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ICONOS, PODER Y LUCHAS

El poder del símbolo: del tótem al Franco decapitado

Núria Marrón Núria Navarro

Una mujer lanza huevos a la estatua de Franco en el Born. / XAVIER JUBIERRE

Una mujer lanza huevos a la estatua de Franco en el Born.
El poder del símbolo: del tótem al Franco decapitado

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Ya saben todos cómo abandonó la calle el Franco decapitado tras 96 horas de performance 'non-stop' ciudadana. Durante su 'Born experience', sobre la superficie de la estatua fueron a parar –empieza el recuento– huevos, tomates y excrementos, banderas gais y estelades, hoces y martillos, una muñeca hinchable, una cabeza de cerdo y... hasta una puerta de balcón. La figura del dictador a caballo y con una cabeza en paradero desconocido –convendrán que ya un icono en sí mismo– se convirtió así en un pararrayos espontáneo contra el que descargaron rabias, venenos y luchas de distintos signos. Un observatorio excepcional, en definitiva, del fabuloso poder que, a día de hoy, tiene el símbolo.

¿Es entonces el episodio de Born síntoma de que vivimos en una guerra de símbolos? Inventariemos. El Tribunal Constitucional anula la ley catalana que prohíbe los toros cuando ignora los vetos en, por ejemplo, Canarias y Galicia; en la Diada se quemaron folletos con el rostro del Rey y la primera página de la Constitución; la UEFA sanciona al Barça por las 'estelades', y seis concejales del Ayuntamiento de Badalona que fueron a trabajar el día de la Hispanidad acaban imputados por desobediencia.

Pero no solo por el flanco territorial llegan los, diríamos, duelos icónicos. El busto del rey Juan Carlos pasó de presidir la sala de plenos del Ayuntamiento de Barcelona a una caja de cartón, lo que sin duda dio alguna pista sobre el lugar que para los comunes debería ocupar la monarquía. Las plazas del 15-M impugnaron un sistema económico y político que ahora coloca en sus altares al pájaro de Twitter y a la F de Facebook. Los carteles de "somos el 99% de la población" cortaron algún café en el totémico Wall Street. Y la iconografía feminista pone dinamita bajo esa imaginería de mujeres canónicas, accesibles y dispuestas que escupen la publicidad, la moda y la televisión. ¿Hay o no pues refriega simbólica?

LOS MEMES DE LA DISPUTA POLÍTICA

"El momento político que vivimos en el mundo, Europa, España y Catalunya es de polarización –explica Joan Subirats, catedrático de Ciencia Política de la Universitat Autònoma de Barcelona–. Y cuando eso pasa, los símbolos permiten simplificar el discurso y, al mismo tiempo, sintetizarlo. No se trata de una época de ideologías fuertes, pero sí de conflictos intensos en diversos temas y, lógicamente, la capacidad de construir imágenes permite manifestaciones más directas de estas tensiones".

"El símbolo permite sintetizar y simplificar el discurso", afirma el politólogo
Joan Subirats

En este sentido, apunta Subirats, los símbolos, ya vengan del poder como de la contestación, sirven de 'memes', de 'frames' que remiten, en un momento en el que "la comunicación es rápida y muy centrada en las imágenes", a marcos políticos más profundos que encuandran toda una forma de entender el mundo. ¿Cuántas palabras y significados les evoca, por ejemplo la simple visión de una estelada? Pues un puñado, seguramente. ¿Quizá 'procés', independencia,referéndum, 'dret a decidir'? ¿A qué les remite la bandera arcoiris? ¿Y la ya icónica 'casta' de Podemos?

Decía el lingüista George Lakoff, oráculo de los demócratas y la 'intelligentsia progresista', que pensamos en términos de marcos mentales y metáforas que modulan la forma en la que vemos el mundo, antes de entrar en el razonamiento analítico. Y que, de entrada, si los hechos no concuerdan con ese marco, acostumbramos a rechazar la información antes de poner en cuarentena nuestro sistema de valores.

Así que adivinarán cómo es de importante para la comunicación política dar con esos "memes", que diría Subirats, que evocan todo un mundo y que, al fin y al cabo, sirven de arietes para disputarse la hegemonía. ¿Un ejemplo? Cuando estalló la recesión, por todas partes se oía que habíamos vivido por encima de nuestras posibilidades, que debíamos hacer los deberes, que no había nada mejor que la emprendeduría. Luego las plazas dijeron que aquello no era una crisis, sino una estafa. Y así nació otro marco, con otras palabras –austericidio, ejemplo– y otros símbolos que remiten, claro, a otras recetas políticas.

PODEROS ARTEFACTOS DESDE LAS CUEVAS

Pero apeémonos de la actualidad y de la tribuna política. "Los símbolos nos hacen humanos, la capacidad de transferir información y de comunicarnos a través de cosas, trascendiendo así su funcionalidad, supuso un salto cuantitativo y cualitativo tremendo", apunta el antropólogo urbano José Mansilla. Con la llegada de la ilustración, se pensó que, en un mundo racional y científico, la simbología, muy unida a la religión, no tenía otro lugar que el desguace. Una ingenuidad, porque, como apunta el investigador, pasó "a otros ámbitos y sigue siendo muy poderosa a la hora de provocar respuestas emotivas e irracionales".

