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ENTREVISTA

Bertrand Tavernier: «El doctor me dijo: 'El amor al cine te ha curado el cáncer»

Nando Salvà

El director de cine francés Bertrand Tavernier.

El director de cine francés Bertrand Tavernier. / GETTY IMAGES / FRANCO ORIGLIA

No solo es uno de los directores franceses más respetados -gracias a títulos como 'La muerte en directo' (1980), 'La vida y nada más' (1989) y 'Hoy empieza todo' (1999), entre otros-, también es uno de los que más películas ha visto. Empezó a hacerlo de niño, mientras permanecía en cama intentando superar la tuberculosis, y no ha parado. En el documental 'Las películas de mi vida, por Bertrand Tavernier' -que se estrenará aquí dentro de unas semanas- lleva a cabo un viaje íntimo por la historia del cine galo -la película incluye 582 extractos pertenecientes a 94 filmes- y a través de los cineastas que más lo marcaron, de Jean Renoir a Jean-Luc Godard y de Jacques Becker a Louis Malle, pasando por Jean VigoMarcel Carné François Truffaut.

claves BIOGRÁFICAS

  • Antes de debutar tras la cámara con ‘El relojero de Saint-Paul’ (1974) fue publicista de numerosas películas de la ‘nouvelle vague’.
  • En su primera etapa como director se dedicó sobre todo al cine de intriga –’El juez y el asesino’ (1976), ‘1280 almas’ (1981)–, aunque posteriormente se fue interesando cada vez más en un cine social y políticamente militante
    –‘La vida y nada más’ (1989), ‘Capitán Conan’ (1996)–.
  • Ha sido premiado en los tres grandes festivales europeos: obtuvo el Oso de Oro de la Berlinale con ‘La carnaza’ (1995), fue mejor director en Cannes gracias a ‘Un domingo en la campiña’ (1984) y la Mostra de Venecia le concedió el León de Oro honorífico en 2015.

¿Hasta qué punto es esta película una reivindicación del patrimonio cinematográfico francés? Oh, no, no he pretendido exhibir nuestro patrimonio. Si quisiera hacer eso, intentaría que me nombraran director de la Cinemathèque [la filmoteca francesa]. Tampoco he querido ejercer de guía museístico, ni de crítico o historiador. No soy nada de eso. Soy un cineasta que quiere dar las gracias a los autores que han marcado su vida y le han enseñado a hacer este trabajo. Y, por supuesto, también he querido compartir la pasión que siento por todos esos títulos. Pero, en todo caso, creo haber hecho una película que tiene forma cinematográfica y no es una simple recopilación de fragmentos comentados; que tiene un estilo propio y, espero, ilustra algunas de las cosas que más aprecio del cine: la profundidad de campo en las películas de Jean Renoir, el sentido del espacio en el de Marcel Carné… Esas cosas.

En otras palabras, podría decirse, pues, que es una carta de amor a la cinefilia. ¿Está de acuerdo? Sí, aunque, por otra parte, es cierto que, aunque siempre he sido un cinéfilo empedernido, no acabo de reconocerme en eso que se conoce popularmente como cinefilia. Generalmente, el perfil de cinéfilo es un tipo huraño que no tiene vida más allá de las películas y apenas se lava. Yo nunca he sido así. A mí la literatura, el teatro y la música me interesan tanto como el cine, y quizá lo que más me importa en este mundo sea Miles Davis. Y vivo la vida.

Ahora que el cine atraviesa un tiempo de incertidumbre, ¿cree que revisar su pasado puede ofrecernos alguna guía sobre cómo debería ser su futuro? Absolutamente. De hecho mirar al pasado siempre es importante y necesario. Siempre hay algo que aprender de él. Vivimos en una dictadura del presente, y eso nos hace cometer muchos errores, porque no nos enmendamos. Faulkner solía decir que el pasado no solo no está muerto sino que no ha pasado aún, y estoy de acuerdo. Ahora bien, no hay que ser prisionero del pasado. La nostalgia me pone enfermo.

Mirando a la historia del cine francés, da la sensación de que el impacto ejercido por los cineastas de la 'nouvelle vague' a finales de los años 50 ha llegado a ensombrecer los logros de sus predecesores. ¿A qué atribuye ese hecho? Sin duda, a la ignorancia y la arrogancia de la crítica, que desde siempre se ha dedicado a pontificar y a propagar ideas integristas. En mi película yo he tratado de hablar de cine con calidez y sin pedantería, de un modo opuesto al de los críticos. Ellos se inventan etiquetas, reducen las películas a clichés y se dedican sistemáticamente a generalizar. Y generalizar es de por sí estúpido.

