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testigo directo

Guerra pasada, dolor presente

WOJCIECH TOCHMAN

Entonces yo era un joven periodista a sueldo del periódico 'Gazeta Wyborcza', el principal diario no comunista de Polonia, creado en 1989, justo antes de las primeras elecciones libres. Tres años después, a finales de 1992, me uní a un convoy humanitario organizado por la oenegé Acción Humanitaria Polaca que iba a Sarajevo, una ciudad en estado de sitio. Salimos de Cracovia en Navidad y llegamos a los alrededores de Sarajevo el 31 de diciembre de 1992. Las tropas serbias nos pararon allí. Recuerdo que tuve mucho miedo. Ese es el momento que describo en la primera página de 'Como si masticaras piedras. Sobreviviendo al pasado en Bosnia' (Ed. Libros del K.O., 2015): era el último día del año en el que empezó la guerra. Llevábamos ayuda para la ciudad sitiada. Habíamos entrado en Bosnia por el sur. Antes de que oscureciera pudimos ver aldeas en las que ya no vivía nadie. Casas y templos estaban arrasados. ¿Qué habían hecho con la gente?

Atravesamos Mostar sin verla. La ciudad era como un bosque: algo centelleaba detrás de una ventana oscura pero no sabíamos qué era. Daba miedo detenerse, daba miedo adentrarse en ese bosque.Antes de llegar a Sarajevo, nos detuvieron unos soldados serbios. Estaban borrachos. Unas veces se reían; otras, nos gritaban. Así, durante toda la noche, hasta el amanecer. Por la mañana nos quitaron una parte del cargamento y nos dejaron entrar en la ciudad. Estaba helando.

En la ciudad, entre casas y edificios agujereados, vimos gente asustada y espantada.

SOLO UNOS DÍAS

Entonces tenía 23 años. Solo quería ir y escribir una historia corta de no ficción para mi periódico. La primera vez estuve solo unos días. Dejamos el cargamento y volvimos a Polonia. Pero regresé a Sarajevo el año siguiente, en un avión militar desde la ciudad italiana de Ancona, un día después de una de las masacres del mercado de Markale, en el centro de Sarajevo [se refiere a la acontecida el 5 de febrero de 1994, que acabó con la vida de 68 personas y dejó 144 heridos. Habría otra aún peor en agosto de 1995]. Aquella vez me quedé una semana.

Publiqué varias de estas historias en el 'Gazeta Wyborcza', que era el que costeaba la mayoría de mis viajes. Cuando empecé a preparar el libro, estos relatos tomaron nueva forma. Durante mi trabajo en Bosnia, empezó un proceso muy dinámico de exhumaciones e identificaciones de fosas comunes. Conocí a Mejra, una madre, cuando apenas sabía nada de su hijo Edwin ni de su hija Edna. Su historia me llegó muy adentro: Edna tenía la misma edad que yo tenía en la época. Y un día, unos meses después de publicar la historia sobre Mejra en busca de sus hijos, recibí un mensaje: sus hijos habían sido identificados y su funeral se celebraría la semana siguiente. Dejé todo lo que estaba haciendo en Varsovia y me compré yo mismo un billete para volar a Sarajevo y estar junto a Mejra. Quería estar con ella.

