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Testigo Directo

Lennon murió en mala hora

Antonio Franco

Nos mataron a John Lennon y los diarios españoles no pudimos contarlo hasta más de 24 horas después. Así lo viví yo como periodista. Esto ha quedado como mi primer recuerdo sobre aquel asesinato: la purísima putada de que a Lennon le matasen aquel 8 de diciembre de 1980, día de la Inmaculada, a las 5.15 de la mañana, hora española. Los diarios fechados con el día siguiente ya estaban impresos (y con noticias muchísimo menos trascendentes), y a esa hora viajaban en furgonetas repartiéndose en los quioscos. No se podía hacer nada. No se podía hacer nada ni para evitar el crimen ni para paliar el desastre informativo que sufrió aquel día nuestra prensa de papel.

Fue un mal asunto porque John Lennon murió en mala hora, dicho sea en todos los sentidos. Cuando a primerísima hora supe lo que había sucedido en Nueva York me asaltó un flas negro de reflejo profesional: los lectores de mi periódico iban a enterarse del asunto, como yo mismo, en el momento de levantarse (por la radio, preferentemente; ¡benditos medios de comunicación instantánea!), o al salir a la calle (por los primeros comentarios cruzados con personas que lo hubiesen oído) en caso de que ellos no tuviesen la costumbre de ducharse, vestirse y tomar el primer café con leche en las inmediaciones de un receptor encendido.

POR ESO TUVE UN SEGUNDO ENFADO. Al dolor y desconcierto por la muerte del 'beatle', a mí se me sumó la tristeza de saber que la gente iría corriendo a buscar los periódicos para informarse de lo sucedido y se llevaría una gran decepción porque no encontraría una sola línea sobre el asesinato. Con sus puñeteros cinco disparos el desconocido Mark Chapman había hecho daño en muchas direcciones: había matado a Lennon, había chafado la guitarra a todos los que amábamos a aquel 'beatle' y todo lo que representaba, había horrorizado a la opinión pública mundial con un crimen incomprensible, y nos había alcanzado de pleno a los que hacíamos los periódicos en España. ¡Maldito cabrón!

El desconcierto doloroso de los periodistas españoles de diarios tuvo continuidad. En EL PERIÓDICO DE CATALUNYA estuvimos todo el día aplastados y actuando como sonados porque prácticamente toda la redacción era 'beatle'Y pasamos aquel 9 de diciembre dándole vueltas a la idea de cómo debíamos presentar el día siguiente a nuestros lectores una noticia que en el momento en que llegaría a sus ojos ya la conocerían perfectamente. Tras mucho cavilar optamos por encabezar la portada del día 10, la edición donde nos haríamos eco del atentado, con lo que en el argot interno llamábamos "noticias de día siguiente"; es decir, un seguimiento del caso asumiendo nítidamente lo que era una rotunda verdad para nuestro oficio: íbamos a vender una información ya vieja.

RECUERDO QUE, ANTE ESO, en el Consejo de Redacción para salir airosos del problema decidimos utilizar un truco profesional. En vez de dar frontalmente la mala noticia que ya era conocida (es decir, poner en portada algo así como 'Lennon, asesinado', o 'Adiós Lennon', o 'aDios Lennon', que fueron algunos títulos barajados inicialmente), escribimos un mensaje de otro tipo. Buscamos algo que tuviese carga emocional  y que resultase idóneo para impactar en el corazón destrozado de los seguidores de los Beatles. Después de discutir un buen rato, encontramos una idea que subliminalmente les removería por dentro porque rozaba algo con lo que soñaban desde varios años atrás y que definitivamente ya no sería posible: la recomposición del grupo, que volviesen a estar juntos los cuatro. Por eso el titular de EL PERIÓDICO fue 'La muerte de Lennon reúne por última vez a los Beatles'. No podía decirse nada más sugerente pues incluía el verbo 'reunir', aunque sin omitir lo de 'por última vez', y subrayaba el hecho de que el asesinato había puesto físicamente en contacto a los cuatro después de estar varios años rehuyéndose.

