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"Molta merda"

Núria Navarro

Al final de sus días, Ingmar Bergman tuvo la certeza de que el teatro había sido "el principio, el final y casi todo lo que hubo en medio". Fue un destino del que no pudo -ni quiso- escapar. Es probable que le ocurra algo parecido a Miranda Gas, cachorro de la Estirpe Teatral Nacional de Catalunya. ¿Una exageración? Vean su pedigrí. Su madre es la actriz Vicky Peña. Su padre, el actor y director Mario Gas. Sus abuelos, la grande de la escena Montserrat Carulla, el doblador Felipe Peña y el cantante de ópera Manuel Gas. Y su tío-abuelo, Mario Cabré (el torero que tuvo un lío con Ava Gardner para berrinche de Frank Sinatra). Si instalan una platea en su cita de Navidad, fijo que le roban público a los 'pastorets' y a los pesebres vivientes.

Es tal su arraigo al teatro, que incluso afectó a su vida intrauterina. Vicky Peña la fue a parir a Madrid porque su padre dirigía allí la 'Salomé' de Núria Espert. Y le dieron el nombre de Miranda, como la hija de Próspero, el protagonista de 'La tempestad' de Shakespeare. "Podría llegar a sentir más peso que si cargara literalmente a toda la familia a hombros, pero no es así -afirma Gas-. Montse y Vicky han predicado con el ejemplo y han tenido la generosidad de dejar que estuviera allí para verlo". Lo dice empleando los nombres de pila de sus mayores, como para crear una distancia simbólica entre lo artístico y lo doméstico. "Ella es muy ella -anota Peña-. Quiere hacer las cosas a su manera. Y yo la entiendo, porque, acertada o erróneamente, a mí me pasó lo mismo".

LOS RAROS SON LOS OTROS

La niña Miranda, como le ocurría a Miércoles Addams, jamás vio a su familia insólita ("más bien pensaba: '¡Qué raros son los otros!'"). Y en 1988 -tenía 3 años- presenció entre cajas 'Dancing!', el trepidante musical de Hélder Costa en el que actuaba su madre y su padre se encargaba de las luces. "Enamorada de todo lo que veía -dice- decidí que quería ser actriz, cantante y bailarina". Nadie la presionó. Los Carulla-Peña-Gas son alérgicos al proselitismo. Se contagian succionando el goce de los propios y los ajenos. Y si no, atiendan:

Montserrat Carulla.- Vicky, que era auxiliar de enfermería, vino un día y me dijo: "¿Sabes qué, madre? He decidido ser actriz". Y yo le contesté: "No es algo que decidas tú. Ser actriz se es o no se es. Sube a un escenario y te diré si estás en el buen camino".

Vicky Peña- Yo eso no lo recuerdo. Lo debiste pensar.

M.C.- Te lo dije. En aquella época muchos hijos de grandísimos actores se metieron en el teatro y sus padres se morían de vergüenza.

V.P.- A Miranda le sugerí que hiciera aquello que le hiciera feliz. Pero no podía negarle que se metiera en un oficio que tanto he querido y me ha hecho crecer. Al ver que tenía condiciones, me sentí orgullosa por su afinidad a un tipo de vida que, no solo no le avergonzaba, sino que le atraía.

M.C.- También yo me sentí orgullosa de ti. Sabías estar en escena, comunicabas… Me hacías olvidar que eras mi hija. Hasta tal punto que en 'La reina de la belleza de Leenane' [obra de Martin McDonagh que representaron juntas en 1998] tu mirada cargada de odio me hizo daño. ¿Cómo era posible que me miraras de aquella manera?

V.P.– ¡Tú también me mirabas mal, madre! Solo que yo me divertía. Pensaba: "Yupi, la Carulla está intensa".

Miranda o la búsqueda constante, por Oriol Broggi

Borja Sitjà me habló de ella hace tres años, cuando yo estaba eligiendo el reparto del ‘Tirano Banderas’ que estrené en el Teatro Español. En aquella ocasión, Miranda no pudo aceptar la oferta, pero al hablar con ella pensé: "Es alguien con mucha ilusión". Ahora, en los ensayos de ‘Els cors purs’, he podido comprobar su capacidad para transmitir esa ilusión. Tiene un ángel muy grande, y unos ojillos pícaros, como los de Mario, que hacen que la mires.

Pero no solo eso. Una vez un crítico dijo -para mi satisfacción- que en el teatro de La Perla 29 "el ensayo es la película". Y ella encaja en ese espíritu. Su fascinación por lo teatral hace que, cuando sube al escenario, su búsqueda sea constante. Ese buscar -y aún no encontrar del todo-, ese investigar permanente, el estar en construcción, me parecen muy interesantes, porque están muy vivos. Miranda, que además es afable y de buen corazón, consigue que te olvides completamente de su dinastía (estoy convencido de que ella también se olvida).

Si tuviera que hacerle una observación es que, a veces, se abruma un poco. Ante una indicación mía, dice: "¿Qué quieres decir exactamente?" "¿Te refieres a esto o a lo de más allá?". Y yo le digo: "Prueba, tira adelante". Acaso ese pueda ser el único signo de la presión que pueda sentir.

Es buena. Será muy buena.

JUEGO Y RIGOR

Miranda las observa con los ojos bien abiertos. "He aprendido de ellas la capacidad para dominar al mismo tiempo el juego y el rigor", enuncia. "Recuerdo estar, a los 7 años, en el camerino antes de la función de 'El tiempo y los Conway' -explica-; Montse me dejaba cosas para jugar pero, en un momento preciso, decía: ‘Hasta aquí’. Tocaba concentrarse". 

