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EL LEGADO DE LA INDIGNACIÓN

15M. AÑO 5

Núria Marrón

Solo han pasado cinco años, pero parecen cinco eras geológicas. El centrifugado frenético en el que hemos vivido -y que incluye desde una impugnación al sistema político y económico hasta una abdicación y la irrupción de nuevas formaciones políticas- seguramente tuvo su interruptor en aquel 15 de mayo del 2011 en el que un sinnúmero de espontáneos acamparon en plaza de Catalunya y en la Puerta del Sol tras una manifestación convocada no se sabía muy bien por quién ni para qué.

¿Recuerdan el desconcierto? No eran de derechas ni de izquierdas, repetían, infartados, los opinólogos. Tampoco blandían banderas ni eslóganes homologados. Y eran tan estrambóticos, decía el runrún mediático, que incluso hablaban en femenino plural. Pero, al poco, de entre aquel gran barullo empezó a aflorar una sintonía: los mensajes que salían de las plazas impugnaban el bipartidismo ("del PSOE solo esperamos su autodisolución"), hablaban de rescatar a personas y no a bancos y, aunque el domingo 22 se celebraban elecciones municipales, se mostraban ajenos a la vía electoral y vindicaban la política en primera persona con proclamas como la ubicua "no nos representan" o la irónica "me gusta cuando votas, porque estás como ausente", que se decía parafraseando a Pablo Neruda.

Dolo Pulido León y Adriana Sabaté Muriel. Feministas 

Dolo y Adriana recuerdan un malestar que urgía a "hacer alguna cosa". Así que, en cuanto supieron de la acampada, junto a otras muchas mujeres, se plantaron en Catalunya y desplegaron una cuerda en la que tendieron un puñado de bragas. Alrededor de aquella colada empezó a bullir lo que se convirtió en el colectivo Feministas Indignadas. Tenían trabajo por delante. "El paro y el desmantelamiento de los servicios públicos golpeaban específicamente a las mujeres, que siguen sosteniendo la red de cuidados, y, en cambio, en los medios y las redes ese impacto resultaba invisible", apunta Adriana. Pero había más. Pronto se dieron cuenta de que, si no vigilaban, las mujeres acababan teniendo mucho trabajo logístico y poca voz en las asambleas. "Era importante qué se decía pero también cómo. Que nadie monopolizara los turnos de palabra. Parecía que no había mañana y, cuanto más tarde se tomaban las decisiones, más masculino y joven era el auditorio".

Al fin y al cabo, hacía décadas que los feminismos venían trabajando en los temas que se ponían sobre la mesa: que el patriarcado y el capitalismo impiden una democracia real, que las decisiones se han de tomar de forma horizontal, que la vida humana, en definitiva, debe estar en el centro de la organización política y económica. "Creo que el feminismo salió extramuros y se rejuveneció. Ahora parece incluso que está de moda –añade Dolo–, pero a menudo se distorsiona y sigue habiendo una gran resistencia masculina a revisar los privilegios".

¿Qué queda hoy de todo aquello? Pues siendo literales hasta el ridículo, se diría que apenas el puñado de tiendas que desde hace unos días se han vuelto a plantar en la plaza y que, a rebufo del Nuit Debout francés, han resistido las lluvias confiando en que la convocatoria mundial que este domingo llama a llenar de nuevo las calles "suponga otro gran estallido", apunta Vero, una de las acampadas.

Sin embargo, sin anticipar nuevos terremotos y echando la vista atrás, no es difícil ver que aquel gran rugido "supuso un punto de inflexión, un cambio de tiempo que ha implicado transformaciones relevantes y cuyo recorrido aún está por ver", apunta Jordi Mir, profesor de la Universitat Pompeu Fabra y autor de 5 años de '15M. Movimientos sociales construyendo democracia' (Viejo Topo). ¿Quién habría dicho entonces que una activista por el derecho a la vivienda sería la alcaldesa de Barcelona? ¿Que una nueva formación, Podemos, contribuiría a poner en jaque el turnismo bipartidista y que, por primera vez, las elecciones generales deberían repetirse? Los nuevos tiempos, sin embargo, arrojan más interrogantes que certezas -¿qué pasa cuando el activismo llega a la institución? ¿agoniza o no el sistema nacido de la Transición?-, pero antes de afrontarlos, pongamos el retrovisor.

