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El libro en la sangre

Núria Navarro

Hablamos con Malcolm Otero Barral, David Trías y Daniel Vázquez Sallés sobre sus familiares escritores.

Son escritores y editores que descienden de escritores y editores. Oyeron hablar de libros (y de política) cuando chapoteaban en el líquido amniótico. La biblioteca fue su cuarto de juegos. García MárquezVargas LlosaJuan Marsé o Gil de Biedma les dieron palmaditas por los pasillos de sus casas. Estaban condenados a los libros.

Así cualquiera, pensarán ustedes. Pero la conversación que entablan en estas páginas corregirá su percepción. Daniel Vázquez Sallés y David Trías, hijos únicos del escritor y periodista Manuel Vázquez Montalbán y del filósofo Eugenio Trías, respectivamente, y Malcolm Otero Barral, nieto del editor y poeta Carlos Barral, tienen agallas. Se enfrentan –o les obligan sin fin– a los fantasmas de tres mandarines. Y lo hacen en unos tiempos en los que escribir y editar ya no despiertan idolatría sino más bien sospecha.

Los tres se conocen bien. Los patriarcas, intelectuales de la España del último franquismo que vieron en la cultura un instrumento de emancipación, se frecuentaron, discutieron y se respetaron (una curiosidad: en 'Los mares del Sur', Vázquez Montalbán hace que Pepe Carvalho queme un ejemplar de 'La filosofía y su sombra',el primer libro de Trías que publicó Seix Barral, la editorial timoneada por el poeta de Calafell).

Los tres han seguido trayectorias distintas. No se mueven en los mismos caladeros. Pero llevan el libro en la sangre. No quieren hacer otra cosa. No saben hacer otra cosa, juran. Aquí repasamos, de su mano, el lado luminoso y el sombrío del empeño.

EL ALIENTO

¿En casa, les alentaron o les disuadieron de meterse en el gremio?

Daniel Vázquez Sallés: Nunca había pensado escribir. Cuando tenía 34 años, mi padre me dijo: "Deberías intentarlo". Y le contesté: "No me marees". Un día que estaba en crisis -de esas que me cogen cada... tres meses-, le comenté que iba a probar pero que no me hiciera ni un comentario durante el proceso. Al acabar, le di la novela, la leyó en cuatro horas y me dijo: "Está muy bien". Me cabreé, pero seguí en el sarao.

David Trías: A mí me disuadió. En COU se me pasó por la cabeza estudiar Filosofía pero, en una de las pocas conversaciones serias que tuve con él, me dijo: "Haz lo que quieras, pero tendrás que ser mejor que yo". Le hice caso. Estudié Historia del Arte. Fue un consejo que me salvó del peso de su sombra.

D.V.S.: Me habría gustado que me hubiera dicho: "Oye tío, lo vas a tener muy difícil". ¡Es acojonante la cantidad de lectores que buscan fallos genéticos en mí! Yo no quiero ser un tótem cultural, solo quiero escribir.

Malcolm Otero: Tu caso es como el de Jordi Cruyff, un chaval que, por bien que lo haga, nunca lo hará suficientemente bien. Es muy injusto. Las comparaciones son odiosas. Como editor, cuando publicas un buen libro, haces bien; cuando metes la pata, son implacables. En todo caso, yo de niño quería ir a jugar con mis amigos, pero mi abuelo me daba clases sobre el origen de las lenguas indoeuropeas, me enseñaba latín y cosas así. Eso me hizo un bicho raro, pero me abocó a la cultura.

Daniel Vázquez Sallés

escritor y periodista

"Me habría gustado que Manolo me dijera: 'Oye tío, lo vas a tener muy difícil'. ¡Es acojonante la cantidad de gente que busca fallos genéticos en mí!'"

D.T.: Hubo una época en que pensé en ser director de cine y mi padre, que me confesó que no pudo dedicarse al cine por su extrema timidez, tenía bastantes esperanzas en que yo lo hiciera. Me veía más alto, más guapo y con más don de gentes. Al final me quedé en un punto intermedio. Editor.

D.V.S.: Yo también quise ser cineasta. De hecho, hice tres cortometrajes.


LIBROS INTRUSOS

–¿En qué medida la actividad intelectual de ellos fue una intrusa que les robó su afecto?

D.V.S.: Me siento un absoluto privilegiado. Él, que venía de un padre muy duro –un gallegazo que a los 20 años me regaló un nicho–, jugaba mucho conmigo.

