Ir a contenido

Testigo directo

La historia del soldado Motjaba Safavi

CARLES BOSCH

Mojtaba Safavi cayó preso cuando solo tenía 21 años. Por aquellas fechas de 1980 había iniciado los estudios de Cine en la universidad de Teherán. Pero, de repente, Irak invadió Irán y fue alistado para defender a su país. El primer día que pisó el campo de batalla cayó prisionero, y ya nada de su presente sobrevivió. Y ahora que le he conocido (guerra del Golfo, 1991), ahora que tanto le aprecio, puedo asegurar que no le pudo corresponder peor fortuna que los 11 años vividos como prisionero de guerra en las cárceles iraquíes.

Era -es- un hombre bueno, y las secuelas de la cárcel no le habían robado la templanza que le hacían depositario de nuestra confianza más primaria, ávidos nosotros -los periodistas- de hallar a alguien cuya integridad transite más allá del bien y del mal, alguien que nos ayude a decidir sobre la marcha, una guía de cómo manejarnos en situaciones y países que nos son ajenos, alguien que nos señale dónde entrar (y dónde no) o cuándo alzar la voz (aunque delante -o sea, en contra- tengamos a un oficial uniformado que manosea nuestras credenciales de prensa y nos pisotea la paciencia, tan sentadito él bajo el retrato del jefe supremo, tan arropado por jóvenes e incultos e involuntarios y bien armados soldados).

NOTICIAS DESDE IRÁN

Mi trabajo como reportero en Irán durante la guerra del Golfo de 1991 no hubiese sido tan fructífero de no ser por Mojtaba, nuestro traductor y guía.

Ningún equipo de televisión extranjero, excepto nosotros, TV-3, había obtenido el permiso -y la responsabilidad- de informar desde Irán (república islámica y revolucionaria), país enemigo de las potencias occidentales y a la vez embarcado en una guerra intermitente de 10 años contra Irak. Ante tal disyuntiva, Irán había optado por la neutralidad en la guerra del Golfo, y eso implicaba no aceptar a periodistas extranjeros (a los que consideraba parte del juego); y tal prohibición se mantuvo desde el inicio hasta el final de la contienda.

No había, pues, otros reporteros en Irán y por tal motivo diversas cadenas de televisión de medio mundo reproducían nuestras crónicas. Se nos permitió circular temporalmente de un extremo al otro del país y entrevistar a los líderes políticos y religiosos chiítas iraquíes exiliados en Irán a quienes se les suponía suficiente autoridad como para poder sustituir a Sadam Husein en el supuesto (improbable) de que, una vez derrotado el dictador iraquí -y la derrota era inminente-, los norteamericanos y las potencias europeas quisieran prescindir de él y aceptaran a regañadientes que la nueva presidencia iraquí recayera en alguna figura chiíta del exilio con suficiente capacidad de liderazgo. De entre todas, el líder más prominente era el ayatolislam Hakim y, a través de su autorizada voz, disponíamos de una de las claves fundamentales de cómo solucionar el rompecabezas que se presentaría tras la rendición de Sadam Husein.

Ante la mirada simpática y pasmada de Mojtaba (debutante en aquel circo de apresurados reporteros), grabábamos imágenes y, carretera rápida cruzando Irán o tomando atajos en Teherán, llegábamos al edificio de la televisión estatal donde, a contrarreloj, el técnico local confundía los cables y se consumía el costoso tiempo contratado para despachar la crónica vía satélite y milagrosamente todo acababa saliendo bien.

EL TARTAMUDEO DE MOJTABA

El tartamudeo era la secuela más aparente de los 11 años en prisión. Al empezar el conflicto en el Golfo (verano de 1990, cuando Sadam invade Kuwait), Irak liberó a los miles de prisioneros iraníes que retenía en sus cárceles a pesar de que la guerra Irán-Irak llevaba años empantanada en un tenso pero efectivo alto el fuego. Liberando a todos los prisioneros de guerra iraníes, Sadam Husein trataba de reconciliarse con Irán y así ponerle de su parte en la lucha contra los norteamericanos; pero, a pesar de ese gesto, Irán mantuvo siempre la neutralidad, incluso cuando meses más tarde (enero de 1991) George Bush inició la guerra del Golfo desestabilizando todavía más la región.

Mojtaba Safavi, a los pocos días de su liberación, fue encuadrado en el Ministerio de la Información y su primera asignación fue ocuparse de nosotros: nuestro guía era, pues, un hombre de 30 años inexperto, recién salido de un cautiverio, deprimido y tartamudo. La combinación era perfecta: a nosotros nos convenía un traductor que no estuviera contaminado por la versión más exaltada de la revolución; y lo que Mojtaba necesitaba era recorrer de nuevo su país, a toda velocidad, con coetáneos suyos venidos de otro planeta.

