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Magnates, macizas y 'crack'

NÚRIA MARRÓN

El videoclip del año, quién sabe si de la década -sí, hablamos de Formation, de Beyoncé-, lleva un puñado de días acumulando indignaciones, halagos, artículos e incluso manifestaciones en contra que han acabado en fiasco, para vergüenza de sus impulsores y esperanza del mundo en general. Rebobinando, podría decirse que el 'cisma Beyoncé' se caracteriza porque unos censuran lo que otros aplauden: que la superdiva haya llevado hasta el centro de la cultura de masas el legado de las mujeres negras y la toma de conciencia de la negritud, y haya señalado a mordiscos el empobrecimiento y la violencia policial contra los afrocamericanos.

¿Hacía falta sacar la artillería en un momento de desbordamiento de la tensión racial?, cuestionan tertulianos engolados, dando pie a que personajes con un sentido extremo de los prejuicios y la supremacía blanca como un sheriff de Tennessee hayan acabado atribuyendo seis muertes policiales a a) afroamericanos que b) se habían inflamado viendo Formation porque en él se muestra c) a un niño bailando ante una hilera de antidisturbios y un grafiti que dice «stop shoot us» y d) a la cantante hundiendo en las aguas del Katrina un coche patrulla de la policía.

¿PUBLICIDAD O POLÍTICA?

Adivinarán que entre los detractores de la diva también están quienes ven en su último gesto más publicidad que política. Una voladura milimetrada, ahora que el estribillo de los tiempos dice la política es el nuevo rock 'n roll. Sin embargo, su apuesta también ha puesto bajo los focos otra cuestión no menor: ¿se está abriendo una grieta en el género del videoclip 'mainstream', el de las grandes estrellas, caracterizado por vivir en una realidad paralela cuajada de buenorras en biquini, magnates y narcotraficantes glamurosos? Finalmente y contra todo pronóstico, ¿resultará que la revolución sí podrá ser televisada, en contra de lo que mantenía el poeta y músico afroamericano Gil Scott Heron?

Después de estudiar a fondo los 500 videoclips más vistos de Youtube y de investigar la tramoya económica e ideológica de la industria discográfica, el sociólogo Jon Illescas, que publica el libro 'La dictadura del videoclip', no cree que el artefacto de Beyoncé suponga ningún cambio de régimen en un sector «extremadamente conservador y jerárquico». «Sin duda 'Formation' cuenta con aspectos positivos, pero también creo que tiene mucho que ver con el intento de reflotar el servicio de música en streaming Tidal [plataforma que hizo el lanzamiento y de la que su marido, Jay-Z, es socio]. Entiendo que es una estrategia de márketing y que es todo lo crítico que puede ser una estrella como ella. Además, su alegato, poco escandaloso entre demócratas, no tiene nada que ver con los Panteras Negras a los que aludió en la Super Bowl, grupo socialista y revolucionario que practicaba la autodefensa frente a la violencia policial y organizaba programas sociales para la comunidad. Para la cantante, el empoderamiento pasa por hacerse multimillonaria y, como ella misma dice, por erigirse en una Bill Gates negra».

LA ERA YOUTUBE

Illescas no va 'aguafiestas' porque sí: lleva siete años colocando a los videoclips en una especie de sala de despiece. Y lo hace, dice, porque constituyen la mercancía cultural más vista por los jóvenes, por delante -abran paso- de los videojuegos, las películas, los libros y las series de televisión. Con mayor o menor devoción, el 95% de los chicos y chicas siguen «un formato que transforma al público adolescente en consumidores» y que va domesticando a los chavales con los contenidos que naturaliza -por ejemplo, el hedonismo, la violencia, el sexismo, la competitividad y el fetichismo del dólar- y los silencios que impone. ¿No es extraño que ninguno de los 50 más vistos hable de 'menudencias' como la crisis económica, el cambio climático o las desigualdades?