D.T.: El tuyo fue un padre poco paradigmático.

D.V.S.: No quiso tener más hijos para dedicar el tiempo que podía a uno. Quizá le faltó mostrar más la parte afectiva. No sabía dar un beso. Cuando le quería dar uno a mi hijo –con el que le salió la ternura– preparaba los labios desde muy lejos. A mí me pesaron más sus saraos políticos que los literarios. En los años 70, me acostaba cada noche pensando que iban a ir a por mis padres. Ese fue el origen de mi querer huir.

David Trías

editor

"En COU pensé estudiar Filosofía, pero mi padre me dijo: 'Haz lo que quieras, pero tendrás que ser mejor que yo'. Fue un consejo que me salvó del peso de su sombra"

M.O.: En mi caso, los libros y el mar cimentaron nuestra unión. Yo escribía cosas para que las leyera mi abuelo. Y cuando estábamos separados –uno en Madrid y el otro en Barcelona–, le llamaba con una frase en latín que había visto no sé dónde. Buscaba su admiración. 

D.T.: A mi padre el mundo de los niños no le interesaba demasiado, por decirlo suavemente. Escribía hasta las 5 de la mañana, fumando tres o cuatro paquetes de Ducados y con la música clásica a toda chufa. Cuando mis padres se separaron, habilitó un cuarto para mí. Al entrar vi que estaba lleno de libros. "¿Y yo dónde duermo", le pregunté. "Conmigo, en mi cama". A mí me empezó a descubrir en la adolescencia, cuando nos encontramos en la barra de un bar y hablamos de mujeres. "Voilà, aquí está mi padre", pensé.


LA EDUCACIÓN DEL GUSTO

–¿Les iniciaron en la lectura, o hicieron la suya?
 
D.V.S.: La biblioteca de casa estaba al alcance. Podía coger cualquier libro. Recuerdo que leí cinco veces ¡Viven! Una vez, tenía yo 10 años, Manolo me recomendó 'Moby Dick' y después se dio cuenta de que la había cagado. El autor que me volvió loco a los 13 o 14 años fue Boris Vian.

D.T.: A mí también.

M.O.: Yo hasta los 12 o 13 años no entendí que los libros se compraban. Estaban por casa o, cuando iba a la editorial, me decían: "Coge los libros que quieras". La biblioteca de mi abuelo era muy rara y yo, omnívoro. Leía todo lo que caía en mis manos. A la poesía entré por Ezra Pound, que ahora no me gusta tanto. Y en narrativa, recuerdo que a los 20 años leí 'El cuarteto de Alejandría' de Durrell y creí que no se podía escribir nada mejor. Por suerte, el gusto se me ha ido desatrofiando.

D.V.S.: Cuando en casa ves que los libros pasan, vienen y van, que están en la mesa y en el dormitorio, lo que se despierta es mucha curiosidad. Formas parte de esa especie de mercado de intercambio. 

D.T.: Yo empecé a leer tarde. En cambio tengo recuerdos de curiosear por sus libros. Era una manera de seguir su trayectoria, porque los llenaba de anotaciones, de números de teléfono, de listas de la compra. A través de las anotaciones imaginaba cómo los había leído él.

M.O.: Al inicio de 'El árbol de la vida' Eugenio cuenta que su libro de cabecera fue 'La educación sentimental' de Flaubert.

D.T.: Sí, pero también leía como un yonqui a Agatha Christie, y a los clásicos de la novela negra, desde Chandler hasta PD James o Ruth Rendell. Eran divertimentos que le hacían mucha gracia y que para mí, a los 15 años, fue la manera de entrar en el mundo de las letras. Mi padre fue poco pomposo en la relación con la cultura. Era increíblemente curioso. Sabía de todo.

D.V.S.: Eran tipos renacentistas.

D.T.: Escribían de cualquier cosa y rapidísimo.

ASUNTOS CLIMÁTICOS

Malcolm Otero

editor

"Yo quería ir a jugar con mis amigos, pero mi abuelo me daba clases sobre el origen de las lenguas indoeuropeas. Eso me hizo un bicho raro, pero me abocó a la cultura"

–Aquella fue una época noctívaga. Mucho cenáculo, tertulia, viaje. ¿Qué tal llevaron ese clima?

