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TESTIGO DIRECTO

El abrupto fin de la 'dama de hierro'

Se cumplen 25 años este domingo desde que Margaret Thatcher fue fulminada directamente por su propio partido

ROSA MASSAGUÉ

Aquel miércoles Margaret Thatcher hizo gala de su habitual determinación y con la lengua acerada que le caracterizaba anunció su voluntad de seguir en la carrera para renovar el liderazgo del Partido Conservador, de «luchar y luchar hasta ganar». Acababa de producirse una primera votación. La había ganado, pero no logró una mayoría suficiente. No hubo segunda votación. El jueves 22, a las 9:30 (habían pasado menos de 24 horas del anuncio) Downing Street informó de que la primera ministra dimitía. El consejo de ministros había sido informado. La Reina recibió a Thatcher en Buckingham Palace hacia el mediodía. La todavía primera ministra llevaba uno de sus trajes azules (el color de los 'tories) que se ponía en las ocasiones solemnes, y lucía las siempre presentes perlas en forma de collar y pendientes. La laca mantenía en su sitio todos y cada uno de los cabellos que en un tiempo lejano habían sido rubios.

No había perdido la sonrisa que siempre parecía falsa. Margaret Thatcher no la perdió en público, pero la 'dama de hierro' acababa de ser apuñalada por la espalda por los barones de su propio partido. Había ganado tres elecciones legislativas consecutivas. Llevaba nada menos que once años en el poder y este dato la convertía en el jefe de Gobierno de más larga duración en el Reino Unido durante todo el siglo XX. Sin embargo, estas contundentes credenciales no sirvieron para salvarla.

Margaret Thatcher se había convertido en un pesado lastre para el Partido Conservador. Su impopularidad era creciente. La oposición, el Partido Laborista, parecía finalmente recuperarse de la monumental paliza política que la dama de hierro le había propinado a partir de 1978. Había pues que salvar los muebles de los tories. Los barones conservadores recurrieron a la técnica habitual en estos casos en el partido, una técnica que en el pasado ya había dado excelentes resultados cuando hubo que quitar de en medio políticamente a Stanley BaldwinNeville Chamberlain o Anthony Eden.

QUIEN A HIERRO MATA...

La técnica tan poco democrática y tan palaciega de cambiar de líder sin escrutinio amplio del partido había sido también utilizada por la propia dama de hierro para defenestrar a su antecesor 'tory', a Edward Heath, y auparse a la dirección conservadora y de ahí, al número 10 de Downing Street. El odio que se tenían era absolutamente indescriptible.

A Maggie, como se la llamaba popularmente, la perdieron fundamentalmente dos cuestiones. En términos de política interior, un impuesto arbitrario e inicuo llamado 'poll tax'. Era una tasa plana por la que pagaba lo mismo un barrendero que viviera en un barrio degradado que un aristócrata con residencia en el elegante Mayfair londinense.

La iniquidad del impuesto introducido en 1989 (Escocia) y 1990 (Inglaterra y Gales) hizo salir a la calles a miles y miles de personas en las manifestaciones más multitudinarias registradas en los largos años de su Gobierno. Los comentaristas, pero, sobre todo, los políticos de su propio partido se preguntaban cómo era posible que una líder que había demostrado tener tan buen olfato en la defensa populista de la clase media y en la apropiación incluso del voto de las clases populares tradicionalmente inclinadas hacia los laboristas, adoptaba una medida que destruía todo aquel trabajo y le enajenaba aquel acervo electoral.

SIEMPRE EUROPA

La segunda causa de su defenestración fue Europa. Thatcher creía en el entonces llamado Mercado Común y lo había defendido, pero lo que no podía aceptar era su conversión en algo que fuera más allá de un simple mercado. Hasta entonces no se le podía acusar de deslealtad hacia la construcción de Europa, pero la línea roja que Thatcher se había impuesto y no estaba dispuesta a traspasar era la unión política y monetaria (25 años después, el Partido Conservador apenas se ha movido de aquella postura). En el Consejo Europeo de Roma, en octubre de 1990, cuando las dagas ya estaban afilándose, el Reino Unido apareció solo, aislado. Thatcher se quedó sin aliados. Aquello fue la gota que faltaba. Los proeuropeístas de su gabinete que eran bastantes vieron llegada la hora de actuar como, efectivamente, así fue.

