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testigo directo

Y de pronto la fiesta se acabó

JORDI PETIT

El desencanto cubrió el final de la Transición. Se esfumaron muchas ilusiones. Eso sí, nos dieron el «destape». Tras el intento de golpe de Estado de Tejero, la transgresora Rambla de Barcelona calló, solo resistió la movida madrileña. Sin embargo, sí hubo un sector que no paró la marcha: esos fueron los gais. Por vez primera en nuestra historia, podían divertirse a tope, sin miedo a las redadas y detenciones de muy pocos años antes. Se vaciaron los frentes de liberación y se llenaron las pistas de baile.

Sitges rebosaba de turismo homosexual, pero en los primeros 80, de verano a verano, algunos extranjeros no volvían, habían enfermado o muerto. La prensa empezó a hablar de una extraña enfermedad que en EEUU afectaba a heroinómanos, homosexuales, haitianos y hemofílicos. Aquí no pasaba nada: gais, sociedad e instituciones se lo miraban entre recelo e indiferencia. La juerga seguía.

Hasta el 25 de julio de 1985, cuando Rock Hudson declaró que padecía sida y que era homosexual. El actor falleció el 2 de octubre del mismo año a causa de esta enfermedad. La fiesta, de repente, se había terminado. Burt Lancaster, uno de los pocos amigos que le quedaban, leyó su último mensaje: «No estoy feliz por tener sida, pero si esto puede ayudar a otros, al menos puedo saber que mi propia desgracia tiene un valor positivo». Un testimonio que 30 años después sigue muy válido: las personas seropositivas siguen bajo gran presión social, invisibles.

Hudson había sido entrevistado en 1984 por Àngel Casas en TV-3 y allí dijo que para ir a bailar prefería a Richard Gere que a Bo Derek. Más que por la medio sorpresa de saber de su homosexualidad, su muerte trascendió a causa de la enfermedad. Había sido el galán perfecto que tantas señoras habrían querido para sus hijas, y estas (y otros de tapadillo) también habían suspirado por el apuesto compañero de comedias de la adorable Doris Day. Entre lágrimas, ella dio la noticia al mundo.

Aquello significó un verdadero terremoto social. No se sabía el origen del mal, aún no habían enfermado los primeros gais españoles y la prensa se llenó de titulares sobre «el cáncer rosa» o «el cáncer gay». Se desató un rechazo tremendo hacia los homosexuales que habían salido del armario en los años anteriores. Mi amigo Patrici Peñalver, sastre de Sabadell, perdió a toda su clientela, nadie quería que le tocase. Había quien, si sabía que había un gay en su trabajo, usaba los servicios de otra planta. Surgieron leyendas urbanas delirantes: que si la culpa era de los periquitos (se soltaron a miles de sus jaulas) o que si eran las fresas... Mi madre, que había presumido de hijo entrevistado por TVE, era evitada por las vecinas: no subían con ella en el ascensor, se tapaban la cara al cruzarse por la escalera y en el Mercat de Sant Antoni de Barcelona no le dejaban tocar frutas ni verduras.

La enfermedad por fin tuvo nombre: Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida (SIDA). Responsable: un virus. Y la mejor forma de evitar la transmisión: el uso del preservativo, mal que  le pesase a una Iglesia que se puso furibunda. ¿Medicación directa? Ninguna. La encargada de dar la primicia del condón fue la dermatóloga Caterina Mieres (años después consellera de Cultura), en una entrevista en la revista Party. Al llegar a su trabajo, hubo quien le dijo con picardía: «Te hemos visto en una revista de hombres desnudos». Los doctores Clotet y Gatell fueron pioneros en la lucha contra la pandemia.

Sin embargo, en el ambiente gay, durante bastantes meses persisitió la idea de que aquello era un invento de Reagan para estigmatizar a los homosexuales, que eso no pasaba aquí. La primera distribución de condones que realizamos Josep Matenci y yo mismo en el desaparecido bar Keops fue frustrante, nos los tiraron a la cara al grito de «fascistas» y «ursulinas». No querían que terminara una fiesta que casi acababa de empezar. Apareció la errónea idea de los llamados «grupos de riesgo» que empezamos a combatir desde las primeras entidades: había que hablar de «prácticas de riesgo», pues el sida podía  afectar a todo tipo de personas. La mayor marginación la sufrieron las prostitutas y transexuales. Lamentablemente, empezaron a fallecer personas, básicamente gais. El primero, y casi único, en dar la cara como paciente fue el madrileño y ya desaparecido activista Manolo Trillo en un Telediario. Años más tarde le siguió Antonio Guirado en el programa de Rafaella Carrá.