REGRESO EN EL 2000

En abril del año 2000, volví a Sarajevo para escribir una historia sobre la ciudad cinco años después del final de la guerra, y alguien me habló de una loca polaca de pelo gris que «estaba buscando huesos». La llamé. Nos citamos en una cafetería en el centro de Sarajevo a la tarde siguiente, y ella apareció con pequeñas palas, espátulas y rastrillos dentro de una bolsa de plástico. Parecían los juguetes que usan los niños en la playa para hacer castillos de arena. Y ella, la doctora Ewa Klonowski, puso todo esto sobre la mesa, junto a la taza de café. «Perdona, vengo directamente de la exhumación», me dijo. Yo pensé que realmente estaba chalada. Ella empezó a hablar de su trabajo. Me di cuenta de lo importante y universal de este tema: sobre la gente responsable de sus familiares muertos. Sobre las mujeres que examinan un batiburrillo de restos humanos con la esperanza de que, entre esos huesos, aparecerán padres, hermanos, maridos e hijos. Durante la guerra, sobre todo se asesinaba a los hombres, y por eso son las mujeres quienes los buscan ahora. Quieren enterrar a sus seres queridos con dignidad, acorde a sus religiones, a sus tradiciones, y con humanidad. ¿Cómo podía no haber periodistas allí? No los había. Una vez que la guerra terminó, hicieron las maletas y se fueron a escribir sobre otras guerras. La tragedia de mujeres rebuscando en agujeros apestosos en el suelo no le preocupaba mucho a nadie. Entendí la importancia de la responsabilidad con los muertos y decidí que escribiría un libro sobre eso. Sobre el regreso de las víctimas con sus familiares gracias a la doctora Ewa Klonowski.

AMOR A LOS HUESOS

La pareja joven con la niña de siete años, que lleva un buen rato contemplando la prenda KV 22 B cerca del escenario, llama a la persona que se encarga de la identificación. Se les acerca una mujer canosa y enérgica que lleva vaqueros. Se llama Ewa Elwira Klonowski. La doctora Ewa Klonowski, nacida en 1946, antropóloga de formación y miembro de la Academia Americana de Medicina Forense, casada con hijos, emigró a causa de la ley marcial [en Polonia]; vivía en Breslavia y ahora tiene su residencia permanente en Reikiavik (Islandia). Fue allí donde se especializó en pruebas de paternidad, porque no podía trabajar en el ramo que más le apasiona: los huesos. «Amo los huesos. Los huesos me hablan. Miro los huesos y sé qué enfermedades padecía la persona, cómo andaba, cómo le gustaba sentarse. Los huesos me dice de qué nacionalidad era. El fémur de un musulmán está ligeramente doblado en forma de arco porque se sienta en cuclillas. A un japonés le pasa lo mismo porque se arrodilla con frecuencia».

Cada día en Bosnia era distinto. Por eso, a los escritores de no ficción, nos encanta esta profesión. Cada mañana te despiertas sin saber lo que te va a traer el nuevo día. Como el polaco y el bosnio se parecen mucho, después de unas semanas allí, era capaz de entenderlo todo. Pero no podía hablar como para formular preguntas, así que normalmente trabajaba con un traductor local. En cualquier caso, una vez que sabía en qué sentido iba la conversación, lograba entender sin problemas casi cada palabra.

Cuando estaba en bosnia, me solía quedar en un apartamento de alquiler y volvía a dormir por las noches. A veces me tocaba pasar la noche en habitaciones de hotel. Me solía levantar temprano o muy, muy temprano los días en los que había que ir a las exhumaciones. Luego había una reunión a las siete de la mañana o antes, con todo el equipo. Solíamos beber café en algún lugar de camino a la República de Sprska, que es una parte de Bosnia Herzegovina decidida en los Acuerdos de Dayton de hace ahora 20 años. Cuando estuve allí, como consecuencia de la guerra, la República Sprska era casi étnicamente pura, como los serbio-bosnios querían. Pero también estaba llena de fosas comunes, donde había musulmanes yaciendo muertos en agujeros escondidos, en cuevas y en pozos.

Los Acuerdos de Dayton y de París (firmados en 1995) igual eran la única solución en aquel momento, aunque ahora los políticos de la República Sprska los usan para azuzar los sentimientos nacionalistas. En realidad, no se hizo justicia tras los acuerdos. Pregunta a los protagonistas del libro si los asesinos de sus seres queridos acabaron en un juzgado y en prisión. La mayoría, no. Sigo en contacto con gran parte de ellos. Por ejemplo, Jasna, una abogada de Mostar, todavía busca a sus dos hijos. La vida sigue, los nuevos niños crecen. Pero el dolor sigue estando muy presente. 

Transcripción de Javier Triana

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