LÍDER INFLEXIBLE

A Maggie le falló su arrogancia, su absoluta seguridad en tener siempre razón cuando todo indicaba que se estaba equivocando. No quiso darse cuenta de que no solo perjudicaba a su partido sino a todo el país. Había sido una líder inflexible. Ahora la dureza, el convencimiento absoluto de estar siempre en lo cierto, la alejó de la gente. Había perdido el contacto con la realidad enfrascada en su castillo de certezas absolutas, de saberse en posesión de la verdad.

Había otro elemento que marcó también el fin de su reinado en Downing Street. El mundo estaba cambiando. Su pareja en el escenario mundial, Ronald Reagan, con quien implantó la revolución neoliberal que hoy seguimos padeciendo, ya no estaba. La caída del comunismo abría una nueva era y los líderes de la guerra fría habían perdido su papel.

Años atrás Margaret Thatcher había descubierto a un tal Mijail Gorbachov, entonces todavía en la segunda fila de la nomenklatura soviética durante una visita de este a Londres. A Maggie le gustó. Vio en él a una nueva generación de dirigentes comunistas y consideró que con él se podía tratar. Sin embargo, derribado el muro, la líder conservadora no supo entender que lo que estaba apareciendo en el escenario político mundial era un mundo distinto, aun por definir, pero en el que ya no habría los dos bloques. Y los dirigentes del pasado tampoco tendrían un lugar que ocupar.

SEIS DÍAS

Maggie permaneció en Downing Street seis días más desde el fatídico 22 de noviembre, hasta que el Partido eligió a su nuevo líder. El día 28 salió de lo que había sido su residencia durante 11 años. Ya no llevaba traje azul. Apareció en la puerta vistiendo un tailleur color burdeos con el cuello de la chaqueta de terciopelo del mismo color. Eso sí, perlas y laca en su sitio. Hizo una declaración ante la puerta que acababa de cruzar por última vez. Empezó con el «Damas y caballeros» de rigor y al decir caballeros se le quebró ligeramente la voz, pero se repuso inmediatamente.

Las lágrimas, muy pocas, se soltaron cuando ya estaba junto a su leal marido, Dennis Thatcher, en el coche que los llevaría hasta su casa del barrio londinense de Finchley, circunscripción que representó en el Parlamento desde 1959 hasta 1992. Era la segunda vez que los británicos veían asomar lágrimas en aquellos ojos azules de acero de su primera minsitra. La otra ocasión había sido cuando su hijo Mark se perdió en el desierto africano durante el rally París-Dakar.

En una entrevista concedida en junio de 1991, siete meses después de su defenestración, apareció con un pañuelo en la mano secándose las lágrimas que le brotaban cuando recordaba aquellos días de la traición. Explicaba con cierto orgullo que durante aquellos aciagos seis días en los que tuvo que seguir en Downing Street cuando sabía que todos o casi todos quienes la rodeaban la habían apuñalado, había aguantado el tipo, ya fuera en el Gabinete, en la Cámara de los Diputados o ante la prensa o en público. Aquellas lágrimas llegaban demasiado tarde. Esta manifestación de humanidad ya no servía, ni a ella ni al país.

ESCASO VALOR ESTÉTICO

Ha pasado un cuarto de siglo desde aquellos acontecimientos y dos años y medio de su muerte, pero la figura de Margaret Thatcher sigue polarizando a la sociedad británica. La última va a cuenta de su armario que los hijos Carol y Mark ponen a la venta. Este diciembre Christie's subastará su vestuario y accesorios repartidos en 350 lotes. El Museo Victoria & Albert, con una amplia sección dedicada al diseño y a la moda, dijo no estar interesado en piezas de escaso valor estético provocando una gran polémica más política que artística.

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