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el personaje de la semana, Francisco Franco

Aquí en el cielo como en la tierra

El autor se mimetiza con el dictador y relata, desde la otra vida, cómo pasa los días, qué añora de sus tiempos de gloria, a qué viejos conocidos frecuenta y confiesa que el mismo Dios le ofreció la posibilidad de volver a este mundo, pero él la rechazó

DANIEL VÁZQUEZ SALLÉS

Dios me dio la potestad de eliminar a los comunistas del mundo y por los servicios prestados, me permitió vivir confortablemente en su Reino. Desde que vivo apartado del servicio público, duermo mal. Y digo servicio público porque yo fui un servidor a España, aunque algunos confundieran mi deber con la de un político, tal como sucedió en vida con el periodista Rodrigo Royo cuando vino a mis fueros para quejarse de lo mal que le había tratado el régimen. ¡El muy rufián! Pero como yo siempre he sido un hombre justo, saqué al padre de la patria que llevo dentro, y le contesté: «Haga como yo, no se meta en política».

La política y los políticos son pájaros de mal agüero, pero desde mi retiro, me he dado cuenta de que Dios, ese Dios al que yo confié mis esencias, es uno de ellos y no le caen los anillos cuando decide aceptar en su Reino a comunistas descreídos de las violaciones, los crímenes y las persecuciones cometidas por la horda roja. Como yo ya dije, la única democracia buena es la orgánica, en la que los judeomasones y comunistas no tienen un lugar bajo el sol de la patria si no es a la sombra de los muros del paredón; y a los que tratan de romper la unidad de España, a la sombra del verdugo y del clavo del garrote que martillea a los infieles. La verdadera democracia es aquella en la que los derechos de los individuos están supeditados a la familia, al municipio, al sindicato vertical, a la santa madre iglesia y al partido único, y lo demás son extravagancias de malhechores.

Hijo de sedicioso

Dios me dio la posibilidad de volver y le dije que no. Incluso me ofreció la oportunidad de regresar clonado, tal como ficcionó un escritorcillo rojillo hijo de un alborotador bolchevique. La maldad se lleva en la sangre y ese hijo de sedicioso tuvo la osadía de hacer clonar una réplica de mi persona de la célula de un pelo de mi bigote robado por el marido de mi hija Carmencita. A Cristobal sé que le llamaban el Marqués de Malavida, o el yernísimo, y que algunos decían que como médico «había matado más en la paz que yo, su suegro, en la guerra», y aunque de Cristóbal esperé el todo y la nada y robarme un pelo del bigote mientras yo yacía en el lecho del dolor es una probabilidad no descartable, la clonación está muy por encima de su sapiencia profesional y, por supuesto, de su inteligencia.

En España ya no queda nadie de los que salvaguardaron la victoria y se unieron a mí y a la gran fuerza de la razón en la gran cruzada que salvó nuestra patria de las garras de los impíos. La frase puede sonar afectada, pero cuando se trata de hablar de España, las palabras ganan en prestancia y en lirismo viril.

El día que llegué al cielo me encontré con mi añorado Carrero Blanco. «Luís, hijo mío, ¿ya te han hecho santo?», le pregunté con las lágrimas bañando mis ojos expatriados. El almirante, tan sabio como siempre, me miró con la serenidad de su valor y me respondió: «No Excelencia, es el volante del Dodge que aún no me lo han podido extraer». Tener a Luis a mi lado ha sido mi salvación en un sentido intendente y lidera a un grupo de tecnócratas celestiales que suplen la ausencia doméstica de Carmen, mi mujer. Por lo visto, murió con los collares puestos y el peso de los mismos impide que su alma ascienda. La última noticia es que vaga en un cumulunimbo perdido en la estratosfera.

A quien sí encontré fue a Fraga Iribarne. A pesar de que le vi muy mermado en sus capacidades motrices, le grité «traidor», «constitucionalista», y tras una pequeña algarabía en la que él trataba de defenderse y yo de estocarle con la espada de Santiago el Apóstol, me dijo, me aseguró santiguándose, que no tenía nada que temer de la España Constitucional, que todo seguía atado y bien atado como había sido mi designio, y que yo estaría orgulloso de sus meniños ideológicos, que aún tocados por el virus del neoliberalismo, gobiernan España con puño de acero tratando de imponer una democracia inorgánica. Al menos, eso es lo que pude entender porque con el paso de los años, a Fraga se le ha galleguizado el idioma del glorioso Cid Campeador.

Aunque me cuesta dormir alejado de mis obligaciones, no voy a volver. La única razón por la que regresaría sería para reconducir por la senda del bien el apellido Franco, últimamente descarriado por culpa de las modernidades de una sociedad herida de libertinaje. En el desafuero moral de mis descendientes sanguíneos, denoto el estigma de mi hermano Nicolás, no el mío. Yo soy el Caudillo que salvó a la Patria de la decadencia ética y moral.

¡Arriba España!

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