía esfinterial. 'Fart the power'.

Y hablando de la República Popular China. El pedo tiene puntos en común con el comunismo, pues también puede utilizarse para el mal. Despedir una salva de flatulencias en público puede ser un gesto político, pero también un acto de dominación. Es el pedo como abuso de poder heteropatriarcal (en 'El profesor chiflado', de 1996, Eddie Murphy es el cabeza de familia que se pede sísmicamente en la mesa para acallar a su esposa) o como ostentación de privilegio de clase: el Nerón de 'La loca historia del mundo' (Mel Brooks, 1981) se tira pedos en palacio para anunciar que se halla por encima de las leyes de pundonor de la chusma. Nerón flatulea porque puede; porque pertenece a esa élite de PI (Pedorreadores Impúdicos, como acuñó Bridget Christie) que no está constreñida por los complejos del vulgo. 'The farting few', si quieren. Como el Mozart de 'Amadeus' (1984), quien demuestra su posición de intocable en la corte pedorreando en pleno recital de piano. La 'pet-set'.

HOFFMAN, EN LA CABINA

Una flatulencia puede ser ese rasgo de carácter que tan preciado nos resulta a los narradores, pues definen a un personaje con un solo plano. Cuando el Dustin Hoffman de 'Rain Man' (1988) expulsaba gases en una cabina telefónica (el ultraje social definitivo) y casi asfixiaba a un indignado Tom Cruise, no pretendía arrancar risas a cualquier precio. Su acción demostraba una ignorancia de los códigos más elementales de conducta en sociedad ("A mí no me molesta", replicaba el infractor) que certificaban el autismo del personaje. En 'Bailando con lobos' (1990) cuando el ayudante Timmons culmina una conversación con el teniente Dumbar a golpe de flato ("¡pon eso en tu libro!"), la escena transmite el abismo espiritual que media entre un hombre recto y un pelafustán flatulento, carente de ambiciones o exquisitez. Es un pedo sin rango. La capacidad de contener gas señala al teniente como superior. Oficial, no pedorrero.

Un pedo bien pintado puede obligarnos a reconsiderar a un personaje. Es el pedo redentor. Los guionistas de 'Sexo en Nueva York' eran conscientes de que un 99% de la audiencia soñaba con exterminar a zapatazos a Carrie Bradshaw, la afectada y cursi y quejica protagonista de la serie, así que en el capítulo 11 de la primera temporada la hicieron expeler un simpático pedete en cama, bajo las sábanas y muy cerca de la inquieta nariz de Mr. Big. Acertaron. El gas la humanizó. La transformó en alguien cercano, humilde, una mujer de verdad con taras y gases. Después de todo, alguien que ventoseaba en el lecho no podía ser tan fatuo, estirado y superficial como aparentaba. 'Pedere humanum es'.

EL CUESCO 'ARTY'

El pedo experimental, el pedo arty, también existe. No es una entelequia. A las vanguardias del siglo pasado les encantaban los pedos. Yo imagino las reuniones del Grupo Surrealista Francés de los años 30 como la escena del campamento en 'Sillas de montar calientes' (1974), una constante competición de ventoseo automático hacia una realidad superior.

En esa clasificación entra la audaz 'Swiss Army Man' (2016), que contiene la Utilización Enloquecida de Pedo en Gran Pantalla #1: el náufrago Paul Dano se propulsa con los pedos que expele el cadáver metanoso de un ahogado (Daniel Radcliffe) para escapar de su isla desierta. Y en modo fueraborda, a varios nudos por hora, no con unas cuantas llufas débiles para flotar de manera inestable. Hacia dadá por el pedo Evinrude.

Manteniéndonos aún en el género artístico, si 'Swiss Army Man' es Hugo Ball, la película de serie B 'The Hollywood Knights' (1980) sería el equivalente del punk rock escatológico. En ella, el personaje New Bomb Turk (quien más tarde daría nombre a otra banda punk) nos deleita con una audaz interpretación escénica de 'Volare' puntuado con estrepitosas flatulencias. Quizás no entendamos de arte, pero sabemos lo que nos gusta.

DE REPENTE, UN (PEDO) EXTRAÑO

Uno de los elementos clave del pedo fílmico (o social) es la aparición sorpresa. Nadie duda de lo hilarante que puede resultar un cuesco anunciado a voces, como la entrada de un mago, pero el factor cómico se duplica si el cuesco se presenta sin avisar, cuando su portador se agacha para recoger las llaves (y la naturaleza, y la presión hidráulico-intestinal, hacen el resto). Hemos visto aparecer este Pedo Inesperado en multitud de obras, a menudo subrayado con escenario incongruente. Louis CK incluyó lo que ya es un clásico, el pedo en pleno parto, en un capítulo de la segunda temporada de 'Louie'. Los que recordábamos esa escena casi idéntica en 'Els Joves' (1982), 20 años antes, nos reímos un poco menos.

Por supuesto, si de lo que se trata es de que el pedo sea sorpresivo, pocas apariciones de pedo en pantalla han sido más chocantes que en 'Yentl' (1983), el musical de Barbra Streissand sobre una judía que se disfraza de judío. Varios Youtubes corroboran que, en efecto, aparece un pedo de lo más kosher en la escena de la noche de bodas. De repente, la canción 'Papa can you hear me'? de la banda sonora adopta un nuevo y terrible significado.

Pero no quiero mentirles. Algunos pedos son solo pedos. Y muchos de ellos son repugnantes. Los hermanos Farrelly son frecuentes culpables de exceso pedal, incrustando ventoseo sin la menor armonía en sus obras. De acuerdo, la escena de 'Dos tontos muy tontos' (1994) en que Jim Carrey se imagina siendo el alma del 'apres-ski' a golpe de piroflatulencia es divertida. Pero una sucesión interminable de pedos-por-fotograma le quitan gracia al asunto. Los pedos son como metáforas: una es memorable, seis un peñazo. Por eso hacen tan poca gracia las películas de los hermanos Wayan (Scary Movie, etc.) o, mismamente, las españoladas de Esteso, Pajares y Ozores. Excepto una.

En 'Cristobal Colón: de oficio descubridor' (1982) hay un gag que me hizo reír en el cine Gater de mi pueblo, a los 11 años, y me hace reír hoy. "Parece que hay galerna", suelta Colón (Pajares) ante las primeras salvas de su aerofágica prometida. "¡Es el turco infiel que nos bombardea!", exclama, cuando la habitación se viene abajo. Es el pedo como hipérbole hardcore, como acto radical. Igual que en mi otra escena de pedos predilecta: en 'Stepbrothers' (2008), John C. Reilly expulsa, como el que no quiere la cosa y sin venir a cuento en absoluto, un pedo en plena entrevista de trabajo. Uno de 15 segundos. Impertérrito, él. Expresión inconmovible. Con repiqueteo final. La extensión de ese pedo infinito marca el camino para ventosidades en películas futuras.

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