Fueron cuatro semanas excepcionales. Y aunque me resulta imposible reproducir su entrañable tartamudeo y su envidiable humildad, esta es su historia:

"Recuerdo a nuestro guía hablándonos con dificultad y refiriéndose a sí mismo con una infinita modestia, sin reclamar compasión por su pasado en la cárcel"

Mojtaba Safavi pertenecía a una familia de la clase media iraní. Su padre trabajaba como ingeniero en los oleoductos del sudoeste, cerca de la frontera con Irak. Era y es la zona más rica en petróleo del país. En el 1980 los Safavi habitaban unos barracones propiedad del Estado que habían sido construidos por la compañía multinacional que estuvo extrayendo el petróleo hasta el estallido de la revolución jomeinista.

Expulsados los propietarios extranjeros, al padre de Mojtaba se le mantuvo en su puesto, ganando un salario muy inferior y más acorde con las exiguas capacidades del nuevo régimen, aislado internacionalmente y acorralado por las presiones de los intereses económicos extranjeros cuyos gobiernos, sirviéndose incluso de la guerra, estaban decididos a recuperar el juego ventajoso que, hasta el triunfo de la revolución, les había garantizado el derrocado sah Reza Pahlevi.

Pese a todo, Mojtaba había podido proseguir sus estudios de Cine en Teherán, lejos del calor de las zonas petrolíferas donde residía su familia. Amaba el cine y no aceptaba que los nuevos censores del régimen islámico quisieran encorsetarlo. No obstante, era un buen revolucionario. En la universidad  había simpatizado con jóvenes que leían a Marx y a Trotski, o con los que ya les bastaba la Biblia o el Corán, y juntos se habían enfrentado a la represión de la policía del sah y a menudo buscaron refugio en las mezquitas donde algunos grupos religiosos ya se preparaban para la gran ofensiva contra el dictador.

UN DESTINO INSOSPECHADO

Mojtaba no temía a la evolución, pero tampoco sospechaba que la expulsión de las multinacionales extranjeras desencadenaría una revancha internacional de impredecibles consecuencias. No sabía lo que a él mismo le iba a deparar el futuro a la vuelta de la esquina: septiembre de 1980, 18 meses después de la implantación de la república revolucionaria islámica; en la casa de Abadán, más al sur de Jorramchar, la familia Safavi disfruta de la presencia de su hijo durante el periodo vacacional universitario; la casa de los padres de Mojtaba está a solo 10 kilómetros de la frontera entre Irán e Irak que las tropas iraquíes de Husein (el 22 de septiembre) acaban de violar con el pretexto de una reivindicación territorial. Para contener la invasión de Sadam todos los jóvenes iraníes fueron movilizados. Mojtaba, también.

No tenía la constitución física ni las agallas de un soldado. Lo constaté en una foto que nos mostró -10 años después de ser tomada- mientras nos concedíamos un respiro durante el frenético rodaje en Teherán (guerra del Golfo de 1991). Era una foto de retaguardia. Una broma entre soldados. Su estampa, burdamente pertrechado para la guerra, evocaba una postal cómica de Charles Chaplin -que siempre guardo- en la que aparece desbordado por tanto casco, cantimploras y fusil.

A la trinchera desde la que disparaba el soldado Mojtaba Safavi la hicieron callar el primer día de combate y, encerrado en un camión junto a otros prisioneros, se lo llevaron hacia Irak cruzando la frontera, a muy pocos kilómetros del frente.

10 AÑOS DE CÁRCEL

A Mojtaba le recuerdo así: hablándonos con dificultad y refiriéndose a sí mismo con una infinita modestia, sin reclamar compasión, resumiendo esos 10 años de cárcel en cuatro pinceladas maravillosas, propias de un excelente narrador intimista. Le recuerdo así, nosotros preguntándole y él respondiendo mientras circulábamos entre Jorramchar y Abadán, mes de marzo de 1991: la guerra del Golfo en la cercana Kuwait estaba tocando a su fin y ya todo humeaba al otro lado de la frontera. Las torres de humo indicaban el camino que tomaba el Ejército de Sadam en su deshonrosa desbandada. 

Conducía un chófer, que nada entendía de nuestros idiomas extranjeros. Yo miraba a Mojtaba. Le escuchaba: se lo estaban llevando maniatado en un camión repleto de prisioneros, la oscuridad de la noche, y ya las luces de la que iba a ser la primera de las cárceles iraquíes en las que permanecería. Le miraba: la etapa en prisión no solo había multiplicado la edad de su rostro sino también la del alma; tiene 31 años (apenas tenía 21 cuando le encarcelaron) pero ya sabe discernir entre el bien y el mal con la experiencia de un sabio. Me dice Mojtaba que fue en el segundo campo de internamiento donde conoció a un 'mullah' –"el buen 'mullah'", según sus palabras– cuya historia desea que conozcamos. (En el revolucionario Irán de los musulmanes chiítas un 'mullah' es un clérigo cuya vida está consagrada a servir a Alá en el quehacer cotidiano; participan activamente en política y en la elaboración de las leyes, acceden a puestos clave dentro de la Revolución o conviven con la sociedad civil y la militar para esparcir sus enseñanzas). 