DE LA PLAZA A LOS BARRIOS

Cuando la gente empezó a ir en tromba a la plaza, un profundo malestar revolvía los vientres. Ahí estaban la austeridad, los rescates, la corrupción, los desahucios. Había un estribillo que hablaba de apretarse el cinturón y de haber vivido por encima de nuestras posibilidades. En la plaza no había barreras ni puertas a las que llamar. Así que todo el mundo se dio por bienvenido. Activistas con mucha calle. Gente que no había protestado en su vida. Jóvenes que rondaban los 30 y que, a pesar de haber hecho todo lo que se supone que debían, estaban abocados al precariado. Y, junto a ellos, sus padres. "Hubo un cambio de paradigma. La gente vio que la calle podía ser suya, que el capitalismo se estaba cargando nuestras vidas y que, como dijo la PAH, era posible organizarse y cambiar", dice la activista Irene Jaume, una de las impulsoras del libro 'RT#15M', sociología del malestar y la revuelta a partir de imágenes y tuits.

Cristina Vaquer. Activista

"Sin apenas proponérselo, Cristina se vio convertida en la paciente notaria de aquel lío monumental que fue la plaza. ¿Imaginan un lugar más pesadillesco que escribir las actas de aquellas asambleas en las que participaban centenares de personas y en las que, hasta bien entrada la madrugada, se decía una cosa y su contraria? Pues de ello se ocupaba Cristina, que da cuenta así de aquella olla entrópica. "El primer día que llegué me topé con un estand de Falange. Una cosa es la inclusión y otra dar a las alas al fascismo, y me fui". Pero, claro, volvió. Y poco a poco y acta a acta se fueron clarificando las vigas maestras: basta de inyecciones de dinero público a la banca, rescate de las personas y enmienda al bipartidismo y la ley electoral.

Hace un tiempo Cristina regresó a Mallorca, donde nació, para poner un "poco de calma" a estos cinco años en los que también ha participado en los movimientos antirrepresivos, en la ILP de educación y en la lucha contra la precariedad. El cansancio, sin embargo, no es la única muesca de este lustro: en junio irá a juicio, junto a 40 personas, por ocupar una sucursal del BBVA. "La represión, la fatiga y el salto a las instituciones han hecho mella en la calle. Pero debemos hacer más visibles las victorias, que son muchas y se han impulsado sin pisar las instituciones. Antes pocos cuestionaban la ley hipotecaria o la deuda. Habíamos vivido por encima de nuestras posibilidades, y ya. El 15M abrió una brecha, pensamos que podíamos cambiar nuestras vidas y debemos persistir: Syriza ya demostró los límites de la apuesta institucional y que sin presión social estamos perdidos".

Nunca existió como movimiento, porque no se articuló como organización y al poco se fue desinflando, pero el 15M –o "los distintos 15M, porque hubo uno en cada ciudad y cada barrio", mantiene la politóloga Cristina Monge– hizo aflorar un malestar y una indignación que estaban muy ocultos. En palabras del investigador Amador Fernández-Savater, se obró una "repolitización de la vida" y empezó a anidar "un clima que no se podía acotar en los límites de ninguna estructura u organización". "En nuestras democracias, la política se conduce como una gestión experta de las necesidades fatales del capitalismo global y el 15-M desafió esa idea, poniendo la política como posibilidad al alcance de cualquiera" y concibiendo los desafíos de la vida como algo a afrontar en común.

La nueva atmósfera también empezó a redefinir la realidad. Así, se impugnó el 'establishment' –partidos, sindicatos, medios de comunicación e incluso las oenegés– y un gran dedo acusador señaló que la política se desentendía de las urgencias y que la Troika ahogaba con sus cuentas a las personas. En el nuevo orden del día, las vidas se pusieron en el centro de la protesta, al tiempo que tomaban fuerza desde la deslegitimización del llamado "régimen del 78" –hackeado también por el proceso independentista catalán– hasta la revalorización de lo público y asuntos hasta no hace tanto difuminados como los cuidados, las distintas formas de relaciones familiares e interpersonales y el cuestionamiento de las identidades y los mandatos de género.   

