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En la guarida de los mejores arquitectos del mundo

Núria Navarro

Ramon Vilalta, Carme Pigem y Rafael Aranda, horas antes de partir a Tokio.

Ramon Vilalta, Carme Pigem y Rafael Aranda, horas antes de partir a Tokio. / ALBERT BERTRAN

Nada indica en el exterior del Espai Barberí, en la calle Fontanella de Olot, que sea la guarida de los mejores arquitectos del mundo. Parece lo que fue, la vieja fundición que modeló las campanas de la catedral de Girona y el Cristo del Tibidabo. Faltan pocas horas para que Rafael Aranda, Carme Pigem y Ramon Vilalta (RCR son las iniciales de los nombres) vuelen a Japón, a recoger el sábado el Pritzker en el Palacio Akasaka de Tokio.

Arriba, el trío resuelve asuntos urgentes y ultima el discurso de aceptación –"¿arquitectura conceptual?" "no, conceptual no"– en voz baja, como si no quisieran profanar el silencio (nadie grita, nada suena, los empleados calzan chinas). Solo se aprecia un caos controlado sobre su mesa de trabajo, tomada por libros, esbozos y papeles.

Bajo sus pies está el hangar cruzado por una cortina de acero donde montan los 'workshops', y entre hayas y helechos, el Pavelló dels Somnis, el sanctasanctórum, el prisma de vidrio en el que germinan sus mejores ideas. Al entrar, la mirada enfila hacia arriba. Y eso –lo de mirar hacia arriba– es extraño, porque la obra de RCR siempre ha tensado la horizontal. "Hemos empezado a mirar las nubes", desconcierta Ramon Vilalta. Y cuenta que les ocurre desde que en el 2010, al cumplir él 50 años, fue dolorosamente consciente de que su padre había muerto a esa edad, y que poco después falleció la esposa de Rafael Aranda [Montse Mayans], amiga de ambos desde el instituto, "la cuarta" del equipo. Entonces compareció la vertical, que es la dirección de la plegaria. "Aún no hemos hablado de esto entre nosotros –admite–, pero comienzo a ver la realidad menos real de lo que la veía".

Mientras esa mudanza que se aprecia en el Pavelló está en estado embrionario, el Pritzker premia la obra hecha. Una producción con cimas como el restaurante Les Cols (Olot), la Bodega Bell-lloc (Palamós), la Biblioteca Sant Antoni-Joan Oliver (Barcelona) o el Museo Soulages (Rodez, Francia). A juicio de algunos de sus colegas catalanes no juegan en la misma liga que Oscar NiemeyerFrank Gehry o Norman Foster, anteriores 'pritzkers'. Para otros, no hay discusión. "Son magníficos –valora Ricardo Bofill–. Proyectos minimalistas, escritura depurada, materiales esenciales, integración al lugar". Y Carlos Ferrater se apunta: "Carme, Rafael y Ramon han abierto un nuevo camino en el que la arquitectura se manifiesta como un hecho artístico".

En esta partida, ellos sacan la carta de la humildad. Carme Pigem sonríe –siempre sonríe– y asegura que, al atender la llamada que les notificaba el premio, le sobrevino una emoción parecida a la que experimentó en 1987, cuando, los tres aún en la universidad, les comunicaron que habían ganado un FAD de interiorismo por una intervención que convirtió una nave industrial de Olot en una tienda.

PICAR PIEDRA

Bien mirado, esa reacción sobria –como sus edificios– se explica echando un vistazo a sus antecedentes. No eran cachorros de la burguesía catalana. En casa vieron picar piedra. La familia de Rafael Aranda (Olot, 1961) emigró de Villanueva de Tapia (Málaga) a la capital de La Garrotxa en 1959. "Solo tenían sus manos", subraya él. La madre era obrera de una fábrica y el padre, un albañil que invertía todos los fines de semana en construir obras caseras. Levantaba una casa, la vendía para comprar un terreno, y con el dinero hacía otra, y otra más. "Todos sus pasos se encaminaron a que yo pudiera estar en otro nivel, a llegar más lejos. Por esa circunstancia fui hijo único", explica Aranda, que arrimó el hombro en esas obras todos los veranos. "El primer sentimiento que tuve al conocer la noticia del Pritzker fue recordar de dónde vengo".