M.O.: La casa de mis abuelos en Barcelona estaba siempre abierta. Entraba y salía gente sin parar. Se hablaba mucho. Recuerdo que las conversaciones del padre de Daniel me parecían eternas.

D.V.S.: ¿Con un whisky o dos?

M.O.: A eso voy. Una vez, en un restaurante Gil de Biedma, que estaba muy borracho, tiró unas copas y yo sentí vergüenza. ¿Por qué mi familia y sus amigos no eran como los señores de al lado, normales, gente que nunca se pasaba de copas ni montaba espectáculos? Eran conversaciones con alcohol que empezaban amables pero, en algún momento, alguien se subía a una mesa y empezaba a recitar y yo me tensaba. "Ya estamos", pensaba. Tengo una fijación con que el alcohol es un elemento destructor presente en el mundo adulto. Soy un juergista, pero jamás me he emborrachado.

D.T.: Mi padre no era un gran bebedor, pero sí recuerdo esa atmósfera. Nos asomamos al mundo de los adultos sin estar en medio, a diferencia de nuestros hijos, que son los protagonistas de los festejos. Nosotros fuimos una generación que miró por el ojo de la cerradura.

D.V.S.: Recuerdo una fiesta en casa de Salvador Pániker, en la que, a las tres de la madrugada, paseaba con su hijo en bicicleta por la fiesta, y nadie nos hacía ni puto caso. 

D.T.: Y dormíamos capicúa donde podíamos, mientras ellos tomaban copas y llenaban de humo el salón. El asunto era "no incordiar". Fueron unos padres bastante desastrosos. Creo que Daniel y yo nos esmeramos en ser buenos padres (separados).

D.V.S.: Pero como maridos somos nefastos.

M.O.: Yo, cinco años después, arreglé eso.
[Risas]

M.O.: Mi abuelo, un padre ausente para sus cinco hijos, desarrolló la paternidad conmigo. En cierto sentido decidió que yo era el depositario. Él me parecía alguien sin mácula –los defectos los aprendí después–, tan enjuto, con aquella barba... Iba con él a todas partes. A los 15 años le mecanografié casi todo el tercer volumen de memorias, 'Cuando las horas veloces'. Para mí fue un placer.

D.V.S.: En mi caso, crecer rodeado de escritores y periodistas formaba parte de la cotidianidad. De pequeño no mitificas, lo haces después.

D.T.: Cuando venía tu padre a La Fosca (Palamós), donde pasábamos el verano, siempre me encontraba dentro de un barreño. Así que cuando Manolo veía a mi padre le preguntaba: "¿Cómo va el niño del cubo?". Yo era "el niño del cubo" en medio de una intensa actividad social que fue el germen de la 'gauche divine', hasta que en 1973 mis padres se separaron. Me instalé en Eivissa con mi madre y él emprendió un viaje iniciático en Argentina.


EL PASO AL FRENTE

–Y un buen día tuvieron que cortar el cordón umbilical y saltar al ruedo. ¿Cómo fue la emancipación?

D.V.S.: Cuando una cotidianidad que no es normal se convierte en normal para ti, y a los 20 años buscas tu camino, es como si quisieras revivir aquello y te das cuenta de que la vida es otra cosa, que la revolución no es posible, que el señor que lidera el país es [Carlos] Solchaga y te dice que lo que tienes que hacer es forrarte. Esa ruptura con la educación recibida me creó un caos interior. No encuentras tu sitio. Yo soy un adicto a estar descentrado.

D.T.: A diferencia de ti, Malcolm, yo no sabía qué era un editor. Pero sí sabía lo que era el día a día de un creador. Las horas, el sacrificio, las inseguridades. También sabía qué era escribir un folio, porque en mi época universitaria escribí relatos, sin vocación de llegar a ningún lado. Ese doble bagaje, unido a mi vocación de no molestar, sustancian mi oficio.

M.O.: Mi abuelo murió cuando yo tenía 18 años, un momento bastate traumático para mí. Y ya en la universidad monté un club literario y un fanzine. Siempre quise trabajar en el mundo editorial, no tanto por él, sino porque la lectura y la literatura eran lo único con lo que me veía capaz de sobrevivir.

D.V.S.: A mí también me pasa.

