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ENTREVISTA

Josep Maria Pou: «Me siento decepcionado, escéptico y muy, muy, muy cabreado»

Juan Fernández

Josep Maria Pou premio de honor Gaudi

Josep Maria Pou premio de honor Gaudi / RICARD FADRIQUE

A mediados de esta semana, Josep María Pou no había preparado aún el discurso que pronunciará esta noche en el Auditori del Fòrum al recoger el Premi Gaudí d'Honor-Miquel Porter que le concede la Acadèmia del Cinema Català. Dice que le inquieta que algunos esperen sus palabras como quien aguarda el mensaje de un oráculo, pero le tranquiliza saber que solo le dejarán el micrófono cinco minutos. «Mejor, así no tendré tiempo de decir muchas barbaridades», resopla irónico. A estas horas solo tiene claro que más que hablar del panorama político de aquí y de allí, que le tiene indignado, hablará del trabajo del actor, un oficio que en su caso no es oficio, sino aire que respirar. Este año cumplirá medio siglo inspirando y exhalando interpretación en los escenarios y los platós.

trayectoria 

  • El Premi Gaudí d'Honor Laurea su trayectoria cinematográfica, compuesta por más de 50 películas, varios protagonistas –Amic/amat’, ‘Barcelona (un mapa)’– y muchos papeles de reparto.  
  • Su talismán Él opina que es su físico: «Mi envergadura, mi barba y mi voz me han aportado singularidad, que es lo mejor que le puede pasar a un actor. Con 25 años ya me ofrecían papeles de 40, casi siempre personajes con autoridad: policías, jueces, cardenales, presidentes, gente que manda», observa.
  • La jubilación Dice que piensa en ella, pero miente: acaba de rodar ‘La catedral del mar’, tiene dos películas por estrenar –‘Las leyes de la termodinámica’ y ‘Abracadabra’–, estará en la nueva temporada de ‘Nit i día’ y el 9 de marzo regresa con ‘Sócrates’ al Romea. 

¿Cómo ha vivido los días previos a la recogida de este premio? Sin parar, como siempre. Anoche salí a las tres de la madrugada de la grabación de la serie 'Nit i día', donde participo en la nueva temporada, y hoy me pasaré allí todo el día. A finales de diciembre acabé de rodar 'La catedral del mar' y planeé tomarme dos meses sabáticos antes de volver con 'Sócrates' al Teatre Romea en marzo, pero ha sido imposible. Soy un señor de 72 años que va por la vida como si tuviese 18. No sé, a veces me pregunto por qué me meto en estos berenjenales, si yo ya solo quiero estar tranquilo, ser un vago y no hacer nada.

¿Qué se lo impide? Que no sé decir 'no' a los personajes que me ofrecen. Y lo increíble es que cada día me ofrecen más. Lo normal es que a mi edad me llegaran menos propuestas, pero es al revés, hoy recibo más ofertas que nunca. Y claro, cuando me mandan un guion y en él hay un personaje que hace que se me caiga la baba a leerlo, como el de 'Nit i día', entonces me entran unas ganas locas de hacerlo y ya no puedo parar, aunque el cuerpo me pida descansar.

¿Igual que el goloso que no puede frenarse ante una bandeja de pasteles? Sí, igual. En mi caso se produce un compromiso muy extraño con el personaje. A veces me mandan un texto y, al leerlo, siento como si ese papel que me ofrecen me gritara: '¡Coño, Josep María, que me han escrito para ti, tienes que darme vida!'. Esto que digo es literatura, pero la realidad se le acerca. Si veo que dentro de mí tengo material que aportarle a un personaje, no puedo decirle 'no'.

¿Es un adicto al trabajo o con usted se cumple aquello de 'sarna con gusto no pica'? En mi caso es así, sarna con gusto no pica. Porque tener esta actitud con el trabajo implica mucha sarna y muchos horarios disparatados, pero no puedo evitarlo: siempre acabo buscando el hueco donde sea, me quedo noches sin dormir y voy de un rodaje a otro, pero lo hago. ¿Por qué? Esto va más allá de la vocación, esto es pasión, enamoramiento, un impulso extraño que me lleva a entregarme. También influye el deseo de seguir sumando buenos personajes a mi carrera. Pronto cumpliré 50 años en este oficio y no he conocido el paro ni un solo día. Me da vergüenza decirlo, pero es así.

¿Cómo lo ha conseguido? Hay un factor de suerte. He tenido la fortuna de no haberme visto obligado nunca a aceptar trabajos que me avergonzaran para poder pagar el alquiler del piso o la letra del coche. Pero también pienso que la suerte se la fabrica uno mismo poco a poco a partir de los trabajos que elige. He procurado escoger títulos y personajes que me permitieran ir con la cabeza bien alta. Y luego está la forma de trabajar de cada uno.