El ambiente gay se enrareció, todos tenían miedo de todos, no era una comunidad tan compacta como en otros países. Surgió una cierta moralina: se criticaba la promiscuidad que antes campaba a sus anchas. La santa alianza Reagan-Thatcher-Wojtyla arremetió contra la vida disoluta y proclamó el «castigo divino» que había llegado. La realidad era dura ya desde la sala de espera del especialista: nadie quería que le viesen allí o que luego se difundiera. El trato de los pacientes en los hospitales impresionaba por las grandes medidas de precaución y hubo funerarias que no quisieron hacerse cargo de los difuntos, como cuenta Ferran Pujol (fundador del Projecte dels Noms/Memorial de las víctimas de esta pandemia).

Nacieron pues las primeras asociaciones de lucha contra el sida, Gais per la Salut (luego Stop Sida), SIDAESTUDI y numerosos comités ciudadanos. Sucedían cosas tremendas. Al volver del funeral de la pareja, uno podía encontrarse con sus pertenencias tiradas en el rellano de la escalera y el paño de la llave del piso cambiado por la familia del difunto. A menudo se escondía la causa de la muerte y se oficiaban funerales católicos a personas agnósticas, en los que la pareja era ignorada. Recuerdo al cura que ofició el de mi amigo Xavi, una loca fantástica y anticlerical; se atrevió a decir: «Claro, con la vida que llevó Xavi...».

 

Llegaron los primeros tratamientos, todavía insuficientes para detener los efectos del virus. Una de estas debía guardarse en frío. Un anciano gay que ingresó en una residencia de la provincia de Tarragona pidió a la cocina que le guardasen esa medicación en la nevera. Al día siguiente todo el mundo sabía que había un «maricón sidoso», nadie le hablaba ni se sentaba a comer con él. Doble discriminación para la más solitaria de las muertes.

La promoción del condón se convirtió en el objetivo de las entidades pioneras. Se editaron carteles con apoyo de los gerentes de los locales gais de Sitges y Barcelona y hubo festivales solidarios con reconocidos artistas. Al principio costó bastante sensibilizar a las instituciones, pero la evidencia las desbordó. El Instituto Municipal de la Salud de Barcelona organizó cursillos para formar a camareros de los bares de ambiente gay como correa de transmisión para la clientela: el tema era tratado muy en secreto. La Generalitat y el Ministerio de Salud se portaron bien, por encima de sus diferentes colores políticos. Gracias, Francisco Parras, director del desaparecido Plan Nacional del Sida.

El 7  de noviembre de 1991, la estrella de la NBA  Magic Johson, heterosexual, anunció que era portador del VIH. La noticia finalmente dio la razón a quienes hablábamos de «prácticas de riesgo». Bush declaró: «Para mí, Magic es un héroe, un héroe para cualquiera que ame el deporte». Un alud de llamadas abarrotó la Coordinadora Gai-Lesbiana: gente heterosexual, atemorizada, se ponía en contacto con nosotros porque desconfiaba de las instituciones y suponía que sabíamos más. Mil y una preguntas. Así nació el Teléfono Rosa. Gracias a todos los voluntarios. Por aquel entonces, aparecieron los preservativos para lesbianas, mucho menos afectadas y tremendamente solidarias. El miedo incluso acabó engendrando el ligue frío, como lo describió la antropóloga Olga Viñuales: seducir pero nada más.

En 1992 la Ministra de Asuntos Sociales, Matilde Fernández, lanzó la campaña Póntelo-Pónselo y el gran rechazo de la Iglesia todavía le dio más eco. Gracias, Matilde, la gente aún se acuerda. Aquel mismo año Hollywood amnistió a los gays con el oscar a Philadelphia. La banda sonora de este periodo la protagonizó Whitney Houston con su I will always love you, que sonó en muchísimos funerales estadounidenses. Aquí se impuso la doble moral.

Dar un salto global de 30 años hasta el presente supone sumar más de 25 millones de muertes y más de 42 millones de personas viviendo con el VIH o el sida. La pandemia se ha cebado con especial crudeza en África, vía heterosexual, y el coste de los sucesivos fármacos escapa al poder adquisitivo de la mayoría de personas: incluso he presenciado envíos a pacientes de EEUU que no se los pueden costear. En el llamado primer mundo, al aparecer la medicación que convierte al sida en enfermedad crónica (no exenta de efectos secundarios), se ha relajado o banalizado la prevención entre jóvenes, ha bajado el uso del preservativo y aumentado todo tipo de infecciones y embarazos no deseados. Treinta años de lágrimas y esperanzas. 

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