Daniel Vázquez Sallés

escritor y periodista

"Seis meses después de publicar mi primera novela, mi padre murió. Me sentí solo en medio de una plaza de toros"

M.O.: Yo tuve que asumir un cambio cultural. Mis padres se fueron a vivir a Madrid y yo me sentí puente aéreo: pretendía ser un buen catalán en Barcelona y un buen madrileño en Madrid. En el año 80 –yo tenía 7 años– se separaron mis padres. El modelo de familia desestructurada es la mía. Mi generación mezcla valores conservadores con respecto al mayo del 68 y, además, quedaba poco para que apareciera el sida. Todo eso hizo que salieran anormales como yo. 

D.V.S.: Lo del sida fue muy bestia. Recuerdo dos frases de mi padre. Una, "te presento a un hijo tan borracho como yo", y dos, "Daniel, lo que tienes que hacer es follar tanto como puedas". La entrada en los años 80 fue muy salvaje.

M.O.: De algún modo, los padres liberales recibieron las consecuencias de desatender a sus hijos. En las familias acomodadas barcelonesas, muchos cayeron en la droga o se perdieron. Fue un mundo muy raro. 


INSEGURIDADES

–En ‘Recuerdos sin retorno’ (2013), Vázquez Sallés no esconde las inseguridades, las neurosis... ¿Es un pájaro frágil el escritor?

M.O.: Los escritores son vanidosos, con la autoestima frágil, unos son ordenados y otros menos, pero pasan mucho tiempo en soledad y, de golpe, cuando publican, tienen una exposición brutal en comparación con la soledad. Hay un crítico que dice que es una porquería, otro que es muy bueno, una señora que dice que te lee en el metro. Es como estar en la oscuridad y salir a una luz cegadora.

D.T.: Estoy de acuerdo.

D.V.S.: Cuando escribes te sientes como un puto náufrago.

M.O.: David y yo estamos en una postura más cómoda que Daniel. Una generación de editores va a desaparecer y los nuevos estamos en un momento de elogios. Incluso algunos parecen estar por encima de sus catálogos. Pero el nuestro es un oficio humilde que consiste en gestionar el talento de gente como Daniel. Yo he escrito cosas, pero siempre me parapeto en la humildad del editor. Neurosis, todas. Mundos imaginarios, todos. Pero el escritor tiene una tarea dura y solitaria, llena de inseguridades y de lucha con el propio ego.

D.V.S.: Entras en el mundo de los escritores pidiendo perdón. Muchas veces me siento como Víctor Mature, aquel actor tan malo de 'Sansón y Dalila' que no dejaban entrar en un club de Los Ángeles que vetaba el acceso a los actores. El tío se fue a casa y volvió con un catálogo de críticas que aseguraban que él no era actor. Aunque ya me da igual. Tengo una edad en la que sé que no sé hacer otra cosa. No sé ni clavar un cuadro.

D.T.: Yo sé leer, y cada vez intento leer mejor. 

M.O.: Yo tuve una época en que quise ser novelista –incluso tenía un proyecto de novela que habría sido buenísima si la hubiera podido empezar–, pero el aliento que hay que tener para ponerse a escribir algo con ambición desde la nada es tremendo. Dudas, vas para adelante y para atrás, rehaces, deshaces. Es algo físico. Siempre tendré la excusa de que no tengo tiempo.

D.V.S.: Tardé tres años en escribir 'La fiesta ha terminado' [RBA, 2009], la novela que tú [David Trías] me editaste. Para mí escribir es algo muy duro. Cojo grandes cabreos. Soy muy lento. Jamás siento placer. Pero una vez estoy metido en el lío, no puedo dejar de escribir. Me voy a dormir con el libro, me levanto con el libro.

D.T.: La escritura siempre te va a acompañar.

Malcolm Otero

editor

"Nadie está más orgulloso que yo de ser nieto de Carlos Barral, pero soy editor y mis errores son míos, y mis aciertos, también"

M.O.: El escritor nunca deja de serlo, aunque no publique, aunque sea un 'bartleby'.

D.V.S.: Estás todo el día pensando, apuntando cosas.

D.T.: ¿Estás en algo?

D.V.S.: Acabo de encontrar editorial para publicar una novela, 'Lena', una historia entre un asesino a sueldo y una escritora.

D.T.: Tiene que haber una emoción interna que te lance al vacío. Mi padre era un gran paseador. Paseaba para estar dentro de sí mismo y luego poder escribir. Necesitaba un editor. Y a mí me gustaba mucho verle leer y escribir.

D.V.S.: Yo le daba un beso en la calva y luego desaparecía.

