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TESTIGO DIRECTO

Rosario Endrinal, quemada viva en un cajero

Se cumplen 10 años del asesinato de una mujer indigente a la que tres jóvenes de la zona alta de Barcelona le prendieron fuego

Montse Martínez

Han pasado diez años pero el impacto que causó en mí la conversación con aquel hombre, Esteban, ha impedido que el tiempo le reste nitidez. Vino a EL PERIÓDICO DE CATALUNYA acompañado del abogado que contrató para defender a su hijo y escucharlo era entender qué debe suponer para un padre el dolorosísimo debate entre el corazón y la razón. Ingeniero dedicado a la docencia universitaria, Esteban tenía entonces 53 años, una esposa y tres hijos. Faltaban pocos días para la Navidad y el mediano de sus vástagos, de 18 años, acababa de ser detenido junto a dos amigos por matar a una indigente que dormía en un cajero quemándola viva.

Destruido, roto en llanto a ratos, Esteban reflexionó en voz alta sobre difíciles cuestiones que explicaran el porqué de tamaña atrocidad. Las mismas preguntas que en aquel momento se hacía una sociedad en estado de 'shock', con la hipersensibilidad navideña, tantas veces hipócrita, disparada. Cómo se explica que tres jóvenes de familias estructuradas -aparentemente- se ensañaran hasta matarla con Rosario Endrinal, una mujer que dormía en un cajero automático de La Caixa. Para más estupor, el suceso ocurrió por encima de la Diagonal, en la calle de Guillem Tell, en Sant Gervasi, distrito de la zona alta.

El padre de Ricardo Pinilla, de 18 años en el momento de los hechos, sin negar que su hijo tuviera que pagar por los sucedido, repetía sin cesar que no tenía intención de matar a nadie. De ser así, aseguraba, no estaría pidiendo mesura en el castigo.

Casi tres años después, los magistrados de la Audiencia de Barcelona no tuvieron ninguna duda de que los jóvenes actuaron con alevosía y con plena conciencia de que la víctima podía morir. Un asesinato claro por el que Ricardo Pinilla Oriol Plana, ambos de 18 años y por lo tanto mayores de edad, están pagando 16 años de cárcel. El tercer acusado, José Manuel M., de 16 años, menor cuando sucedieron los hechos, fue condenado a ocho años de internamiento en un centro de menores y a cinco más de libertad vigilada.

Conocer en profundidad quién era Rosario Endrinal, la víctima, y qué la había llevado a la indigencia más absoluta dotaban al suceso todavía de mayor dramatismo, si cabe.

UNA CÁMARA LO GRABÓ TODO

Pero lo que supuso un punto de inflexión en el tratamiento de la información y, por lo tanto, en la conciencia de la opinión pública, fue el hecho de que una cámara colocada en el cajero bancario registrara cómo los jóvenes se burlaron y se ensañaron con la víctima antes de entrar con un bidón de disolvente, rociarla y, posteriormente, lanzar un cigarrillo encendido. En manos de la policía como principal prueba de cargo, aquel vídeo, que como si de una ficción se tratara terminaba con una explosión y un fundido a negro, llegó a la opinión pública gracias al empeño de la prensa. Pero no era una ficción, era una realidad demasiado cercana de la que fue muy difícil abstraerse durante semanas.

En paralelo, un goteo de detalles fue permitiendo elaborar un perfil de la víctima. Saber su historia permitía asomarse a la reflexión de que nadie está exento de tocar fondo. Testimonios, fotografías y grabaciones daban cuenta de una vida al uso truncada con el detonante de un disgusto amoroso. Rosario Endrinal  tenía 50 años cuando murió quemada.  Las últimas personas que la vieron -en un bar al lado del cajero- dibujaban a una mujer enferma, alcoholizada, que se había orinado encima y a la que advirtieron que no le servirían más por no poder pagar sus lingotazos de alcohol. Alguien se apiadó de ella y dijo que le sirvieran a su cuenta.