Este diario reflejó en toda aquella edición la amargura cómplice que vivían quienes lo hacían y la que sabíamos que sufrían los que nos leían habitualmente.  En la misma portada la redacción la expresó a través de un texto sin firma en lo que entonces era una tradicional columna-resumen de lo más importante de la jornada: "Hoy escribimos con crespones negros en el pentagrama. El asesinato de uno de los mejores músicos del siglo XX, John Lennon, pone de luto la sinfonía del mundo". Leido con perspectiva reconozco que posiblemente fuimos un poco cursis. Pero quedaba fuera de toda duda que, en todo caso, éramos unos cursis heridos por haber recibido en nuestro propio imaginario cinco certeros disparos.

MÁS ALLÁ DE LO QUE PUEDA ESCRIBIR en mi condición de periodista, también puedo evocar directamente, como ciudadano, el testimonio de lo que llegó a doler aquel crimen para muchos que, como era mi caso, encaramos la muerte de Lennon después de que hubiésemos tenido  alrededor de 18 años durante los intensos años 60 del siglo pasado. Aquella fue la década mágica de las ansias ingénuas por cambiar rápidamente el mundo y del inicio real de muchas de las transformaciones que luego modificaron la vida de la gente: la valoración de la juventud, el paso adelante del feminismo, la irreversibilidad del pacifismo internacionalista, la sexualidad descomplejada... Y en ella los Beatles, y muy particularmente John Lennon y la nueva música, tuvieron protagonismos destacados.

Quienes venimos de aquellos 60 somos una generación que vivíamos casi como propias las muertes violentas -varias de ellas también en la calle-  de gente pacifista como Lennon. Y me vienen inmediatamente a la cabeza los nombres de Martin Luther King y Gandhi. Y también lo pasamos mal con otras personas de perfil y final diferentes, como el presidente Allende, que intentaba una revolución social sin violencias, o el guerrillero Che, que a su manera reunía bastantes rasgos de Robin Hood del siglo XX. Lennon compartía con ellos el espacio reservado a los santos en esas catedrales civiles que, sin alardes arquitectónicos, llevaban muchos idealistas en el corazón. Él era el 'beatle' que sumaba a su fantástica capacidad musical el inconformismo ideológico y pacifista (él convenció a Paul Mc Cartney, George Harrisson y Ringo Starr para devolver las condecoraciones de la Orden del Imperio Británico como protesta por el apoyo de su país a la guerra de Vietnam). Lennon era, en definitiva, el soñador de los cambios sociales que encierra la canción 'Imagine'.

LOS DÍAS SIGUIENTES AL ASESINATO se dedicaron preferentemente a la disección de la personalidad de Mark Chapman. Pronto supimos que era uno de esos asesinos americanos beneficiados por la absurda tolerancia con la adquisición y uso de las armas de fuego. El escritor Juan Cueto subrayó en un buen artículo que Chapman era un hermano gemelo del solitario vengador de 'Taxi Driver' y del camionero loco que en 'Easy Rider' disparaba contra los melenudos por el simple hecho de serlo. Admirador de Lennon desde los 10 años, gordito, con aspecto vulgar, quería ser como él (vestía igual, se casó con una oriental…), pero luego, posiblemente por tener la sensación de que no conseguía igualarle, decidió destruirle. Algunos explicaron que era el típico adolescente desorientado que necesitaba ídolos para rellenar su vacío interior. Para otros, el asesinato de Lennon fue una especie de suicidio psicológico suyo, un intento de deshacerse del original para quedar después como única copia.

En cualquier caso los hechos fueron muy sencillos. Chapman viajó a Nueva York dos días antes del asesinato para materializarlo. Aquella noche estuvo merodeando varias horas alrededor de la residencia de Lennon, en el edificio Dakota, en la calle 72 (el mismo bloque de viviendas donde se rodó la inquietante 'La semilla del diablo'). Primero, cuando el 'beatle' salió hacia un estudio de grabación, le pidió -y consiguió- un autógrafo. Horas más tarde, cuando John y su esposa Yoko Ono regresaban, los abordó e hizo los disparos. La maledicencia de quienes siempre hemos odiado a Yoko Ono por considerarla responsable de la separación de los Beatles siempre se ha regodeado con la idea de que Chapman tenía que haberla matado a ella.

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