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Joan Botam: "Fue un espacio de libertad casi paradisíaca, de gran luz"

NÚRIA NAVARRO

Él inauguró la Caputxinada. Con una sola frase, pronunciada a las 7 de la tarde del miércoles 9, convirtió una asamblea en un acto revolucionario. "Vostés, tots, són hostes d’aquesta casa", anunció con la autoridad de ser el superior y el provincial de la orden en Catalunya. Rebobinemos: anochecía, los delegados estudiantiles habían intentado dialogar con Vicente Juan Creix y, tras unos cuantos gritos, aseguraron que el atroz comisario ponía condiciones para salir que no eran justas ni honorables. "En aquel momento miré a la comunidad y leí en sus ojos el mismo sentimiento que el mío –explica el padre Joan Botam–. Fue algo instantáneo".

MEZCLA DE GÉNEROS Y GENERACIONES

Con el amparo garantizado, cuenta que hubo un contagio de corresponsabilidad. "No había diferencias de género, de generación, ni de sensibilidades –subraya–. Era una lucha mancomunada contra la opresión". Y todo resultaba impactante. Los jóvenes frailes estaban ante chicos y chicas despiertos y preparados. Los estudiantes, de buenas familias, experimentaron la austeridad monacal. Y la hospitalidad franciscana diluyó el anticlericalismo de más de uno de los 30 intelectuales. "A mí, que tenía un temperamento de poeta, la experiencia me hizo mayor", confiesa. "Fue un espacio de democracia, de libertad casi paradisíaca, de gran luz. En la casa se obró un milagro: el del reencuentro, la solidaridad, la reciprocidad, la lucha y la alegría". 

Mientras la policía se calentaba en improvisadas hogueras, el padre Botam –Salvador de les Borges de muros adentro– se recogió tranquilo. Pero le venía un marrón.

EL 'PROVINCIALITO' PLANTA CARA

Al día siguiente pidió al chofer que lo llevara en el seicientos al arzobispado. Gregorio Modrego, general castrense que, mirándole con cariño, le dijo: "Yo le ayudo". De allí, a contar la película al gobernador civil, Antonio Ibáñez Freire –condecorado por Hitler–, que después diría: "A este provincialito yo me lo cargo". Pero ante su exigencia de echar a «toda esa gentuza», el provincialito respondió: "Reconozco que es un alto funcionario del Estado y, por consiguiente, tiene obligación de obedecer; pero yo no soy funcionario de nadie, cuando llegue a casa, reuniré a todos y le tendré informado de lo que resulte".

Al oír el relato, los resistentes estallaron en un "hem guanyat, hem guanyat!", y le pidieron a Botam aguantar hasta el sábado, cuando las 500 familias de todos podrían rodear el cerco policial. La cosa se embrollaba.

El jueves, los delegados propusieron entregar una lista con sus nombres y salir en paz. El superior volvió a visitar al obispo Modrego, que comunicó la iniciativa al gobernador. Pero no había nada que hacer. "Entonces fui a casa de Jordi Maragall, que me recibió pese a estar con gripe". Telefoneó a un conocido en el ministerio, pero el titular, Camilo Alonso Vega, acababa de salir hacia el Pardo. En el consejo de ministros, Franco dijo: "Quiero que el asunto acabe cuanto antes". Así que mientras Botam seguía esperando noticias de Madrid en casa de Maragall, la policía inició el asalto. Llegó cuando quedaban los restos. "Tuve un sentimiento de desolación extrañísimo –reconoce–. A la hora de comer solo estábamos los frailes".

EL INTERROGANTE

"He vivido estos 50 años, no diré con una inquietud, pero sí con un interrogante: ‘¿Hice bien?’ –confiesa–. La respuesta de la comunidad no fue explícita". Nunca oyó una protesta, "pero durante mucho tiempo hubo más de un silencio que me tenía preocupado". Él, a sus casi 90 años, sigue convencido de que solo cabía el sí rotundo. 

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