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EL PULSO DE UNA REGIÓN DEPRIMIDA

Haití se desangra

PAU FARRÀS

LA POBREZA EN IMÁGENES. La última esperanza de un puertoprincipeño para sobrevivir a la miseria suele ser encontrar algo que pueda venderse entre los ríos y montañas de basura de la ciudad.

LA POBREZA EN IMÁGENES. La última esperanza de un puertoprincipeño para sobrevivir a la miseria suele ser encontrar algo que pueda venderse entre los ríos y montañas de basura de la ciudad. / PAU FARRÀS

Josette Vilma, 'Marie' para los amigos, deja de remover el arroz con habichuelas para explicar cómo mejora el mundo. Marie tiene 50 años y ha pasado 26 de ellos cocinando en el mismo rincón de la calle del Mercado de Hierro. Hace mucho tiempo que decidió no cobrar la pieza de pollo y la cucharada de guarnición que le piden y se llevan los niños que a ella acuden. Son los niños de la calle, parte del paisaje de Haití en general y de Puerto Príncipe en particular, huérfanos o abandonados, pero también los hay fugados de la violencia de sus casas, tal vez porque el hombre amenaza y maltrata a los hijos de la mujer con la que se acaba de casar, o quizá repudia a los suyos para poner por delante los que tiene con su nueva esposa. Entre una cosa y la otra, son miles los menores vagabundos. «No puedo contar cuántos son», confirma Marie, pero ella no falló alimentándolos ni cuando su casa se derrumbó tras el terremoto de 2010. «He parido a dos niños, pero tengo muchísimos hijos», sonríe. Por qué lo hace, pregunta el periodista. «Porque tienen hambre», responde, sencillamente, Marie.

A diez minutos de los braseros y las ollas de Marie, se encuentra la prisión civil de la capital. Cada día, frente a sus puertas, docenas de mujeres hacen cola llevando comida para sus familiares presos. Saben que, ahí dentro, una fiambrera es media vida. Los funcionarios no tienen con qué rellenar las despensas desde septiembre, según supo la Red Nacional de Defensa de los Derechos Humanos (RNDDH), y el penal, que fue construido para 800 presos, hoy alberga más de 4.200. Tras hablar con el director de la cárcel y visitar el centro, esta organización denunció que los 19 primeros días de 2017 habían muerto 14 internos por hambre, cólera o tuberculosis. La madre de Shal David, que se escribe a diario con su hijo y le lleva comida, lo confirma: «Cada día muere alguien». A Shal, de 20 años, lo apresaron tras una pelea hace tres años; la pareja de Sismith Saturné, de 32, lleva cinco dentro por conducir sin licencia; el marido y el hermano de Fabienne Saint Preux suman seis por robar unos plátanos. Ninguno ha sido juzgado. Tampoco John Gideon, de quien su hermano Wil no tiene noticias desde hace tres meses: «Me cuesta tener esperanza; quizá ha enfermado».

EL INFIERNO

Cómo no hacerlo. Livia Bouvier, activista de RNDDH, relata que cuando la policía intentó hacer una redada en la cárcel el pasado otoño, los perros que debían detectar droga se negaron a entrar y esa misma tarde los animales cayeron enfermos, agobiados por la multitud hacinada e intoxicados por los olores de unas celdas en las que cualquier esquina sirve de letrina. Se lo dijo el director a Bouvier: «Si quiere encontrar un lugar en la Tierra que se parezca al infierno, venga a la prisión civil de Puerto Príncipe».

En la misma calle, a 300 metros de las filas solidarias, está la redacción de 'Le Novelist', el principal periódico del país, pero el caso jamás ha salido en sus páginas. Pese a la mala fama de la prensa, un hombre de pelo canoso insiste en ver al periodista, pero pide alejarse de la multitud. Explica que su nieta fue infectada de VIH por la Cruz Roja. A los nueve días de nacer, recibió una transfusión de sangre, al cabo de poco enfermó y un análisis de sangre reveló que era seropositiva. Los padres pasaron las pruebas para ver si ellos habían sido los transmisores y dieron negativo, así que solo podía haber sido la Cruz Roja. Así lo dedujo también un juez, que condenó a la ONG a pagar 300.000 dólares en 2015.