FANS DEL PASADO

–Los tres tienen que encajar la legión de fans de sus padres y abuelo. ¿Pesa?

D.V.S.: Yo si sufro un dramático accidente de avión dirán: "Se ha muerto el hijo de Vázquez Montalbán".

–Una carga vitalicia, ¿eh?

M.O.: Están los que te cuentan cómo era Barral, sobre todo a la contra. "Ah, yo era muy amigo de tu abuelo, aunque no me gustaba mucho". 

D.V.S.: Yo prefiero los lectores de derechas de mi padre, porque los de izquierdas arrastran la parte ideológica. Son los que te dicen que estás fallando.

M.O.: Mi amigo Marcos Giralt Torrente, nieto de Torrente Ballester, empieza a ser él a los 46 años. Yo hago todo tipo de imbecilidades, pero mis errores ya son míos y mis aciertos, también. Firmo el libro 'Il.lustres execrables', que me acaba de publicar Ediciones B, como Malcolm Otero. Nadie está más orgulloso que yo de ser el nieto de Carlos Barral, pero hay un momento en el que tienes que ser tú.

D.T.: Desde luego. 

M.O.: Conocí a tu padre cuando ya era mayor, yo trabajaba en Destino. Era un sabio calmado, un tipo con el que daba gusto hablar. Vázquez Montalbán era un torrente y Barral a su modo, también, y los dos traían mucha gente a favor pero también mucha en contra. Yo, puestos a elegir, hubiera preferido a Eugenio Trías
[Risas]

David Trías

Editor

"Mi padre nunca iba a las presentaciones de los libros que yo editaba. Un día se animó y unas chicas jóvenes le preguntaron: '¿Usted es el padre de David Trías?'. Le hizo ilusión y constató que los dos lo habíamos hecho bien" 

D.V.S.: Lo de la gente en contra es verdad. A los 35 años empecé a escribir mi primera novela y mi padre murió al cabo de seis meses de su publicación. Me sentí en medio de una plaza de toros.

D.T.: A mí todo lo que tenga que ver con mi padre me da energía. No me importa hablar mil veces de él. Aunque es verdad que, tras la muerte, da trabajo.

M.O.: Un día te llaman para que escribas un prólogo, cada equis tiempo hay alguna efeméride en la que haces el papel de portavoz familiar. Lo hago encantadísimo, pero uno tiene la necesidad de desmarcarse, a veces, de la identidad de ser 'el nieto de'. Cuando entré en el mundo editorial en el 99, un diario tituló "El nieto de Barral…", y han pasado 19 años y todavía insisten.

D.V.S.: Perseveran.

M.O.: Mi abuelo tiene una cosa buena y una mala. Era un tipo estupendo y culto, pero manchó a toda la familia, impuso el relato. Incluso escribió unas memorias, con lo cual no nos permite inventarnos nada. Todos estamos marcados por la cosa barraliana, en su vida y tras su muerte. Siempre pienso en que mi hijo, que no tiene el Barral en el apellido, se liberará de eso. 

ALGUNOS TESOROS

–También habrá momentos algo más frívolos que no podrán olvidar.

D.V.S.: Acompañé a Manolo a un festival de San Sebastián. Él subió un momento a la habitación y yo monté en el ascensor y allí estaba Jacqueline Bisset, que estrenaba 'Class', la del jovencito que se liga a la madre.

M.O.: ¡No me digas más! ¡Yo tendría priapismo! Ahora no sé si contar la mía...

D.T.: Cuenta.

M.O.: Silvia Lemus, la mujer de Carlos Fuentes, ahora viuda, me dijo: "¡Tú no puedes ser el nieto de Carlos Barral! ¡Si tenemos la misma edad!". La dama debe tener 70 años o así.
[Risas]

D.T.: Ahí va la mía. Mi padre casi nunca fue a una presentación de libros editados por mí, y fue a una en el cine Doré de Madrid. Había mucha gente y de repente unas chicas se le acercaron y le dijeron: "¿Usted es el padre de David Trías?". Y él estaba orgulloso de que, por primera vez, el hijo fuera más famoso que él. Le hizo ilusión constatar que lo habíamos hecho todos bien.


PÁGINAS ÍNTIMAS

–Desde una perspectiva íntima, ¿qué libros les explican? 