¿Cómo es la suya? La técnica es muy importante y hay que aprenderla, pero todos estos años me han enseñado que lo decisivo es darte en cuerpo y alma en el momento en que estás encima del escenario o en el set de rodaje. Los días que tengo función, mientras estoy en el teatro, el mundo no existe para mí. Ningún pensamiento cruza mi cabeza, nada me distrae, el tiempo se detiene. Y ahí me entrego.

¿Cuando decía que sarna con gusto no pica, se refería a ese gusto? Esa es la droga de este oficio. No conozco mayor placer que estar en mitad de una escena y, de pronto, provocar una pausa que no estaba prevista en el guion, pero que yo decido crear a conciencia. Esa décima de segundo, ese instante, es droga dura. Notas al público pendiente de ti, bebiendo de tu mano y ¡uh! ¡te sientes tan poderoso! Es como si les dijeras: 'tomad el mundo, he detenido el tiempo para vosotros'. Ese goce es superior al de los aplausos y los vivas del final.

¿Ha reflexionado alguna vez acerca de la utilidad social de su trabajo? ¿Tantas horas de ensayo, tantas representaciones, tantas películas, han aportado algo a la comunidad? Sí que le he dado vueltas a este tema, y siempre he pensado que la utilidad social del trabajo del actor viene marcada por su decisión de aceptar ciertos trabajos y rechazar otros. Nunca he hecho una obra que no considerara que el espectador fuera a salir del teatro más rico de como entró. Me niego a hacerle perder el tiempo a la gente. Más allá de la vocación política que cada uno pueda mantener, creo que el compromiso de un actor con su sociedad se mide por las obras que elige hacer, no por las algaradas callejeras en las que participa o las declaraciones que suelta en las manifestaciones.

Precisamente, usted es de los que no se callan. Le gusta opinar y mojarse. A veces, en artículos como los que escribe para este diario. ¿Cómo lleva esa experiencia? Decir lo que pienso me ha hecho llevarme muchos palos. Sobre todo aquí, en Catalunya. A veces creo que no merece la pena.

Si esta conversación la hubiéramos mantenido hace un año, no sabríamos que el 'brexit' iba a ganar en Reino Unido, Trump en Estados Unidos, y que después de dos elecciones Rajoy seguiría en la Moncloa. ¿Qué ha pasado? Eso quisiera saber yo. Hace un año tenía esperanza, aún creía que las utopías son posibles y que entre todos podemos mejorar el mundo. Ahora me pilla en un momento de pesimismo absoluto. Y de confusión. No entiendo nada. No comprendo cómo el grueso de la clase obrera norteamericana ha elegido como presidente a uno de los representantes del capitalismo más salvaje. Ni entiendo lo de mis amigos británicos, que me tienen muy enfadado.

¿Qué explicación le encuentra? Ha triunfado un término que detesto, el populismo, que ha sabido adular los instintos más bajos de la población, y la gente se ha vuelto loca. No hemos aprendido nada, no tenemos memoria histórica, no recordamos lo que pasó en Europa en los años 30 del siglo pasado. Me aterra pensarlo, pero parece que los ciclos se repiten. Lo de nuestro país tampoco lo entiendo.

¿Qué diagnóstico hace del último año de política nacional? Me siento muy decepcionado con nuestro sistema de partidos. Con todos, hasta con los que siempre he sentido más cercanos a mí. El problema es la baja calidad de la clase dirigente de este país. En la transición encontrabas fácilmente a políticos humanistas y cultos, gente inteligente y formada. Hoy no los veo por ningún lado.

"El compromiso social de un actor

se mide por las

obras que elige hacer,

no por las algaradas callejeras en las

que participa»

¿Cómo vive este momento, personalmente? A mi edad, todo se ve diferente. Si esto me pillara con 20 años, sería combativo, como lo fui de joven, aunque nunca anduve en la primera fila. Pero ahora, mi reflexión es: mira, que se las arreglen como quieran. No me gusta hablar así, porque me lleva a autoexcluirme, pero me niego a que me identifiquen con esa gente, no quiero formar parte de ese mundo. Resumiendo: me siento decepcionado, escéptico y muy, muy, muy cabreado.

¿Se le ocurre alguna solución? Ahora mismo no, y asumo que esta actitud no ayuda en nada, pero no puedo decirle otra cosa. A veces se ha acusado a los intelectuales de ser responsables, al menos en parte, de que estemos como estamos por no haber alzado la voz a tiempo. Estoy de acuerdo. Yo no me considero un intelectual, pero sí soy un hombre de la cultura, y reconozco que deberíamos haber sido más beligerantes. A lo mejor, algún día ocurre algo o llega alguien que me anime a ponerme en la cabeza de la manifestación. Me gustaría muchísimo, pero de momento no lo veo. Estoy de retirada, no quiero saber nada de ese mundo. Mi refugio es el teatro. 

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