A diferencia de él, los Vilalta-Pigem –sí, son pareja desde la universidad– están enraizados en la tierra volcánica. El padre de Carme Pigem (Olot, 1962), hijo de un molinero, tenía un taller de ingenios eléctricos. Hacía microcentrales y, entre sus muchos inventos, creó un artefacto para explotar palomitas. A ella, la menor de sus dos hijas, siempre se la llevaba a las fábricas. "Mi padre es un hombre práctico y mi madre, huérfana desde muy joven, tenía una especial sensibilidad para la belleza. Trabajó en un despacho, fue locutora de radio y llevó el negocio de un primo".

Y su marido, Ramon Vilalta (Vic, 1960) creció con sus padres y abuelos paternos en Manlleu. Su madre se levantaba a las 5 para trabajar en una hilatura y su padre era un montador [mecánico] apasionado por el dibujo. Tanto, que al acabar la jornada iba pitando a la Escola Massana. "Yo asocio los fines de semana a la mesa del comedor llena de cuadros y de óleos y a mi madre diciendo que había que comer", explica. A los 40 y tantos, el padre se puso a estudiar Bellas Artes, hizo oposiciones y al cumplir los 50 obtuvo una plaza en un instituto de Olot y murió. "Seguramente por tanto esfuerzo", opina Vilalta, que ha colgado sus dibujos de anatomía en un gran paño de pared del despacho.

BARRACONES EN EL PÁRKING

En los 80 se estaba horneando la tercera generación de arquitectos tras la guerra. Oriol Bohigas dirigía la Escola Tècnica Superior de Barcelona, un templo laico en el que oficiaban Rafael MoneoFederico Correa Joan Margarit. Pero a ellos, los de comarcas, les tocó ir a la Escola Superior del Vallès.

"¿Esto es la universidad?, dijimos Ramon y yo al llegar. Eran unos barracones en un cacho párking detrás del mercado de la Mancomunitat, entre Sabadell y Terrassa. ¡Había que tener ganas para ir allí!", recuerda Aranda. "Pero para nosotros fue muy importante. Era una continuación del instituto. Los profesores, muy jóvenes, también empezaban", prosigue. "Había más energía que institución", añade Vilalta. "Era todo fresco en un lugar perdido", según Aranda.

Sí, les interesaba lo que hacía el Estudio PER [fundado por Oscar TusquetsLluís Clotet, Pep Bonet y Cristian Cirici] y babeaban con la revista 'Croquis', pero en el Vallès había menos blablá sobre los puntos ciegos de la posmodernidad y más trabajar con las manos. "Levantamos cabañas, resolvimos voladizos de paja, construimos torres de papel. Fue memorable", coinciden.

Cuenta algún compañero de aula –con un punto de maledicencia– que el tridente de Olot no sacaba buenas notas, que fallaban en estructura y en cálculos. "La única preocupación que teníamos era pasar de curso, así de claro", ataja Aranda. "La media era acabar la carrera en 12 años, y nosotros la terminamos cuando tocaba", puntualiza Pigem. "La escuela estuvo muy bien –da un paso más Vilalta–, pero donde verdaderamente hubo entrega fue después".

DE VUELTA A CASA

Ese "después" coincide con la excitación desatada tras oír a Samaranch, el presidente del COI, pronunciar la frase "à la ville de... Barcelona". Los Juegos Olímpicos del 92 eran la oportunidad para el mayor lavado de cara de la ciudad, habría abundante oferta de concursos públicos y relativa carta blanca para innovar. Los recién licenciados iban locos por entrar en un despacho que se metiera en esas harinas. Pero ellos regresaron a Olot. Solo tenían un único mantra: "libertad". Al extremo de que rechazaron trabajar para la modesta inmobiliaria del laborioso padre de Aranda.  

