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El miedo a lo impar

Lucía Etxebarria

Quizá ustedes recuerden la historia de la anciana que falleció en un incendio en su casa. Le habían cortado la luz y llevaba dos meses iluminándose con velas. Durante esos dos meses, en su edificio -bloque de seis pisos, cuatro puertas cada uno, 23 familias- nadie llamó a la puerta del segundo B, a ver qué estaba pasando. Cuando la noticia se supo, fue trending topic y miles de tuiteros clamaron justicia. Es muy fácil indignarse cuando tú no eres el vecino.

Algo parecido sucedió con el activista Shangay Lily cuyo fallecimiento también le convirtió en 'trending topic'. De nuevo miles de personas que no le conocieron tuiteando muy sentidos el más sincero (ejem) pésame. El entierro, sin embargo, fue muy parco. No estaba su familia, ni los amigos con los que habíamos compartido correrías allá por los noventa cuando Shangay era una estrella mediática. Ni siquiera el periódico en el que colaboraba se dignó a enviar un fotógrafo. Shangay no murió solo, lo acompañó Paloma, su mejor amiga, hasta el último momento. Pero sí murió aislado. La pobreza y la enfermedad alejaron a la corte que le rodeaba siendo famoso.

En mi barrio hay muchos abuelos y abuelas solos. En uno de estos abuelos me fijaba yo cuando le veía renqueando por la calle sobre sus muletas, porque me sorprendía su belleza. Es muy alto, tiene un porte soberbio y unos impresionantes ojos azules. Cuando por fin le conocí supe que es Waldo Balart, un pintor y escritor famosísimo, que a sus 85 años vive solo en su estudio. Una señora le limpia la casa, pero pasa muchos días sin recibir a nadie.

El 50% de la población occidental está compuesta y sin novio. El cambio del rol de la mujer, el aumento de prestaciones sociales y la mejora de la tecnología, hacen la vida posible sin necesidad de pareja. Estamos en medio de un proceso acelerado de individualización.

Los 'singles' o impares somos profesionales cualificados, desenvueltos, competentes, seguros de nosotros mismos/as y definidos por un conjunto de noes: no queremos pareja, no queremos compromiso, no queremos más líos, más experiencias dolorosas o frustrantes, no queremos compartir casa ni cama.

En la actualidad, casi seis millones de personas de 30 a 55 años somos impares en España. Dicen que no nos llevó a ello el egoísmo, sino la búsqueda de la felicidad. Ahora no se nos desprecia ni se nos tiene lástima como antaño. De pronto estamos de moda y somos incluso envidiados.

El caso es que los impares cada vez somos más en los países occidentales. Muchos de nosotros lo somos por elección y no por obligación. Así lo aseguran, el 58% de los encuestados sobre el asunto.

Los sociólogos y psicólogos dicen que los vientos soplan a nuestro favor. Que hay un nutrido grupo de europeos lo suficientemente bien pagados e independientes como para poder vivir solos. Que hoy se trabaja más duro que nunca, que llevamos vidas frenéticas y estresantes, que son malos tiempos para la lírica y las relaciones fusionales.

Que cada vez exigimos más y más del amor. Que nuestras relaciones, o no cuajan, o se rompen a la primera de cambio. Que, especialmente en las grandes ciudades, con su torbellino de soledad y estrés, cada vez hay más personas que encuentran problemas para relacionarse.

Los especialistas en márketing alaban nuestras altas prestaciones como consumidores de alto nivel. Nuestra capacidad para gastar por encima de la media, nuestra alta inversión en productos de lujo, moda, gastronomía y decoración. En caprichos compensatorios. Compramos más y mejor ropa, llenamos gimnasios y centros de estética, abarrotamos cines y teatros y restaurantes, y nos dejamos ver en garitos de moda en los que bebemos gintónics «infusionados» por los que pagamos 10 veces lo que cuestan.

Yo no vivo sola. Tengo una hija. Pero mi hija, es ley de vida, se irá algún día. Por su bien es lo que espero y deseo porque sé que la dependencia de la madre es un rasgo neurótico. Pero debo confesar que tengo miedo. Miedo de acabar como Rosa, como Shangay o como Waldo. Shangay y Waldo han llevado unas vidas felices y plenas, y yo creo que también. Y aún así, pese a que nuestra soledad fue elegida, aún así me da miedo. Paradójicamente, el mismo miedo al amor que me llevó a elegirla. 

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