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Emma Vilarasau: "Si viviera en EEUU, levantaría la voz contra Trump"

Núria Navarro

Emma Vilarasau: "Si viviera en EEUU, levantaría la voz contra Trump"

JULIO CARBO

Hay mar de fondo en la mirada de Emma Vilarasau. Un no sé qué de tragedia antigua que le sienta bien a los papeles torturados como el de 'La mare' –en La Villarroel hasta el 2 de abril– o envilecidos como el de Eulàlia Monsolís de 'Nissaga de poder'. Ella reconoce ese no sé qué, pero fuera de la escena es una mujer que va despacio y muy atenta, que huye del postureo y prefiere escuchar. Quizá porque tiene obra en cartel y acaba de publicar un libro, 'Camí d'anada i tornada', se presta al juego de contarse.

Se prodiga muy poco. No me gusta hablar de mí misma. Temo no ser ocurrente. Cuando leo lo que he dicho me da vergüenza.

Lo malo es que se enquistan errores​, como que es sobrina de Josep Vilarasau, exjefazo de La Caixa. Incluso Jordi Pujol me lo preguntó un día que vino al Lliure. No existe parentesco alguno.

Sí es hija de una familia patricia de Sant Cugat. Mi bisabuelo paterno fue alcalde de Sant Cugat y mi padre tuvo una gasolinera a la salida del pueblo. Por parte de madre la historia es otra.

claves biográficas

  • Nació en Sant Cugat, en 1959. Estudió con las franciscanas, empezó en la Agrupació Teatral Joan Maragall, siguió en el Institut del Teatre y en 1983 fue reclutada por el Lliure.
  • La popularidad le llegó con el papel de Eulàlia Montsolis, en la serie de TV3 ‘Nissaga de poder’ (1996-98). Luego consolidó plaza en el ‘star system’ catalán con ‘Vendelplà’.
  • Está casada con el actor Jordi Bosch y es madre de dos hijos.
  • Ha escrito, junto a Montse Barderi, 'Camí d'anada i tornada' (Columna), una ficción epistolar entre las reales Ella Maillart y Annemarie Swarzenbach.

Cuente, cuente. Mi abuela materna era alemana, de Plettenberg, un pueblecito cerca de Colonia. Vino a Sant Cugat a servir en casa de una familia alemana muy rica, se enamoró de un catalán –un contratista de obras que hizo media Bellaterra– y se quedó embarazada. Ella siempre me hablaba de bambis, nieve y trineos. Nunca se adaptó. Su historia –algún día me gustaría escribirla– transita entre la primera y la segunda guerra mundial, en la que perdió a varios hermanos. Era una mujer triste. Y mi madre también tiene un punto de tristeza.

Parece hereditario. Todos tenemos abismos en los que a menudo preferimos no entrar. Yo soy positiva, pero tengo un fondo de melancolía importante.

¿A qué lo atribuye? A... Quizá no debe poner esto...

¿Qué cosa? Desde que alcancé una cierta popularidad siento en mí algo de impostora. Pienso que lo que la gente ve en mí no es. Miro atrás y tengo la impresión de no haber acabado de hacer nada bien. Me gustaría morirme sin esa sensación. Me gustaría morir como Ella Maillart, a los 90 años y llena de curiosidad por el mundo.

Maillart, deportista suiza y amante de la filósofa Annemarie Schwarzenbach. Las dos protagonistas de su libro. Annemarie siempre vivió al límite, en los márgenes, sin aceptar la cotidianidad. Pero yo me quedo con Ella, una mujer menos espectacular, más positiva, que entendió de qué va esto de vivir.

¿Y usted? ¿Entiende de qué va? El secreto es no tener prisa. Hasta que no comprendes que puedes ser feliz mirando un árbol estás perdido.

¿Está de ida o de vuelta? De ida. Cuanto más sé, más me doy cuenta de lo que me falta por saber. Me encantaría hacer la carrera de Filosofía, por el placer de saber.

También se aprende andando. Andando he aprendido que es importante hacer todas y cada una de las cosas muy consciente, a no pasar por encima de nada, a cuidar mucho a los que amas, a dejar huella en todo. Cuando eres joven vas respondiendo a estímulos. La conciencia del yo va llegando poco a poco. Ahora no me espanta ni me avergüenza tanto escuchar mi voz.

