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A una adolescente

Lucía Etxebarria

Lo leí en este mismo periódico. Que la moda de cortarse con cuchillas se había extendido peligrosamente entre los adolescentes. Que casi la mitad de los adolescentes que ingresaron en la unidad de psiquiatría infantil y juvenil de Sant Joan de Déu llegaban porque se cortaban. Que los especialistas alertaban de que el fenómeno era la punta del iceberg, que las autoridades deberían indagar. Y luego un montón de tonterías que decían unos cuantos psicólogos y que me pusieron de muy mala leche. Porque no tenían ni idea de lo que estaban hablando. Porque mostraban una falta de empatía, de corazón, alarmantes.

Localicé vuestra comunidad por Instagram.

Tenéis que usar un 'hashtag' secreto porque Instagram censura las fotos de contenido violento, y las vuestras lo son. Publicáis fotos de vuestras autolesiones. Algunas son realmente duras. El 'hashtag' entones era #mysecreatfamily. A estas alturas ya ha cambiado. Hablé contigo. Tienes 15 años. Dos intentos de suicidio. Una familia de mierda. Un psicólogo, un psiquiatra. Materialmente, todo lo que puedes desear. Emocional y afectivamente, nada.

No te cortas por llamar la atención. Lo mantienes en secreto. Te cortas en las piernas y en el abdomen. Tus padres no lo saben, tus amigas tampoco. Solo unas pocas personas están al tanto de lo que te sucede: las que siguen tu cuenta, anónima y secreta.

Tampoco lo haces por moda. Decir que lo haces por moda invalida tu sufrimiento y hace que te encierres más en ti misma y seas todavía más reticente a contarlo. Si abriste una cuenta fue por desesperación. Necesitabas saber que no eras la única.

No estás loca. Mucho menos eres peligrosa. Yo encontré una chica excepcionalmente inteligente. Que había sufrido un trauma serio. Que lidiaba como mejor podía con la ansiedad y la depresión. Que sufre como tantos otros millones de personas en la población general.

Yo hacía lo mismo que tú, a tu edad. Me han llamado loca ni se sabe la de veces. Sin embargo, he pasado en dos ocasiones por evaluaciones de psiquiatras forenses. Una, cuando se dirimió la custodia de mi hija. La segunda, cuando demandé a una televisión precisamente por llamarme loca, entre otras lindezas. No es nada fácil superar ese tipo de evaluación. Y me dieron por estable y capaz de cuidar a una menor.

Entonces yo no sabía por qué lo hacía. Ahora lo sé. Cuando te cortas, descargas adrenalina. La adrenalina es un ansiolítico muy potente. Digamos que el dolor físico de alguna manera anestesia el dolor emocional. Antes de que te hayas dado cuenta te has hecho adicta a esa sensación. Y también a la sensación de control. No puedes controlar nada más en tu vida, pero al menos el dolor físico puedes controlarlo.

También puede que seas un chico. Tú no estás loco, ni desequilibrado, ni eres débil. Solo eres una persona sensible. Los locos son los que te han llevado hasta aquí. Solo un psicópata o un perfecto hijo de puta necesita machacar a otra persona para sentirse superior. No estoy aquí para juzgarte ni para escandalizarme. Ya he pasado por lo que has pasado, no me siento superior a ti. Solo quiero decirte que hay otras maneras de liberar emociones que no puedes contener: angustia, rabia, impotencia, soledad, culpa, vacío.

No te voy a decir que todo pasa. El dolor no pasa. Siempre está ahí, como una herida de guerra. Pero vas a poder hacer algo con ese dolor. Poesía, música, fotografía, arte, cine. Puede que incluso te paguen por ello, y bien. Puede que inspires a otras personas. Puede que ayudes a otras personas como tú, como yo, como nosotros.

Tampoco te voy a decir que llegará alguien que te quiera. El amor no es la respuesta. Si no te rescatas tú, no te rescata nadie. Ni te voy a decir que confíes en tus padres porque a veces (a veces, no siempre) los padres son el problema, porque tú y yo sabemos que hay padres narcisistas, negligentes, maltratadores, abandónicos, sobreexigentes, perfeccionistas.

Solo te puedo decir que yo he estado allí, y ahora estoy aquí. Que me siento muy cerca de ti. Que me da pena y rabia que las cuentas cuquis y de todo felicidad puedan tener nombres y apellidos y que cuentas como la tuya tengan que ser anónimas. Que el dolor no debería ser motivo de vergüenza ni debería esconderse debajo de una alfombra.

Que la felicidad no es continua y siempre de color de rosa, pero que existe, y que llega, y a veces es violeta e intermitente. Y que espero que pronto te quites la etiqueta de víctima y te pongas la de superviviente. 

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