En ese chup chup han bullido nuevos medios, las mareas ciudadanas en defensa de lo público y en los barrios se han impulsado, con desigual intensidad, ateneos, negocios alternativos y redes de apoyo mutuo que a menudo han dado respuesta a lo que la institución desatendía. Pero, sin duda, en una nueva mutación o spin off de la plaza, quien de forma más implacable ha señalado las miserias del sistema –con solo dos manifestaciones a cuestas y poniendo en marcha un nuevo tutorial de protestas– ha sido la PAH, que aunque nació en el 2009 multiplicó activos y argumentos a partir del 15M. "Son uno de los grupos activistas más potentes desde la Transición –opina Jordi Mir–, porque han unido el decir y el hacer: han negociado con los bancos, han parado desahucios, han forzado cambios legislativos, han ido a los tribunales, han empoderado a los afectados y, ocupando pisos vacíos, han garantizado el derecho a la vivienda. Incluso han sido un actor fundamental como cortafuegos de la xenofobia, porque al buscar responsabilidades, han apuntado hacia arriba y han desactivado conflictos entre quienes más sufren la crisis".

GIRO DE GUION

Pero un nuevo giro de guion estaba por llegar. Y lo hizo en las urnas de las europeas, en las que Podemos se erigió en la cuarta fuerza. Aunque su vínculo con la plaza no es literal, sí que ha ido en busca de los votos de esa "mayoría social" –el famoso "centro del tablero", en argot del ramo– que año tras año daba un 70% de apoyos a las proclamas, claras a la vez que ambiguas, del 15M. Así es como aquel fenómeno atmosférico que había nacido ajeno a la disputa por el poder institucional empezó a hacer recuento de nuevas opciones electorales. ¿Por qué? "Algunos, como gente de la PAH, vieron que en la calle determinadas realidades no se pueden resolver", afirma Mir. El salto al ruedo institucional, sin embargo, no ha estado exempto de división interna y del tactismo que impone la 'real politik'. Sea como sea, la noticia -cargada de expectativas pero también de contradicciones- es que las candidaturas ciudadanas de Barcelona en Comú y Ahora Madrid, en las que confluyeron un tropel de activistas, lograron la alcaldía en mayo.

Fabio Gándara. Democracia Real Ya

Todo fuego comienza con un chispazo. En el caso del 15-M, la mecha la encendió Democracia Real Ya, un colectivo de jóvenes indignados que se habían puesto en contacto a través de las redes. Fabio Gándara, por entonces un abogado en paro, estuvo en la fundación del grupo que convocó la manifestación que desembocaría en las acampadas. "La sociedad llevaba demasiado tiempo aguantando injusticias en silencio y los políticos no aportaban soluciones. La situación tenía que estallar por algún lado», razona este activista.

En los primeros días, a Gándara le tocó ejercer de portavoz de un movimiento sin rostro que tardó poco en tener vida propia. Y también perfil. "Nuestro discurso era abierto, sensato y nada sectario, basado en el sentido común, pero en seguida se apropiaron del movimiento activistas ‘de toda la vida’, que acabaron excluyendo a los que no veníamos del asamblearismo puro". 

Después del 15-M, Gándara ha participado en distintas plataformas sociales y políticas para promover la participación ciudadana en la vida pública, como Change.org, donde trabajó como organizador de campañas, y la formación socialdemócrata Decide en Común. Actualmente dirige una agencia de comunicación que colabora con diversas oenegés.

Un año después, el antropólogo José Mansilla, del Observatorio del Conflicto Urbano, apunta a que todavía debe definirse cómo será "la nueva articulación entre los movimientos sociales y la institución, y cómo se gestionarán los conflictos". El hecho, apunta Mansilla, es que el músculo del activismo y el pensamiento crítico, el que define qué es tolerable y posible y qué no, se puede resentir por el trasvase de activos de la calle a los despachos y porque muchas personas, también fatigadas por la movilización, focalicen sus expectativas en las urnas. "Sin embargo, aún no ha pasado el tiempo suficiente como para vislumbrar el horizonte", admite.

