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Mary Austin: de novia a gestora y heredera

BEGOÑA ARCE

En el carácter de cada uno, hay muchos ingredientes. Yo creo que tengo un lado muy duro y un lado muy blando. Puedo ser muy vulnerable, realmente un bebé. Al mismo tiempo, puedo ser muy duro. No hay medias tintas». Freddie Mercury hablaba de sí mismo en estos términos, en una de las escasas entrevistas en las que aludió a su personalidad. La estrella que electrizaba a los fans desde el escenario, el promiscuo y extravagante juerguista, desinhibido, provocador, amante de grandes bacanales, era también alguien introvertido, tímido y muy reservado. Pocos sabían de su vida privada. Ni siquiera los miembros de Queen. Ni siquiera su familia, originaria de la India, tradicional, practicante de la religión parsi, del profeta Zaratrusta, que abomina de la homosexualidad. Jamás les dijo que era gay. «Nunca discutimos ese tema. Nos protegía. Decírnoslo habría sido muy difícil para él», reconoció su madre, Jer Bulsara, más de 20 años después de la muerte del hijo. «Freddie impuso una división estricta entre su trabajo, su hogar y su vida».

Fue el gran amor de su vida y a ella le dejó más de la mitad de la herencia y su mansión, en la que aún vive y la conserva tal como él la dejó

La persona que mejor le conoció fue también la que más le sufrió. Mary Austin, una chica nacida en la pobreza, fue durante seis años su novia y cuando dejaron de ser pareja, su relación de profunda amistad jamás acabó. Se ha dicho de ella que fue su amante, su hermana, su madre, su confidente. Tan tímida o más que él, conoció Freddie cuando tenía 19 años y él 24, y trabajaba en la tienda de moda del momento, Biba, en el barrio londinense de Kensington. Él tenía un puesto de ropa usada en un mercadillo casi enfrente. La fama y los millones aún no habían llegado. La estrella en ciernes le era compulsivamente infiel y no distinguía en sus aventuras entre chicas o chicos. Ella aguantaba. La soledad, el éxito y la fortuna acabaron por hacer imposible la convivencia en 1973.

El cantante se compró una impresionante mansión en Holland Park, con 28 habitaciones, pero no perdió de vista a Mary. Le regaló un apartamento al lado. La convirtió en secretaria y gestora de Queen. Le dedicó varias canciones. Fue, según cuentan, el gran amor de su vida. A pesar de tener un niño pequeño y estar embarazada de un segundo, cuidó día tras día de su amigo en la larga agonía que fue la enfermedad. A ella le dejó más de la mitad de su herencia multimillonaria. Mary habita aún hoy en aquella mansión, donde todo sigue igual como Freddie lo dejó. 

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