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apuesta por la vida simple

Menos (tener) es más (ser)

Núria Navarro

El bombazo del libro 'La magia del orden' (Aguilar) de Marie Kondo, la fiebre de las miniviviendas en EEUU y el tráfico en las plataformas de venta de segunda mano son síntomas de que ha llegado a la calle lo que la academia llevaba tiempo predicando: la necesidad de simplificar, de reflexionar sobre qué es suficiente para vivir feliz sin poner la bota al cuello a nadie ni esquilmar el planeta. "Estamos frente a un consumidor que, de forma consciente, opta por expresiones como el 'no consumo' o el 'menos pero más duradero' –anuncia el sociólogo Zygmunt Bauman, el padre de la modernidad líquida-, poniendo en evidencia algo que nunca creímos que sería posible en los 80 y 90: por primera vez la expresión 'menos es más' [atribuida al arquitecto Mies van der Rohe] tiene sentido".

LIMPIEZA, NIVEL 1

Antes de entrar en espesuras, volvamos a Marie Kondo y sus seis millones de ejemplares vendidos en 30 idiomas (más de 100.000 en España). Su propuesta -limpiar y ordenar el espacio habitable para limpiar y ordenar la mente- está funcionando como el láser desintegrador del coprolito de la acumulación irracional.

El método Konmari

  • 1/ Guardar solo lo que nos hace feliz.
  • 2/ Ordenar por categorías, no por áreas.
  • 3/ Hacerlo todo de una sola vez.
  • 4/ Empezar por la ropa y acabar por los objetos con valor sentimental.
  • 5/ Doblar la ropa de modo que quede vertical y a la vista.

El editor en España de 'La magia del orden'Pablo Álvarez, señala que Kondo ha hecho diana en unos tiempos de ahogo económico y de transición hacia un estilo de vida minimalista. "Crece la necesidad de vivir ligeros de equipaje -explica Álvarez-. Y Kondo habla de eso, de para qué quieres cuatro pares de botas si con uno basta, o por qué guardas esa figura que te trajo tu cuñada de Praga si no te hace feliz".

Algo tan lógico, tan de matraca materna, ha llevado a miles de personas -el editor incluido- a tirar una media de 15 bolsas de basura y a engancharse al consumo responsable. "Una vez empiezas, ya no puedes parar", asegura Álvarez, que prepara la salida en octubre de 'La felicidad después del orden', la segunda entrega de Kondo.

A la plusmarquista japonesa le sigue un pelotón de autoras encabezadas por Francine Jay, conocida en Estados Unidos como Miss Minimalist, que ha publicado el libro 'Menos es más. Cómo ordenar, organizar y simplificar tu casa y tu vida' (Zenith), y de blogueros como Valentina Thörner, una alemana afincada en Mataró que nutre desde el 2010 el blog Valedeoro, uno de los más antiguos en la comunidad minimalista en castellano.

LIMPIEZA, NIVEL 2

Ellas son apóstoles de la fe en el 'decluttering' (despejar, suprimir lo innecesario), un movimiento que abrazan miles de estadounidenses. Sus partidarios se deshacen de todo aquello que les sobra y -sino son desechos- les proporcionan una segunda vida vendiéndolos en las plataformas digitales (según datos de Vibbo, también el mercado español de segunda mano movió 930 millones de euros en el 2015). Una vez aligerados de morrallas, el siguiente paso es nunca, jamás, salir de compras como actividad de ocio.

¿POR QUÉ AHORA?

Puede que, como señala David Brooks, columnista del 'New York Times', solo sea un fenómeno más de consumo. Ya saben: 'compre una vida materialmente simple'. Pero también, matiza el propio Brooks, puede que tenga que ver con la tentativa desesperada de buscar la identidad en un mundo que la tritura. El caparazón con montañas de cosas que conmemoraban nuestro pasado, explicaban nuestra identidad o representaban la esperanza en el futuro ya no protege de la escasez, la privación o la pérdida. El grado de desamparo afecta a una mayoría. Y la desigualdad y la salud del planeta piden a gritos un cambio de modelo.

Uno de los asientos teóricos de ese cambio es el decrecimiento, una corriente de pensamiento económico y social que desmitifica los beneficios del desarrollo. Uno de los pioneros en España, Julio García Camarero (Madrid, 1936), autor de 'El crecimiento mata y genera crisis terminal' (2009) y 'El decrecimiento feliz y el desarrollo humano' (2010), disuelve la primera duda: "Hay dos clases de decrecimiento: 1/ el infeliz, en el que el crecimiento de una minoría –la oligarquía– se consigue a partir del obligado decrecimiento de la mayoría. Y 2/ el feliz, que es llevar una vida austera". 

García Camarero alerta que, mientras "la austeridad que propone la oligarquía no es austeridad sino miseria", la simplicidad elegida es "vivir con lo justo para vivir bien con los otros". Según el teórico, para abrazar ese principio hace falta "desinstalar el chip del consumismo, que solo produce insatisfacción y ansiedad", pero que el poder se encarga de activar. "A todas horas, Rajoy nos dice por televisión: ‘A ver si crecemos’, ‘ya estamos creciendo por encima de las previsiones’...". Un martilleo que, a su juicio, solo acabará cuando en las escuelas se insista en la necesidad de "producir menos, trabajar menos y consumir menos". De ese modo, explica, se lograría mantener el empleo y, al fabricar lo necesario, no habría contaminación ni agotamiento de los recursos naturales.