Lo que sí han empezado a verse son algunas contradicciones, como la gestión del caso de los manteros. El ejemplo de Syriza ya dio muestras de los límites con los que pueden toparse las llamadas fuerzas de ruptura, por lo que uno de los grandes interrogantes es si las nuevas formaciones podrán cambiar los entramados institucionales, con sus rigideces e intereses a menudo opacos, o si se acabarán acomodando, triturados por las estructuras y las inercias. "La institución puede ser un terreno hostil, un monstruo que devora, y no sé si este salto se ha debatido lo suficiente –añade Irene Jaume–. Pero si hay topes y políticas que no se pueden hacer, que lo expliquen".

PROCESO DESTITUYENTE

Y llegados a este punto, rematemos: ¿qué ha logrado el 15-M? Pues según el sociólogo Josep Maria Antentas, "mucho y poco a la vez". Es cierto que el estallido dio paso a un nuevo marco cultural, pero también que la conflictividad en la calle ha menguado, que el rodillo de la austeridad y la precariedad no se ha detenido y que la ley mordaza, por ejemplo, ha penalizado las nuevas formas de protesta de los últimos cinco años.

La politóloga Cristina Monge pone así las coordenadas del desconcierto actual. "El 15-M hizo visibles problemas que ya existían y que afloraron con la crisis. Algunos fruto de cómo se hizo la Transición, como el modelo autonómico, el sistema electoral –que prima la estabilidad a la pluralidad– o el monopolio que se otorgó a los partidos para hacer política, lo que explica la ausencia de mecanismos reales y efectivos de participación". Además de estos viejos vicios, otros que emergieron luego, como la corrupción y la certeza de que la economía financiera se imponía a la real, han desembocado "en una destitución del sistema en un momento en el que todavía no se ha constituido la alternativa. Estamos en el mientras tanto. Y eso también explica los resultados del 20-D. Los viejos no perdieron y los nuevos no ganaron. Y creo que la confusión seguirá tras la elecciones del 26-J. Puede que de ellas, por la aritmética de los escaños, salga un gobierno, pero será precario e inestable".

Alfons Roman. 'Iaioflauta'

Quién iba a decir que la infantería pesada del 15-M vendría por su flanco más sénior. Sí, hablamos de los 'iaioflautes', un colectivo tan inopinado como su momento fundacional. Cuenta la historiografía quincemayista que, por aquellos días, unos cuantos veteranos comían en un chino cuando vieron por la tele a Esperanza Aguirre llamar "perroflautas" a los acampados. "Pues nosotros seremos los iaioflautas", soltó uno. Cinco años más tarde, Alfons Román, bregado en el PSUC, CCOO y las luchas del Besòs, sigue sin apearse ni del chaleco flúor ni del modus operandi del grupo. "La última ocupación fue en el CaixaForum: protestábamos por la gestión de la T-Mobilitat a manos de un consorcio en el que está integrado La Caixa", explica el activista.

"Por el futuro" de sus "hijas y nietas" han ocupado, recuenta, desde la Conselleria d’Interior hasta bancos, autobuses, la patronal catalana y la bolsa, donde "podía mascarse la tensión". Los 'mossos', recuerda, acordonaron el edificio y, para salir, les exigían que se identificaran. Y ellos que no. Que el DNI no lo sacaban. "Supongo habría sido muy fuerte ver a policías llevándose a rastras a una panda de abuelos y nos dejaron tranquilos. Así que. como siempre, celebramos con un vermut que todo había ido bien". En este lustro de acción, Román, que concilia el Telegram con viejas prácticas de la lucha clandestina, dice haber visto a compañeros aparcar bastones y pastillas. "Nosotros ya no tenemos nada que perder. ¿Qué nos pueden hacer? No sentir miedo es una sensación muy poderosa y nuestra gran fuerza".

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