Aquella mujer nacida en Sants, de natural alegre y extrovertido, amante de la poesía de Amado Nervo, madre y secretaria de dirección de una famosa cadena de supermercados francesa se fue diluyendo. Los que la conocieron situaban el punto de inflexión de su declive en el desamor. Dejó a su marido y se olvidó del cuidado de su hija cuando conoció a un hombre francés del que se enamoró. Abandonada por él, aseguraban sus allegados, nunca fue la misma. Volvió a Barcelona y fue, literalmente, repudiada por los suyos. El alcohol contribuyó a acelerar, sin remedio, su declive.

Con esta fragilidad se ensañaron los jóvenes. De sus declaraciones a la policía y del vídeo se desprende que se propasaron con la víctima en tres ocasiones la misma tarde-noche, con un intervalo de horas. En una primera intentona, se burlaron de ella, haciendo muecas referentes a su mal olor y a su penoso aspecto, desdentada y despeinada. Ya entonces la patearon, le escupieron y le insultaron sin que ella, inmóvil, intentara defenderse.

FESTIVAL DE VIOLENCIA

Más tarde, abordada  por los dos condenados mayores de edad, Charo se enfrentaba al segundo de un festival de violencia sin que los actores se cercioraran de que estaba quedando todo registrado. Le lanzaron una naranja, un cono de los que se usan como señal de tráfico y la golpearon con unos tubos de plástico. No se sabe muy bien cómo, Rosario logró zafarse y encerrarse de nuevo.

Para nada satisfechos, volvieron a la carga. Una tercera vez. La mortal. Faltaba poco para las cinco de la madrugada cuando, después de estar de copas por la zona, volvieron a vejar a la indigente con ánimo de divertirse. Con la intención de no ser reconocidos, los dos primeros enviaron a un amigo, menor de edad, para que engañara a la víctima y, con la treta de intentar sacar dinero, que abriera la puerta.  En el mismo momento en el que descorrió el pestillo, se colaron los otros. Tras otra retahila de golpes, queda perfectamente grabado cómo uno sale de escena y, al poco tiempo, entra con un bidón (más tarde se sabría que contenía disolvente) y con un cigarro encendido. Oriol Plana está serio. Ricardo Pinilla se ríe.

Explosión y fundido a negro.

La instrucción de la causa desvelaría que los acusados se encaramaron a un andamio cercano, colocado para hacer los trabajos de limpieza de una fachada, y cogieron el disolvente. Rosario agonizó dos días en el Hospital Vall d'Hebron de Barcelona antes de morir.  No pudo superar las gravísimas quemaduras en casi la totalidad del cuerpo. Murió abrasada pero en la autopsia quedaron patentes los hematomas fruto de los golpes previos.

La defensa quiso explorar, sin éxito, la baza de que las obras no cumplían los requisitos de seguridad al haber dejado el material inflamable a merced de cualquiera que quisiera cogerlo.

Tampoco este planteamiento coló ante el tribunal porque se probó que el bidón de disolvente estaba encima del andamio, tapado con una lona y sin escalera para acceder, de tal manera que los jóvenes tuvieron que planear cómo cogerlo.

VEJACIONES

La exhaustiva investigación permitió asegurar que no era la primera vez que los acusados vejaban a un indigente. Se había convertido en una de sus actividades lúdicas de los fines de semana. Hasta el punto de que un amigo, que aseguró no estar sorprendido por el fatal desenlace, dio la clave: "Para ellos, los indigentes no son personas, los tratan con absoluto desprecio".

El mismo amigo que relató haber vistó hasta tres grabaciones de agresiones a indigentes en el móvil de uno de los detenidos. Las tres cometidas en Zaragoza. En una, lanzan un contenedor de basura contra un mendigo, en la segunda, un bofetón deja prácticamente noqueado a otro y en la tercera una mujer es golpeada con una papelera.

Como si de una broma de mal gusto se tratara, el vídeo

del cajero automático donde pierde la vida no es el único donde pudo verse a Rosario Endrinal. En un programa de TVE  emitido en 1995, Rosario dramatiza, junto a su entonces compañero sentimental, cómo lograron salir airosos de un accidente marítimo a bordo de un velero en la costa mallorquina. El programa se titulaba 'Valor y Coraje'. 

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