HABLA LA NASA

La NASA, que sabe cómo meter humanos en una cápsula y evitar que se saquen los ojos, asegura que necesitamos un espacio mínimo de 49 metros cuadrados para uso residencial. El dato le habría ahorrado a la ministra socialista María Antonia Trujillo muchas noches de insomnio en el 2006, año de vacas muy gordas para la economía española. Trujillo, recordemos, propuso en plena burbuja inmobiliaria un plan de viviendas de protección oficial de 35 metros cuadrados y todo el país se partió de risa ("se ve que [los pisos] son tan pequeños que los plomos, en vez de saltar, se agachan", bromeaba Andreu Buenafuente en su 'late show' de Antena 3).

Nadie sospechó que seis años después se registrarían en España 517 desahucios diarios, o que una década más tarde el alcalde de Nueva York, Bill de Blasio, se pondría la medalla al impulsar 55 minipisos, de entre 25 y 35 metros cuadrados, en Manhattan, con precios de alquiler de entre 860 y 1.350 euros, la mitad del precio de mercado en la Gran Manzana. Sí los defendió el artista Manuel Margalef (Amposta, 1963), que en aquella época montó la instalación 'En venta' en el Tinglado 2 de Tarragona. "Era una promoción de casas de 30 metros cuadrados" que permitía al visitante entrar y opinar sobre los "infrapisos" –como los afeó la opinión pública–, transformando la obra en un observatorio antropológico. Hoy Margalef va más allá. "Pasó el tiempo del ‘somos lo que somos a partir de los objetos que nos describen’ –argumenta–. Las cosas ya no nos dicen nada. Cada vez menos ciudadanos quieren dependencia o compromiso con ellos".

MIL EUROS EL METRO CUADRADO

Eso explica, en parte, el furor que causan las 'tiny houses' (minicasas) en Estados Unidos, un país donde hasta hace cuatro días la media de espacio habitable por familia era de 201 metros cuadrados. La moda, inaugurada en 1997 por el diseñador Jay Schafer para no tener que limpiar y que hoy lidera un nanoimperio de las casitas, no solo es una alternativa para familias en apuros –cuestan mil euros el metro cuadrado–, sino que, según una encuesta de la web 'Tiny Life', los dueños de las minicasas tienen un salario mayor que la media norteamericana y el 55% de propietarios son mujeres (entre el 45% de hombres está Matt Bonner, estrella de los San Antonio Spurs, que el pasado abril compró una 'tiny' de 25 metros cuadrados para meter sus dos metros de altura y a toda su familia).

CULTURA DEL LADRILLO

En España la cosa va mucho más lenta. Según el arquitecto Daniel Corbí, de CSYA (microcasas.com), empresa especializada en diseño bioclimático de Madrid, "se debe a la inercia de la cultura del ladrillo y a una normativa del suelo que no lo pone fácil". Cuenta Corbí que en el 2012, cuando presentó sus 'tiny' en la feria de consumo responsable Biocultura, la gente pasaba de largo o le soltaba un "yo lo que quiero es una casa grande". Hoy nota un sensible aumento del interés. Solo lleva cinco microcasas puestas en pie –con un precio algo superior a las de EEUU–, pero asegura que cada vez recibe más llamadas de "jóvenes con cabreo social que aspiran a la independencia energética".

En Barcelona, una de las pioneras de lo mini fue la arquitecta romana Barbara Appolloni, autora del Lego Apartment (2007), un piso de 25 metros cuadrados habilitado en el antiguo palomar de un edificio del Born. "Elegí el vacío como punto de partida porque, a mi juicio, la serenidad viene dada por la relación entre la persona y el espacio", explica.

"El resultado es aparentemente muy simple –dice Appolloni–, pero detrás del pavimento y de las paredes se esconden infinidad de elementos que se activan según las necesidades, como en una especie de juego. Aunque sea minúsculo, es un espacio que respira".

BIENESTAR MÍNIMO

Pero, ¿qué es lo imprescindible para un mínimo confort? Appolloni, que también es interiorista, asegura que no son necesariamente los objetos los que configuran el bienestar. "Para vivir confortablemente, el espacio no tiene que pesar sino acompañar –explica la romana, amante de tener pocas cosas y de calidad–. La mejor sensación global en un espacio es no sentir nada". 

Los prescriptores del interiorismo están de acuerdo en tres puntales: 1/ evitar la saturación (solo caben lo necesarios o lo imprescindible). 2/ buscar la funcionalidad (inclinarse por "muebles que puedan usarse más que admirarse"). Y 3/ optar por los materiales naturales ("no solo crean atmósferas en armonía con el medio ambiente sino que, con buenos cuidados, duran años").

Atención. El salto a la simplicidad no es tan fácil como llenar bolsas de basura, poner una colcha de algodón de Egipto o probar a vivir en un palomar. Es un propósito a considerar. Ahora que llega septiembre.