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Así se ha hecho un (gran) musical

NÚRIA MARRÓN

La ambientación: Montse Amenós compró las telas en Lyón para un vestuario no canónico que supone un pelotazo de color en una obra que remueve las cenizas de la revolución francesa con humor y épica. Toni Viñals (de rojo), entusiasta del género de capa y espada, tiene la sensación de llevar preparándose para el papel de ‘Scaramouche’ desde la adolescencia.  Para Ana San Martín (de blanco y junto a Ivan Labanda y Mireia Mambo), el reto ha sido encontrar el punto justo de comicidad, pasión y rebeldía para su personaje, Olimpia, un guiño libre a Olympe de Gouges, que en plena revolución firmó ‘La declaración de los derechos de la mujer’ y acabó en la guillotina.

La ambientación: Montse Amenós compró las telas en Lyón para un vestuario no canónico que supone un pelotazo de color en una obra que remueve las cenizas de la revolución francesa con humor y épica. Toni Viñals (de rojo), entusiasta del género de capa y espada, tiene la sensación de llevar preparándose para el papel de ‘Scaramouche’ desde la adolescencia.  Para Ana San Martín (de blanco y junto a Ivan Labanda y Mireia Mambo), el reto ha sido encontrar el punto justo de comicidad, pasión y rebeldía para su personaje, Olimpia, un guiño libre a Olympe de Gouges, que en plena revolución firmó ‘La declaración de los derechos de la mujer’ y acabó en la guillotina. / FERRAN NADEU

En algún que otro momento, las más de 50 personas que estos días afilan 'Scaramouche'el musical de gran formato que Dagoll Dagom estrena el próximo viernes, han tenido la sensación de ir a bordo de una vagoneta desbocada. Una monumental trapisonda formada por actores, acróbatas, pelucas, ropajes, miriñaques, espadines, músicos, técnicos, 'staff' y una escenografía enorme que, ensayo a ensayo, se ha ido convirtiendo en un afinado engranaje. «La experiencia da la tranquilidad de saber que el ensamblaje funcionará, pero no alivia la incertidumbre de la confrontación con el público, eso siempre es un misterio y un momento fuerte», admite Joan Lluís Bozzo, autor del libreto y director de esta compleja maquinaria.

Cuando el viernes se abran sus telones colosales (ya se habrán dado cuenta de que aquí todos los adjetivos son de formato monumental), quedará atrás el trabajo de más de un año en el que han participado más de 200 personas y que se puso en marcha el día que la compañía decidió que ya era hora de sacar del «cajón de los proyectos» aquella vieja idea del compositor Albert Guinovart.

"El poder entiende cualquier pequeña cesión como una pérdida de autoridad, esa es su esencia", afirma Joan Lluís Bozzo

«Siempre necesitas una chispa que encienda el fuego», explica Bozzo. Y su 'Scaramouche', cuenta, fue llegando a fogonazos. El musical de capa y espada, decidió, se escoraría hacia la comedia de errores, pivotaría sobre dos gemelos separados al nacer que viven entre la corte y una compañía de comedia del arte, y habría, claro, amor y revuelta. «En la película [de 1952], no aparece la palabra 'revolución', a pesar de que la trama está ambientada en la revolución francesa. Seguramente porque entonces la caza de brujas era feroz. Pero la historia mantiene la vigencia: pocos lo tienen todo y se niegan a ceder nada. El poder entiende cualquier pequeña cesión, ya sea social o de soberanía, como una pérdida de autoridad. Esa es su esencia».

A las partituras se puso Albert Guinovart, que ha librado «una negociación continua» con Bozzo y de la que ha salido una banda sonora que insufla el espíritu «aventurero y excitante» de las películas de espadachines y que reparte guiños a las «fantasías sinfónicas» de los musicales de los 40 y 50, a los minués aristocráticos y a la comedia del arte. Cuando el autor de 'Mar i cel' tuvo a punto el repertorio, el coreógrafo Francesc Abós empezó a escucharlo «una y otra vez y, con los ojos cerrados, a contar pasos e imaginar qué emoción quería transmitir». Los movimientos, sin embargo, no los concretó hasta tener, dos meses atrás, a los 18 actores en la sala de ensayos. «Me inspiran ellos, así la escena resulta más vibrante».

Además del esgrima, que ha requerido de 12 semanas de clases a cargo del maestro de armas Jesús Esperanza, la dificultad de la coreografía también ha sido ajustarse al «vestuario grandioso» que ha salido de la imaginación de Montse Amenós, de tres talleres y de un tienda de telas de Lyón. «Ha sido una odisea -admite la escenógrafa y figurinista-, cada vestido necesita 10 metros de tela y en total hay una setentena de figurines. Hemos sido muy meticulosos, y hay mil detalles de pasamanería», además de sables, máscaras, cinturones, pelucas, sombreros, zapatos y toda la imaginería barroca que, ay, acabó en la guillotina.

La música de Albert Guinovart insufla el espíritu "aventurero y excitante" de las películas de espadachines

¿Falta alguna pieza para ensamblar en el engranaje? Sí, y de dimensiones enormes: la escenografía de Alfons Flores, que se erige en «un personaje más» -la revolución-, a través de la dualidad entre la nobleza y el pueblo, y que requería pasar en un pispás del mundo aristocrático a un camerino de teatro popular y a la plaza pública. Lo ha conseguido creando artilugios -como un ascensor y plataformas que suben y bajan- y ampliando el escenario sobre la platea. Habla la productora ejecutiva Anna Rosa Cisquella, en el panel de mando de la nave. «Producir es como coger un avión: has de saber despegar, volar y aterrizar. Ateniéndote a un presupuesto, debes dar respuesta a las dificultades y a las ideas nuevas. Y en este caso, además, también tienes que estar un poco loco. Es un montaje tan arriesgado que en EEUU nunca se habría hecho: para amortizar costes, necesitamos 200.000 espectadores, lo que equivale a una temporada funcionando». ¿Sienten también el vértigo?

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