"Son muy poderosos 
a la hora de provocar respuestas emocionales", dice el antropólogo José Mansilla

El símbolo es pues un artefacto tan potente que, incluso, el hecho de colocar en el espacio público la estatua tullida del dictador ha tenido lecturas, e inflamaciones, absolutamente diferentes. Para la Fundación Francisco Franco se ha tratado de un "bárbaro aquelarre" y la prueba de cargo –atención– de que "en España nada une más a izquierdas y separatistas que su odio" al general.

Para parte del independentismo, la exposición, al oficarse en el Born, que evoca los hechos de 1714, ha supuesto un intento del Gobierno de Colau de aguar una memoria, la nacional, que a menudo le resulta incómoda. Y para el grueso de represaliados, sacar la figura del almacén brindaba la oportunidad de revisar la impunidad del régimen y a la banalización de una simbología que, como quien silba y mira hacia otro lado, ha llegado hasta nuestros días. "Si los organizadores entendían que todas estas muestras de espontaneidad podían darse, han logrado sus objetivos –apunta el antropólogo–, pero si creían que de forma civilizada recapacitaríamos sobre el franquismo igual estaban desubicados. En Italia y Alemania, vencieron los antifascistas. Aquí, en cambio, Franco murió en su cama y la transición fue en realidad un salto controlado, una transacción, a la democracia: no hubo limpieza, sino silencio. Así que no tenemos superado el franquismo".

CARTOGRAFÍA DEL LA SIMBOLOGÍA URBANA

Que una estatua de bronce de 1.500 kilos de peso y tres metros de altura haya suscitado este happening precisamente en la calle no es algo que sorprenda a una antropólogo urbano. De hecho, el espacio público es el lugar en el que convergen los conflictos, con todo su repertorio de discursos y símbolos. "Las relaciones que antes se daban en las fábricas ahora tienen lugar en las urbes, con los vecinos que luchan contra esa idea de que las ciudades sean productos en venta". Así, frente al paseo de Gràcia y la Marina Port Vell como máquinas expendedoras de lujo y poder, las resistencias vecinales replican con eslóganes e imágenes tipo 'Barcelona ens ofega' –¿alguien ha visualizado un crucero?– o 'Ciutat Vella no està en venda'.

La coreografía siempre es importante para el poder. Y en las ciudades, un fabuloso boscaje de estímulos, se han utilizado estatuas, edificios e incluso el callejero para hacerla entendible, 'legible', al ciudadano sobre lo que es (o no) importante. Levantemos la vista hacia la torre Agbar, un icono de muchas cosas a la vez. Una multinacional que negocia con un servicio básico como el agua –y con experiencia en el reciclaje de políticos municipales– hace un alarde de poderío adquiriendo el coloso del arquitecto Jean Nouvel, que a la petición de un edificio icónico había contestado con algo parecido a un falo de 145 metros de altura. «El orden simbólico en la ciudad gira alrededor del hombre blanco, sano y de clase media o alta –apunta Mansilla–. Si te falta alguna de estas características, tienes un problema». Los códigos de género también llegan, por cierto, con una liturgia estrictísima que determina a qué se puede aspirar o cómo vestir e incluso hablar. ¿O alguien se imagina a un presidente del FMI con la pinta de David Bowie? 

ANTES SALE EL SÍMBOLO QUE LOS DIENTES

Pero, ¿cómo se instala lo simbólico en nuestras molleras? La psicología explica que, entre los 6 y los 18 meses, el bebé humano reacciona con regocijo al contemplar su imagen en el espejo. Viendo al 'otro' se percibe a sí mismo como un todo y no como un despendole de hambre, mocos y cólicos. El Yo, pues, empieza a construirse a partir de una imagen externa.

El psicoanalista Jacques Lacan, influenciado por los lingüistas Ferdinand de Saussure y Roman Jakobson, observó que el inconsciente opera con reglas análogas a las del lenguaje. Así, si la madre alza al bebé frente al espejo y, al mismo tiempo que lo confronta con su imagen, le dice "pareces una albóndiga" o "tienes más pelo que Puigdemont", la identidad del niño pasa a depender de cómo asuma esas palabras (y las de la tribu). Zas. El cachorro ha entrado en el inagotable mundo de lo simbólico.

Yendo un poco más lejos, Lacan dice que nos movemos entre 'lo real', 'lo imaginario' y lo simbólico. Lo real es lo que no podemos pensar o representar ("la vida [lo real] es lo que pasa mientras hacemos otros planes", diría John Lennon). Lo imaginario es el pensar con imágenes ("la dimensión del engaño", zanja el psicoanalista francés). Y lo simbólico –incluido el lenguaje– es la forma de abordar lo real que se escabulle. ¿Siguen ahí? 