EL PESO DE LA CONCIENCIA

La interpretación del Corán con fines legislativos que se llevó a cabo en Irán tras el triunfo de la Revolución islámica condenaba de manera rígida la homosexualidad. En el campo de internamiento, Mojtaba coincidió con algún soldado homosexual de su Ejército y comprobó las burlas constantes a las que eran sometidos por el resto de los internos; y a menudo algún 'mullah' (también había mullahs entre prisioneros de guerra) participaba activamente en los insultos. En una ocasión, y tras dos intentos fallidos, un homosexual, prisionero de guerra, se colgó del techo de su celda. Excelente narrador, Mojtaba acabó así su relato: «Entonces sí, el patio de prisioneros enmudeció. Todos bajaban la mirada. Pero el 'mullah', el buen 'mullah', se encaró con todos ellos y, enfurecido, alzó la voz: les habló de otro islam muy diferente y les condenó al peso de sus conciencias».

"En prisión, inventaron un código sonoro para comunicarse con tres prisioneras. Mojtaba envío así un mensaje que, en realidad, era una declaración de amor"

Entonces Mojtaba fue trasladado a una cárcel situada en las afueras de otra ciudad iraquí y en ella permaneció varios años, hasta la definitiva liberación. Fue una etapa diferente, un peldaño más hacia la madurez: ahora había sido confinado en una celda de aislamiento que compartía con un médico militar que acababa de ser capturado. El aislamiento de ambos presos había de ser total: ningún contacto con el resto, solo los sonidos que llegaban confundidos desde más allá de la puerta o a través de las paredes de la celda y que Mojtaba y el médico aprendieron a interpretar. Y un día creyeron oír voces de mujer: los guardianes iraquíes acababan de instalar a tres nuevas prisioneras de guerra en la celda contigua.

GOLPES SECOS CONTRA LA PARED 

El médico intentó comunicarse con ellas a través del código morse: golpes secos contra la pared como si fuesen puntos; golpes diferentes que significaban rayas. Golpes silenciosos que no alertasen a los carceleros, alfabeto inútil porque desde el otro lado del muro solo llegaron algunos sonidos de complicidad pero ninguna muestra de entendimiento.

Desestimado el lenguaje morse, hubo que inventar otro código de caracteres sonoros: a cada letra del abecedario le atribuyeron combinaciones de uno o más manotazos, golpes secos, toques suaves y el traqueteo de los dedos; el valor de las letras o de los números variaba si el impacto era en la parte superior del muro, más abajo o en los extremos; al 'sí' y al 'no' se les encontró una fórmula sencilla; y al cabo de los meses ya estaba claro quién era quién a uno y otro lado del muro (nombres, edades, familia, aficiones, ilusiones y estados de ánimo) e incluso –guardando turnos– las conversaciones ya pudieron ser individualizadas (casi privadas) a medida que iban surgiendo pequeñas afinidades o maneras coincidentes de entender la vida.  

Los tres años siguientes transcurrieron con un febril intercambio de preguntas y respuestas en el que apenas quedó nada por decirse.

Un día –me cuenta Mojtaba– compuso una frase que en realidad era una declaración de amor. Aguardó pacientemente el sonido deseado (ella pidió tiempo para recapacitar) hasta que, a las pocas semanas, ya no hubo más respuestas: las tres enfermeras habían sido liberadas por la Cruz Roja Internacional. 

AMORES PASAJEROS

Con Mojtaba y mi equipo cruzamos Irán en coche por última vez. La guerra del Golfo ha terminado. Los norteamericanos han decidido mantener a Sadam Husein en el poder. Ya no hay más crónicas interesantes que podamos hacer en Irán. Y desde Barcelona nos dicen que debemos regresar.

(Al cabo de pocos meses recibí carta de Mojtaba. Había dejado su empleo de funcionario y pretendía mudarse por un tiempo a una casita a las orillas del Caspio porque quería escribir un guion antes de que se le escapara el tiempo. No se había visto con la enfermera, pero ella le había hecho saber a través de terceras personas que ya estaba comprometida desde antes de caer presa. La película que pretendía escribir –me decía Mojtaba– giraría en torno a los amores pasajeros y el destino).

(Catorce años más tarde –año 2004– regresé a Teherán para reencontrarme con Mojtaba. Vino a recibirme al aeropuerto con su esposa y sus dos hijos. Me encantó su familia. Debo decir que Mojtaba no había escrito el guion pero todavía soñaba con hacerlo. Yo le prometí colaboración e incluso, una tarde, me dejó leer un esbozo del argumento: en su historia ya nada era tan grave como yo lo recordaba y no había ni un ápice de resentimiento). 

0 Comentarios
cargando