El penal de  
Puerto Príncipe,

que fue construido

para 800 presos,

hoy alberga más
de 4.200

Pero Jean-Gardel Edymé, el padre de la niña, no ha visto ni un 'gourde'. Le enseña la sentencia al periodista, a quién acepta recibir en casa tras la llamada del abuelo, y también el acuse de recibo de la Cruz Roja. «No pagan, dicen que nosotros no somos los padres de la niña». Pero lo son. O sufren como si lo fueran. La madre ha perdido varios kilos y no sale de casa. Han gastado el equivalente a 1.800 dólares en medicinas y no saben cuánto en abogados, pese a que el PIB per cápita del país es de 840 y la venta de muebles de la que viven no parece tirar. Cinco escuelas distintas han rechazado a la niña cuando han sabido que tenía VIH, así que ahora lo ocultan. Y han sido amenazados: «Un chico gritó mi nombre, me enseñó una foto mía y señaló su pistola; tengo miedo, mi vida ha sido amenazada. En este país puedes morir sin que nadie relacione tu muerte con nada, supondrían que ha sido un secuestro».

EL ESTADO NO EXISTE

Nadie puede ayudar a Edymé a que se cumpla la ley. Nadie va a castigarle por esconder que su hija tiene el sida. El Estado no existe, y es una frase casi literal. Son los salesianos quienes acogen y educan a niños de la calle en sus residencias y escuelas de formación profesional, son los defensores de derechos humanos quienes denuncian la degradación de las cárceles, y así se podría seguir hasta nombrar las 3.000 organizaciones no gubernamentales que operan en el país. Pero es que parte del problema es que estas entidades han construido una suerte de gobierno paralelo, en palabras de un alto cargo de la Organización Mundial de la Salud en Haití, que pide anonimato. ¿Cómo pedirle al Gobierno que invierta en hospitales si las oenegés los montan gratis? ¿Para qué exigir un sistema de saneamiento de agua si tradicionalmente lo han pagado las agencias de la ONU?

Por eso, Oxfam apostó por otro modelo. Reunió a medio centenar de haitianos de todos los campos y, tras más de 50 horas de debates y estudios conjuntos, entendieron que el mayor problema es de gobernanza. Las metas, según su director, Damien Bendorf, son tres: una descentralización que evite las migraciones masivas del campo a los slums de la capital; la soberanía alimentaria como solución al hambre; y una justicia fiscal que posibilite lo anterior. La lección es que hay que superar la limosna, que los haitianos son duros y listos -Haití se independizó de Francia gracias a una revuelta de sus esclavos, algo insólito y que jamás volvió a repetirse en la historia-. Basta con apoyarles para que puedan tomar las riendas de su país.

HURACÁN MATTHEW

Sin embargo, las emergencias pesan más que los planes a largo plazo. Sirve de ejemplo el paso del huracán Matthew este otoño. De nuevo arreciaron las campañas de emergencia y las agencias internacionales y oenegés priorizaron la reconstrucción, el reparto de semillas y el saneamiento de agua. El Matthew dejó un millar de muertos y decenas de miles de personas damnificadas, fuera por la pérdida de su sustento, de su casa o de la fuente de agua dulce de la que dependían. Con todo, la actitud con la que respondieron era de resistencia. «Ya estamos acostumbrados», explica Jean Mance, nacido en el sur y cuyos padres, campesinos, perdieron una vaca y toda la cosecha. Pese a que es diminuto, Haití es el tercer país más afectado en el mundo por los fenómenos climáticos. El país está en zona de paso de ciclones, así que sufre un huracán o tormenta tropical cada dos años, la deforestación favorece las inundaciones y como, debajo, chocan las placas norteamericana y caribeña, los seísmos son frecuentes. Pero ninguno como el Goudou Goudou. Así se refieren, en criollo, al terremoto de 2010.

El huracán Matthew

dejó un millar de

muertos y decenas

de miles de

damnificados, sin

trabajo ni casa

El 12 de enero de hace siete años, Icavis Celné perdió su pierna. Le quedó atrapada entre su moto y un pedazo de la catedral que cayó tras el primer temblor. Fue una entre cinco millones de historias. Todos en la capital tienen la suya y muchas incluyen un nombre de entre los 300.000 que ese día se lloraron.

Icavis nunca supo cuánto tiempo estuvo desmayado, pero sí recuerda los tres días que aguantó con la pierna desfigurada, durmiendo entre cadáveres en medio de la calle: «El Gobierno no retiró los cuerpos, fueron las fuerzas internacionales, que eran quienes tenían dinero». Icavis conducía una moto taxi y sin pierna tuvo que dejarlo, pero lo que más le dolió fue el abandono de su mujer y madre de sus tres hijos. Los dos mayores viven con su tío en las afueras, pero el pequeño se quedó con él. Viven bajo una tienda de campaña y ha logrado su objetivo, que su hijo vaya a la escuela, y con eso parece bastarle. «Mis amigos me dan dinero cada semana y mi hijo tendrá oportunidades. La ayuda no llegó para mí, nunca se cumplieron las promesas que nos hicieron», lamenta refiriéndose a la ONU, las oenegés y el gobierno, «pero me mantengo fuerte». 

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