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40 AÑOS CON, 40 AÑOS SIN

Un país de melódicos y cantautores

JORDI BIANCIOTTO

El talento es lo que marca la medida de las cosas, y del mismo modo que los cantautores de más larga vigencia han sido los que superaron el marco mental del franquismo e hicieron que sus canciones fueran importantes por sí mismas, más allá de una protesta coyuntural, también en la llamada música ligera han sobrevivido las voces dotadas de mayor ambición, inquietud artística e intuición para sobrevivir. En todos los casos, la inteligencia también se ha demostrado en la manera con la que han gestionado sus carreras, lo cual puede constituir, a veces, una obra de arte en sí misma.

La Transición es el quincenio que, en términos de música, hace de bisagra, más que de punto de ruptura, entre los 40 años de dictadura y los 40 que nos llevan hasta hoy. Ese período preciso fue la edad de oro de los cantautores politizados: la plenitud creativa de muchos de ellos coincidió con el momento de apertura, cuando el país era una olla a presión donde la canción fue una válvula de escape. Tiempo de grandes movilizaciones para escuchar a trovadores de verbo airado, cuando Raimon y Lluís Llach no solo llenaban el Palau d'Esports de Montjuïc, sino también, lo que hoy parece más difícil, el Pabellón del Real Madrid. Una dinámica que, en los 80, se frenó en seco, en el momento en que corrió la máxima de que la canción de autor, con la democracia, había perdido el sentido. Momento de desconcierto y de depuración profunda de la escena. Quedaron los más grandes. Algunos, decantándose hacia la canción de formas más amables, como Víctor Manuel y Ana Belén. Otros, ahondando en sus imaginarios poéticos, sin poner las cosas necesariamente fáciles al público, pero consolidándose como trovadores atemporales pese a tener que afrontar sus travesías del desierto. En los 80 alzó el vuelo Aute, siguió a su aire, y creciendo, Maria del Mar Bonet, mientras que Labordeta, Pablo Guerrero, Hilario Camacho, Luis Pastor, Ovidi Montllor o Joan Isaac pasaron tiempos de dificultades, con largos silencios discográficos, giros estilísticos en busca del mercado y contrataciones a la baja. Serrat come aparte, claro, y en discos como El sur también existe (1985), con textos de Mario Benedetti, reforzó un vínculo con el mundo latinoamericano gracias al cual pudo situarse en otra liga, por encima de los pesados debates sobre la vigencia del cantautor en tiempos de movida.

Despegue global

Se ha asociado a veces a los cantantes melódicos con el ecosistema del franquismo debido a su naturaleza apolítica (eufemismo, en ciertos casos, de una meridiana connivencia con el régimen), pero las voces más ambiciosas sobrevolaron las turbulencias de la Transición y se expandieron en las décadas que estaban por venir. El despegue global de Julio Iglesias no se produjo al amparo del régimen, sino en plenos años 80, con discos como Hey!, De niña a mujer, Momentos o el anglófono 1100 Bel Air Place, el de los dúos con Diana Ross y Willie Nelson. El mercado español no le dio precisamente la espalda, como ilustran sus llenos en el Bernabéu y el Camp Nou. También Raphael, en otra escala, sobrevivió a los cambios de gustos, y ha podido disfrutar incluso de un renovado culto como icono kitsch por parte de jóvenes fans como Alaska y Bunbury.

Los pesos medios

De igual modo que, tras la Transición, muchos cantautores se quedaron en el camino (algunos volveron más adelante con renovada fuerza), un proceso similar, quizá aún más brusco, sufrieron los pesos medios melódicos: Juan Bau, Miguel Gallardo, Pablo Abraira, Camilo Sesto, Lorenzo Santamaría, José Vélez... En realidad, unos y otros fueron arrollados en los 80 por la modernidad, la nueva ola y el rock fomentados por los ayuntamientos socialistas, con Miguel Ríos como triunfador a lomos de las giras Rock & Ríos y Rock de una noche de verano. La gran traición, sí, de una generación de políticos hacia aquellos cantautores que, tan solo un lustro atrás, tanto les habían ayudado a recoger votos.

Pero, al final, el acierto creativo, la perseverancia y el don de la oportunidad terminan encontrando el camino, y artistas de uno y otro bando estilístico han llegado hasta aquí siendo ellos mismos. Raimon, extremando el rigor y la sobriedad en sus contadísimos discos y recitales ante una audiencia de alta fidelidad, y al otro extremo, Julio Iglesias, cantando rancheras a su libre manera en México, número uno en ventas en varios países. Nadie puede terminar, eso sí, con los prejuicios que siguen arrastrándose a través de los años, y no es disparatado esbozar retratos robot de tendencia de voto del público que va a ver a uno y otro. Quizá sea esa la última huella del franquismo: la idea de que la música no se asuma siempre como un feliz capital colectivo sino que siga asociándose a un bando ideológico y no a un país.

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