¿Diría que los directores que creció admirando le permitieron convertirse en el cineasta que es hoy? No lo sé, pero sí estoy seguro de que la capacidad para admirar es un sentimiento muy positivo. Te permite construirte a ti mismo. E impide que te pases el día mirándote el ombligo, algo que por otra parte es un riesgo muy común entre los creadores. Muchos de mis colegas solo se interesan por sus propias películas, y acaban obsesionándose con ellas hasta el punto de perder la perspectiva. Como decía Victor Hugo, la falta de admiración nos empequeñece.

        
    

¿Sigue disfrutando usted de descubrir nuevas películas? ¡Claro que sí! De otro modo me habría marchado lejos del mundanal ruido, a vivir como una monja de clausura. Mi padre me enseñó a ser curioso, a sentir pasión por conocer cosas nuevas y no cansarse nunca de buscar y detectar el talento. Eso me ha posibilitado mantener a lo largo de mi vida un espíritu crítico, algo que lamentablemente escasea cada vez más. Hoy la industria del cine solo atiende a los datos de taquilla.

¿Y qué hay de los espectadores? ¿Cree que, en general, la forma que tenemos de ver las películas ha cambiado con el tiempo? Inevitablemente. Usted y yo, sin ir más lejos, crecimos viviendo el cine de forma distinta. Yo no descubrí las películas a través de la televisión ni en formato VHS, sino en hermosas salas de cine, casi siempre de barrio. En el vecindario donde vivía había una sala en la que las entradas eran baratísimas, aunque por otra parte la calidad de proyección dejaba bastante que desear. Pero, incluso así, me sucede algo curioso. De las películas que vi en el cine me acuerdo al detalle, incluso de las que vi hace 50 años. En cambio, las que veo por televisión se me olvidan con facilidad.

¿Qué le parece, pues, que los espectadores cada vez más vean las películas en pantallas individuales?Que eso es demasiado higiénico, demasiado aséptico. Cuando yo voy al cine las reacciones del resto de espectadores me parecen muy enriquecedoras, aunque a veces sean estúpidas. En ese sentido yo siempre cuento una anécdota que me encanta. La primera vez que vi 'La calle de la vergüenza' (1956), de Kenji Mizoguchi, fue en un cine de Lyón que acostumbraba a proyectar películas eróticas. El resto de espectadores eran habituales de la sala, y estaban indignados porque en esa película no se veía ni una rodilla desnuda. Uno de ellos, en plena proyección, gritó, desesperado: «¡Y encima no paran de hablar japonés!». Me reí mucho.

¿Diría que el cine de autor está en peligro? Es difícil decirlo. Porque, por un lado, da la impresión de que a la gente solo le importan el cine de acción y el de ciencia-ficción, y me molesta mucho que no se hable más que de películas como 'Piratas del Caribe'. Pero por otro lado tengo un blog en el que interactúo con muchísima gente que demuestra tener conocimiento y pasión. Y soy presidente de un certamen cinematográfico, el Festival Lumière, en el que en solo una semana nos visitan más de 100.000 espectadores para ver películas en blanco y negro. Hay motivos para ser optimista.

"Me interesan

la literatura, el teatro,

la música, y tal vez

lo que más me

importe ahora sea

Miles Davis"

Buena parte del público actual ni siquiera sabe quiénes son Jacques Becker y Claude Sautet. Para ellos esta película puede ser una herramienta muy útil. Me encantaría, claro. Incluso el cine de hace seis décadas está vivo y es relevante. Muchas películas de los años 30, los 40 y los 50 hablan de asuntos muy actuales. 'Toni' (1935), de Jean Renoir, habla de las problemáticas de los trabajadores inmigrantes, y 'Eddie el gángster' (1964), de Michel Deville, habla de ecología. Estoy seguro de que esas películas pueden calar hondo entre el público actual, y que padres y educadores pueden usarlas para inculcar el amor al cine en las nuevas generaciones. Y esto último, al fin y al cabo, es lo más importante de todo. Hay que reivindicar la importancia de la industria del cine ahora que la derecha política amenaza con acabar con ella. El cine, después de todo, crea más empleo que la industria del automóvil.

¿Es 'Las películas de mi vida' una obra tan personal para usted como su título sugiere? Es muy importante para mí, sí. He puesto mucho de mí mismo en ella. Mientras estaba haciendo la película me detectaron un cáncer, y no esperé ni un minuto después de la operación para volver al trabajo, incluso desde la cama del hospital. El doctor no se explicaba cómo pude recuperarme tan rápido. Me decía: «Te ha curado el amor al cine». Y puede que sea así. Después de todo, de niño descubrí el cine mientras estaba enfermo de tuberculosis. No sé, hacer esta película me ha conmovido profundamente. Me resultará muy difícil quitármela de la cabeza y hacer la siguiente.