¿No? Un ejemplo: ante la visión del tótem (un triste leño), los miembros del clan saben que no deben mantener relaciones sexuales entre sí. Aquí, 'lo real' es evitar el incesto y la consanguinidad, y 'lo imaginario', los temores y esperanzas que cada miembro proyecta en el trozo de madera. "El tótem (o la bandera con la cruz de los cruzados) representan el dios protector del grupo y, al mismo tiempo, al grupo mismo", subraya Gerard Horta, profesor de Antropología Social de la UB.

El símbolo cohesiona, sí. Pero también monta trifulcas. El Celtic de Glasgow ha pagado recientemente una multa de 10.000 euros porque en un partido contra un rival israelí el público llenó una grada de banderas palestinas. Catalunya también se ha doctorado en el poder de una tela (en el 2012 se vendieron 70.000 metros). Para unos, desplegar una estelada en el Bernabéu es mejor que una cena con Rosario Dawson y para otros, la expresión de la voluntad de 'rom-per-Es-pa-ña'. "Por eso, los antropólogos sociales afirmamos que un símbolo es siempre más potente que la realidad que simboliza", subraya Horta. "Proyecta una interpretación del mundo, de la sociedad y, a la vez, remite a los principios de acuerdo con los cuales ordenar, actuar y vivir en sociedad a modo de guía para la acción".

UN VIAJE DE 40.000 AÑOS

Como decíamos, nada de esto es nuevo. Hace 40.000 años, una  mano neandertal hizo –con toda la intención– ocho marcas en la cueva de Gorham en Gibraltar. Aplicando el 'zoom', resulta que la cueva era un lugar sagrado, un tabú; y el artista, un chamán que, con aquellas muescas, aseguraba de forma ritual el éxito de las cacerías. 

El tabú, según el fisiólogo y filósofo alemán Wilhelm Wundt, es el más antiguo de los códigos no escritos de la humanidad. Protege a los débiles, preserva al sujeto de los peligros de determinados alimentos, lo ampara de la cólera de dioses o demonios. "Son objetivaciones del temor al poder que llegan hasta nuestros días en forma de prescripción moral y de ley", anota Wundt.

¿Por qué nos hemos plegado a los símbolos durante siglos? Sociólogos como Émile Durkheim explican que la identificación del símbolo como sagrado se origina a través del contraste entre la vida ordinaria –"donde aparece la ansiedad por asegurar la subsistencia" (hoy también sabemos lo que es)–, y aquellos momentos en los que, mediante la repetición de una fórmula mágica, un sacrificio, un oración o un lema político, se encuentra un horizonte de sentido. 

La religión, con su jerarquía sagrada, marcó un buen trecho de la historia. Y parecía que, en el siglo XX, cuando Dios había muerto –lo dijo Nietzsche–, lo simbólico dejaría de marcar el paso. Pero no fue así. "Cuanto más secularizada se hace una sociedad –a expensas de las formas de religiosidad tradicional que se suponen superadas–, más se sacralizan objetos que representan nuevos cultos. A lo largo del siglo XX, nación y clase han sido divinizados como entes trascendentes",  señala Enric Ucelay-Da Cal, catedrático de Historia Contemporánea de la UB.

EL TÓTEM ES LA RED

En el XXI la cosa se embrolla. "La razón está en dificultades y nos encontramos ante símbolos desprovistos de razón y de razón sin dimensión simbólica", enuncia el etnólogo francés Marc Augé. En el fragor de la globalización, aventura, "la fuerza del símbolo puede estar en el despertar de la memoria" (derribar la casa natal de Hitler en Austria, 'tunear' a Franco en el Born, coronar al duque de Wellington con un cono de tráfico en Glasgow).

Y dentro de un mismo sembrado de la memoria, señala Horta, puede ocurrir que "se simbolice como un referente histórico-nacional la vida y obra de Cambó, mientras se invisibiliza la figura de Isabel Vilà, la primera sindicalista catalana que plantó cara a la explotación infantil en el sigo XX".

A todo esto, Slavoj Zizek, calificado como "el filósofo más peligroso de Occidente", añade que "hoy hay muchas creencias [símbolos] en las que nadie cree, pero que mantenemos para no disgustar a otros: creer en los Reyes Magos o en la democracia (nadie cree en ellos pero todos tenemos que guardar las apariencias para evitar el desastre)". Y lo curioso es que los símbolos "tienen que mantenerse virtuales para tener efectividad".

Dirán, ¿la democracia? ¿Un símbolo virtual? El filósofo francés Alain Badiou considera que la democracia –la del Estado, la normativa– "es la máscara detrás de la cual se encuentra el capitalismo mundializado". La red social, y su promesa de hacer oír nuestra voz, sería la distracción global mientras el poder continúa barriendo para casa. ¿Se lo creen? 

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