Siete años después, ya adolescente, debutó junto a ellas en 'A Little Night Music', de Stephen Sondheim, con dirección de Mario Gas. Su primer Grec nada menos, ante un hemiciclo sediento de verano y espectáculo. "El día del estreno, al salir y ver al público, guau, fue pura magia, pero también sentí responsabilidad", confiesa Miranda. "Nosotras íbamos a lo nuestro, no teníamos duda de que lo haría bien", anota Carulla. "Compartíamos camerino y supongo que nos deseamos suerte como compañeras, pero con algo más de intensidad", redondea Peña.

Ahora, pasados 15 años, ellas, que se aman pero que son rabiosamente independientes, han vuelto a reunirse en la 'tv-movie' 'Laia', adaptación de la novela de Espriu dirigida por Lluís Danés. Miranda es la Laia protagonista, situada en una tesitura dramática de primer orden. Entre aquel Grec y este telefilme, la joven ha hecho un rodaje concienzudo.

CONSISTENCIA NUEVA

En el 2005 se convirtió en la vocalista de Xazzar, un septeto aromatizado de klézmer, gipsy y jazz, que se disolvió cuatro años después, justo cuando se enroló en el musical 'Groucho me enseñó su camiseta', su debut en Madrid. Y se ha fogueado en una docena de montajes -Àlex Rigola, que la dirigió en 'Maridos y mujeres' (2013), la adora- y televisión, y llega a 'Els cors purs' con una consistencia recién adquirida que le permite "respirar".

M.G.– En alguna ocasión llegué a sentirme tan insegura que pensé: "Esto no es nada sano". Pero ahora tengo la impresión de que por fin tengo algo donde cogerme y no dejarme comer por la inseguridad. Pero no quiero salir del asombro y de la sensación de novedad. Tengo mucho miedo a que un día le pierda el respeto al escenario, cosa que me comentan algunos colegas jóvenes.
M.C.– ¿En qué sentido lo dicen?
M.G.– Tiene algo que ver con la pérdida de la magia. ¡Que no me pase nunca! 
V.P.– A mí nunca me ha pasado. 
M.C.–A mí tampoco. Sin embargo, casi hasta el final de mi carrera, cuando preparaba un papel, solía pensar: "Este personaje no me saldrá nunca. ¿Por qué no se lo dan a otra actriz? Me pasó con La reina de la belleza de Leenane. Sabía el texto, salía a escena y Mario me decía: "Muy bien, pero Mag Folan no caminaría como caminas tú", "Mag Folan no hablaría con tu voz"… ¡El proceso fue horroroso! Ahora, cuando veía que iba haciendo míos los fantasmas, desaparecía la inseguridad.
M.G.– ¡Ese es el momento que te hace seguir adelante! Y cuando entro en pánico, pienso en la lista del actor inglés Will Keen, que da unos puntos muy útiles que te sacan a flote.

ESPÍRITUS DEL TIEMPO

Las tres son hijas de su tiempo. Carulla escapó tanto como pudo de la negrura de la posguerra (se separó de su marido por asfixia y, con cuatro hijos a cargo, se volvió 'comediante'). Peña desplegó su juventud a la par que la democracia (conoció a Mario Gas en olas reivindicativas, vio como casi todo se inauguraba en el Grec 76 y peleó por su colectivo). Y a Miranda le ha tocado el cargante IVA cultural, el ninguneo institucional, los teléfonos que no suenan, los trabajos mal pagados.
        
M.G.– A veces no sé si es que yo no vivo en el mismo planeta que los otros. El mundo en sí me parece una fiesta. Estoy descubriendo muchas cosas. Coqueteo con muchas sensaciones. Y percibo que la gente tiene ganas de ver propuestas en directo.
M.C– Esta no es la mejor época para la cultura. La ciudadanía nos sigue viendo como los cómicos. No aceptan que es un oficio y una defensa de una visión del mundo. Quizá los mismos actores deberían hacerse respetar y no pasar por atajos o trabajar en cualquier condición.
V.P.– Esta es una carrera de fondo. A medida que acumulas personajes, vas forjando el hierro. Y Miranda, como yo, ha podido ver a buenos actores que un día lo hacen bien y otro, no tanto. Esa es una formación buenísima. ¡La mejor! 
M.C.– Y tiene estilo, personalidad, encanto. Como tú, los tuyos. En escena, una no me recuerda a la otra.
V.P– Yo tengo poca capacidad para verme desde fuera... Miranda es muy seria, consciente, trabajadora.
M.G.– No sé ver parecidos. ¿Sabéis? Un niño me dijo que tenía un aire a  Alan Rickman, el profesor Severus Snape de Harry Potter.

Ríen. Las tres. Y el júbilo se expande por el 'foyer' del Romea. El primer Romea de Miranda, el último teatro de Carulla, el de siempre de Peña. El director de 'Els cors purs'Oriol Broggi, previene que la obra es "un drama muy gordo que hace llorar". Basada en un cuento de Josep Kessel, ofrece una historia de amor envenenada por el conflicto entre republicanos y unionistas en la Irlanda posterior al Bloody Sunday. Y Miranda es Mary, "una mujer dura, muy católica, cegada, perdida". Un papelazo en el que vuela (literalmente) y quizá la haga despegar en vertical. A pie de pista, su estirpe le desea "mucha mierda".