En esta caja negra de glorias y anatemas, cabe decir que hay un antes y un después al advenimiento de la era Youtube. Con la llegada del portal que mandó a reanimación a la MTV, el género acabó con la (poca) diversidad anterior, se hizo global -tal es su alcance que incluso el Pentágono sufragó 'Part of me', de Katy Perry, para incentivar el reclutamiento de jóvenes- y entró en una competencia feroz en busca de clics. Ante el abaratamiento de costes, la industria apostó por coger al público por las solapas a base de violencia y sexo, estímulo que según el investigador tiene la capacidad de llamar la atención un 20% antes que cualquier otro.

CUENTAS DE RESULTADOS

Hay muchas cuentas de resultados en juego. Las de las discográficas y el 'star system', sí, pero también las de distribuidores como Youtube (la tercera página más vista de internet y en la que se consumen el 70% de estos productos) y las de los anunciantes, que patrocinan hasta los empastes dentales de las estrellas y convierten los videoclips en ferias de muestras que invitan a ponerse el chándal y salir «corriendo al centro comercial más próximo», dice Illescas, que a modo de ejemplo inventaria las marcas que aparecen, por ejemplo, en el 'Bad romance' de Lady Gaga: vodka Nemiroff, consola Nintendo, portátil HP, equipos hi-fi Philippe Stark, auriculares Heartbeats, gafas Carrera, ropa Burberry, lencería La Perla y zapatos Alexander McQueen.

En este alicatado de intereses, ¿qué lugar podría tener la contestación? Pues más bien ninguno, mantiene Illescas. Pero ni la disidencia ni tampoco la edad, porque ¿qué joven se identifica ahora con Madonna y querría comprarse su móvil y su ropa? ¿No es mejor para ello, por ejemplo, un 'reclamo' como Taylor Swift, como demuestra que el 83% de los protagonistas tengan entre 18 y 39 años? De esta forma, dato a dato, Illescas va decodificando las imágenes que entran en tromba en el lado irracional de los consumidores y que claman a gritos «una lectura crítica de los textos visuales», apunta el sociólogo.

'SEXOCRACIA'

Illescas ha computado, por ejemplo, que la violencia está presente en el 44% de los 50 vídeos más vistos y que suele aparecer «como algo 'cool'». Y luego está lo que él ha bautizado como 'sexocracia'. El marcador del sociólogo apunta a que el 81% de los vídeos tienen contenido sexual, cuando antes de 1999 apenas llegaban a la mitad, y que un concepto como el de harén, inexistente 15 años atrás, ahora aflora en uno de cada cuatro vídeos. En este universo delirante donde la igualdad parece pasar por cosificar también a los hombres (hay un bañador masculino por 2,5 femeninos), capítulo aparte merece el rap gánster, en el que, en el mejor de los casos, las mujeres siempre están dispuestas y, en el peor, son violentadas. «Todo lo que ella como es polla -escupe Lil Wayne-. Sigue una dieta estricta».

El sociólogo también ha contabilizado que el 16% de estos productos hacen una apología de la fiesta continua en la que se consumen alcohol y drogas y donde, de media, a cada hombre le tocan dos mujeres. El amor está en franco retroceso -«se ha convertido en una cosa de perdedores»- y el éxito, claro, pasa por la belleza y la clase social. En este sentido, cabe reseñar –primer puñerazo a la estadística– que el 86% de los 50 clips más vistos van sobre gente con ingresos altos.

MAGNATES NEGROS Y LATINOS

«Por debajo de la clase media solo hay amargura y por encima está la felicidad», se asegura en el libro. La distorsión aún es mayor entre el género magnates (el 27% de los personajes) cuyo gran grueso -segundo puñetazo a la realidad- son negros y latinos. El rap gánster, jaleado por la industria, dice el sociólogo, en detrimento del de contenido social, glorifica un sueño americano que descontextualiza e incluso criminaliza la probreza y glamuriza a los traficantes del gueto. Porque, al fin y al cabo, parece ser el subtexto, ¿quién quiere hablar, como hacían Luther King o Malcolm X, de educación e igualdad, pudiendo enriquecerse con el crack, aun a riesgo de caer acribillado en una esquina antes de cumplir los 15 años?

El resultado, apunta Illescas, es «un retrato benévolo y fantasioso del capitalismo, donde hay mucha gente que triunfa y se pega la vida padre. Así que la conclusión es clara: ¿por qué se quejarán tanto esos ruidosos izquierdistas?».