    R.A.: No es que quisiéramos ser diferentes. Hicimos lo que sentimos de manera natural.
    C.P.: Fue un "hemos acabado la carrera, pues volvamos a casa".
    R.A.: Tampoco tuvimos la sensación de perdernos nada.
    R.V.: Seguimos nuestro camino, sin intentar ser como este o aquel, materializando las cosas como creíamos.
    C.P.: Si los tres lo veíamos bien, nos sentíamos con suficiente fuerza.
    R.V: Nuestra ilusión al salir de la escuela era hacer buena arquitectura, Arquitectura con A mayúscula. Hay gente que hace esfuerzos importantes por configurar un discurso, nosotros fuimos haciendo lo que nos fue saliendo y el discurso vino después.

UN FARO HORIZONTAL

Ellos prefirieron participar en un concurso nacional de ideas para un faro en Punta Aldea, Gran Canaria. De los 300 proyectos, solo el suyo era un faro horizontal. Ganaron el concurso, 'Informe Semanal' los entrevistó y, no se sabe por qué conducto, se enteraron en Japón y les invitaron a competir en el proyecto de un área comercial en una isla. Revalidaron victoria y en 1990, cuando la economía nipona surfeaba sobre una gigantesca ola de yenes, pasaron allí un mes a pan y cuchillo. "Venían a buscarnos en coche y todo", recuerda Aranda.

La última semana de estancia les llevaron a un monasterio en el interior del país. Sintieron la belleza del vacío, del silencio y de la sombra. Pero algo más les conmocionó: "La celda era un espacio cerrado, y al levantarnos para el desayuno, descorrieron las mamparas y entró la naturaleza".

Esa sensación fragante está en la mayoría de sus edificios. Solo que "la naturaleza" es la de La Garrotxa. Encinas, agua de lluvia, campos de alforfón, piedra volcánica, niebla, robles. "Intentamos indagar aquello que está detrás de lo que nos es próximo y hacerlo florecer", sintetiza Pigem. Solo la crisis les ha despegado de lo ultralocal. "En los últimos siete años todo ha estado muerto", afirma Vilalta. Para aguantar la estructura del despacho en plena debacle aceptaron encargos de Francia, Bélgica y hasta Dubái.

REACCIONES VOLCÁNICAS

Esa militancia en el paisaje, todo hay que decirlo, no es lo suficientemente valorada por todos sus vecinos. El Centre Cívic de Riudaura (1996), uno de los primeros encargos públicos que recibieron, fue clausurado durante años y a punto estuvo de ser demolido. Y en el 2003 RCR presentó el anteproyecto para renovar el Firal –enclave de las ferias de ganado en el XVI– y el Firalet, el paseo que pasa por el ayuntamiento. En el 2006, empezaron por el Firalet, con una propuesta de "diálogo con el entorno volcánico" (pavimento de piedra basáltica, evocación de las coladas de lava), y al acabar, cuatro años y 2,3 millones de euros después, se levantaron las hachas. Que si de noche era "demasiado oscuro", que si el pavimento rugoso era un fastidio para ir con el carrito de la compra, que si el liso no aguantaba el desgaste de los vehículos. El consistorio del convergente Josep Maria Corominas calmó la tempestad confiando la segunda fase –la del Firal– a otro estudio.

El alcalde Corominas, al teléfono, lo justifica por la vía técnica. "En unos tiempos en que las contrataciones municipales son asunto delicado, los servicios jurídicos aconsejaron someter esa fase a concurso". "A mí, personalmente me gustan –jura el edil– Y para la ciudad son un orgullo". Ya, ¿pero cómo se le quedó el cuerpo al conocer la noticia del Pritzker? "Ellos ya eran conocidos, desde hace cinco años vienen a sus 'workshops' de verano arquitectos de todo el mundo –ataja–. Ya habrá otra oportunidad para encargarles obra".

Suerte que el 'conseller' de Cultura, Santi Vila (PdeCAT), corrigió el jueves la miopía con el anuncio de que la Generalitat les encarga el pabellón catalán de la Bienal de Venecia del 2018. "Lo peor que le puede suceder a quien se dedica a hacer cosas es resultar indiferente", dribla Vilalta. "A nosotros nos encanta vivir aquí, llevamos a Olot por el mundo, pero de una manera voluntaria no queremos participar en esto", concluyen.