Es la segunda vez que sale la palabra 'vergüenza'. Yo siempre he tenido muchos complejos.

¿Complejos, usted? Mi adolescencia fue durilla. No me gustaba nada mi imagen. Era un patito feo. Nunca tuve a los chicos que me gustaban (encima tenía una hermana guapísima que se los llevaba a todos de calle). Era feliz sola, encerrada en un cuarto, hablando conmigo misma. Y empecé a correr. Tenía 15 años y me relacionaba con tíos de 23. Por las mañanas, al cole con el uniforme de las franciscanas y por las tardes, a frecuentar los pisos francos de los universitarios. Mi yo estuvo escondido mucho tiempo.

"Es importante no correr, no pasar de puntillas sobre nada y dejar tu huella en lo que haces"

¿En qué momento salió? No hubo un momento. Cuando me cogieron en el Lliure, en 1983, sentí una primera seguridad.

Luego encandiló al mismísimo Pujol. Cómo cambia el cuento, ¿no? Hace 20 años nos dicen todo lo que ha pasado y no nos lo creemos.

Como tantas cosas. Hoy hay una desconfianza total en el sistema y eso es peligroso. Lo que está pasando en Estados Unidos es intolerable. Trump es un señor totalitario, que se carga a la libertad de expresión y pretende llevar un país como una empresa firmando decretos sin encomendarse a nadie. Si estuviera en Estados Unidos, como la mayoría de la profesión, levantaría la voz contra él.

¿Qué motivos ve aquí para levantar la voz? Aquí estamos en un compás de espera, ¿no? Está bien que el referéndum se haga en las mejores condiciones y que todo el mundo vote sabiendo el qué, pero que se haga ¡YA!

¿Ha trabajado poco en Madrid por ese sentimiento? No, no, porque mis hijos eran pequeños. Hice tele durante cinco años porque me permitía ir a buscarlos al cole.

En el teatro es una madre desquiciada. ¿Qué tal madre ha sido y es? He hecho lo que he podido. Me tranquiliza ver que mis dos hijos son dos personas buenas.

¿Los tiene aún en casa? No. Viven en Londres. Primero se fue el mayor, con 22. Y luego el pequeño, con casi 19.

¿Qué tal lleva eso del nido vacío? Son tan fuertes los vínculos con los hijos... Siempre piensas que puedes ayudar, dar un consejo, y ay, ellos quieren equivocarse solos. Llega un momento en que te tienes que ir de sus vidas. Sus habitaciones siguen ahí, ¿eh? Aún no se han convertido en una gran biblioteca. Pero no estoy en la situación de la madre de la obra. Ella tiene depresión, una enfermedad que aún se esconde y a la que quiero dar visibilidad.

Alguna vez pensó en estudiar Psicología. Sí. Lo que me más me interesa de este mundo es la gente. Por qué somos como somos, por qué sentimos frustración, ansiedad, desengaño, miedo. También me interesa la vejez.

¿En qué sentido? Por ejemplo, no quiero pasar de puntillas por la de mi madre. La estoy viviendo a fondo. Por ella, y por entender mi propio deterioro. Buscar la eterna juventud a base de retoques me parece una gilipollez. La gracia de mi edad es que tienes un sentido más elevado de conciencia.

También está en un lugar en el que haga lo que haga no hay discusión. Eso no es así.

Sabe que sí. En todo caso es una presión añadida. ¿Qué hará ahora la Vilarasau para sorprender?

Hace cinco años dijo que en cinco años se retiraba. Pues cada vez me gusta más este trabajo. A la que pienso "no puedo más, no quiero hacer funciones cada sábado y domingo", me caen regalos como 'La mare' que me permiten conocer otras caras de mí.

¿Su marido, Jordi Bosch, es generoso a la hora de elogiar su trabajo? Yo soy más de halagar, pero cuando él lo hace sé que es muy de verdad.

Una cena de los Bosch-Vilarasau debe ser un espectáculo. Hablamos del mundo, de los hijos y del teatro. Mucho.

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