M.O.: A mí sus memorias me parecen estupendas, pero mi favorito es un libro que se titula 'Lecciones de cosas. Veinte poemas para el nieto Malcolm' e incluye poemas que toman como punto de partida algo que teníamos en común. Hay uno que se llama 'Excusando la copa siguiente', que habla de cuando quería tomar la última y yo, que sabía que mi abuela se iba a enfadar, le llevaba a casa.

Daniel Vázquez Sallés

escritor y periodista

"De niño quería que me dedicara un libro. Un día le dije: 'Oye, ¿qué pasa, dedicas libros a todo el mundo y a mí no? ¿Es que no me quieres?'. Y me respondió: 'Un hijo no es responsable del padre que tiene'"

D.T.: Yo le encuentro en los primeros títulos, que tienen mucho que ver con la 'joie de vivre' de la 'gauche divine': 'Filosofía y carnaval', 'La dispersión' y 'Metodología del pensamiento mágico'. Pero también me hace mucha ilusión el ensayito sobre Goethe que fue el primero que me dedicó. Yo tenía 16 años y estaba en esos fulgores románticos.

D.V.S.: ¿Qué ponía la dedicatoria?

D.T.: "A mi hijo David". Mi padre siempre fue bastante sobrio.
[Risas]

D.T.: En ocasiones más espléndidas me decía: "Te voy a dedicar este". Me miraba y ponía: "A mi hijo David con cariño".
[Risas]

D.V.S.: Mi lucha de niño fue que Manolo me dedicara uno. Un día le dije: "Oye, ¿qué pasa, dedicas libros a todo el mundo y a mí ninguno? ¿Es que no me quieres?". Y me respondió: "Un hijo no es responsable del padre que tiene". En el fondo fue para protegerme. 

D.T.: ¿Nunca te dedicó uno?

D.V.S.: Nunca. Pero sí cogió un poema que yo había escrito a una exnovia y lo metió, sin decir nada, en un Pepe Carvalho. Me dejó en bolas.
[Risas]

D.V.S.: Entre todas sus obras, yo me quedo con 'El estrangulador' [1994]. Lo escribió en una época muy dura para él. Había acabado la autobiografía de Franco, que lo dejó psicológicamente agotado. Tuvo un infarto silente y se encontraba muy mal. Cuando acabé de leer las galeradas pensé: "Qué mal se encuentra Manolo". Puro sufrimiento. Era como un libro de despedida.
 

UNA FICCIÓN

–¿Imaginan qué habría sido de ustedes sin ellos?
[Silencio]

M.O.: No sé... Mi vida es la literatura. 

D.T.: Estamos inevitablemente condicionados y es un orgullo. Yo entré en el mundo editorial al margen de mi padre y durante mucho tiempo nadie supo de mi filiación. A mí no me ha perjudicado en nada, más bien me ha dado un plus de respeto en algunos casos.

D.V.S.: A mí me pesa el que fuera una persona tan políticamente implicada. Es parte de lo que llamo las 'herencias paternas'. Hay un sector de amigos de mi padre que son una herencia muy positiva y otros han sido los peores enemigos que pueda haber encontrado. Dicen cómo eres, pero al mismo tiempo no han leído nada. Dan por hecho cosas que a mí me molestan. Cuando empecé me molestaba menos. Después de 15 años a veces ciertos comentarios me joden mucho, hasta el punto de que he podido estar una semana sin aparecer. Tras el libro 'Recuerdos sin retorno' decidí no hablar más de Manolo.

D.T.: Es casi imposible.

D.V.S.: Yo sueño con él. A veces me despierto y pienso: "El tío está vivo". Tengo conversaciones enteras con él. Le echo mucho de menos. Más todavía con la historia de salud de mi hijo pequeño, que es una gran tragedia. Pero he decidido que  forme parte de mi vida privada. 

D.T.: A mí me emociona la Biblioteca Eugenio Trías del Retiro. Eso le habría hecho mucha gracia.

M.O.: Barcelona le dio unos jardines a Gil de Biedma y Carlos Barral en el interior de una manzana del Poblenou. Me habría encantado que le pusieran una calle, que alguien viviera en Carlos Barral, número 3. Pero no me siento con fuerza para mover eso, para ir a Colau y decirle "es una vergüenza".

D.V.S: Mi padre tiene una plaza en el Raval que es una no plaza. Pero creo que los lectores son lo más importante.

D.T.: Los tres deberían tener calles.

A la espera de esas calles, los tres seguirán defendiendo el legado y configurando su voz. De eso no tienen dudas.

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