INTERIOR / EXTERIOR

Lo que quieren es seguir trabajando como quieren. Si hay un interés del que no se apean es el de "la relación entre interior y exterior", tanto si hacen una guardería como un crematorio. Y por eso emplean un catálogo escaso de materiales. Piedra, acero, agua. "Si el material no chilla, aparece el espacio", han dicho alguna vez. "Somos elementos de la naturaleza –considera Pigem–, pero poco a poco nos hemos ido desnaturalizando". A su juicio, la arquitectura nació para dar abrigo contra las inclemencias, pero otra cosa es desvinculanos de la tierra. En la medida en que el proyecto lo permite, quieren que "el interior tenga condición de exterior".

El presunto propietario, claro está, tiene que hacer un cambio de mentalidad. "Que note que el invierno es invierno y lleve más capa de abrigo", proponen, para gozo de los ecologistas. Quizá por eso una de las críticas que les hacen es que no piensan en la habitabilidad; o lo que es lo mismo, en el confort de los humanos. "Para nosotros la arquitectura no es el estuche de una función", explica Pigem. "A ver, que esto se interprete bien, Carme –mete baza Vilalta–; hablar de función es consustancial a la arquitectura, pero hay gente que la lee de una manera cerrada y estricta". En todo caso, se encuentran mucho más cómodos al hablar de la belleza. Paren la oreja:  

    C.P.: La belleza es armonía.
    R.V.: Es algo primigenio. No se puede explicar con palabras. Sientes algo que no cabe en la razón.
    C.P.:  Y hemos entendido la belleza desde la esencialidad. Nos gusta que las cosas sean como son. En ese sentido, belleza tiene que ver con pureza.
    R.V.: Por eso nos gusta tanto la cocina japonesa.
    R.A.: De alguna manera buscamos que la persona que entra en un espacio nuestro se emocione.
    R.V.: Que su cuerpo lo sienta
    C.P.: Que experimente algo parecido a lo que provoca una obra de arte.
    R.V.: Una reacción más química que mecánica. Intransferible, personal.
    R.A.: Por eso a veces hablamos de atmósfera. Pero, cuidado, siempre tiene que ver con el programa. 
    R.V.: A cada pregunta que nos planteamos, trabajamos desde la nada, desde el vacío, sin a priori.


EL TRIÁNGULO ES PERFECTO

No hay curioso que no les pregunte cómo se puede crear a partir de tres cabezas (en especial, cuando dos comparten almohada). ¿Han visto la fluidez del diálogo anterior? Pues así. Alguien les ha comparado acertadamente con un trío de jazz. Uno toca el estándar y los otros lo engrandecen con las variaciones.

Vilalta, en plan pragmático, señala que ser tres les ha permitido una capacidad de movimiento que ha evitado perder el equilibrio. "Carme y yo nunca hemos dejado solas a las niñas –tienen dos hijas, una de 16 y otra de 11 años–,  o las hemos llevado con nosotros, o nos hemos dividido las tareas. Yo me quedaba con ellas y Carme viajaba con Rafael, o al revés". Y en un plano metafórico, prosigue, "el triángulo es una estructura potentísima; mucho más rígida que el cuadrado". Han hablado, hablan, y hablarán mucho más y, según Vilalta, "ante cualquier reflexión, el dos contra uno hace que el tercero acabe reconociendo la idea".

Pero, ¿qué aporta cada uno? "Esa pregunta acabamos no contestándola nunca", se apresta Pigem (para algunos, el cerebro de la trinidad). "Creo que tiene que ver más con el signo –bromea su marido–, Rafael y yo somos Tauro y Carme, Aries". Dos de tierra y una de fuego. ¡No digan que no son volcánicos! Aranda se pone serio: "Ninguno de los tres es muy de una cosa". "Lo nuestro es química –concluye Vilalta– y por química me refiero a disolución".

Una disolución de alta densidad creativa.

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