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CATÁLOGO DE SERVICIOS PARA LAS PERSONAS MAYORES

El derecho a la ciudad, para toda la vida

Las nuevas supermanzanas sociales ofrecen una atención de proximidad y más vinculada al territorio

La vivienda y cómo vive la gente mayor en ellas es una de las máximas preocupaciones municipales

Joan Salicrú

Un grupo de personas mayores conversando en el Passeig de Sant Joan de Barcelona. 

Un grupo de personas mayores conversando en el Passeig de Sant Joan de Barcelona.  / AYUNTAMIENTO DE BARCELONA

En 2030 casi uno de cada tres habitantes de Barcelona tendrá 60 años o más y está previsto que la media de la esperanza de vida –actualmente situada en 83 años– crezca. Esta previsión es un reto para el conjunto de la sociedad y no solo una cuestión que afecta a las persones mayores. De hecho, afrontar el cambio demográfico es para las instituciones públicas como el Ayuntamiento de Barcelona uno de los principales desafíos de las sociedad actual, una transformación que impacta en todas las esferas de la vida y los ciclos vitales de las personas.

Actualmente, una tercera parte de las personas mayores de 75 años viven solas en la ciudad. Esto equivale a cerca de 55.000 personas, la mayoría mujeres –en el tramo entre 60 y 79 años son el 56%; a partir de los 80, dos de cada tres-. El Ayuntamiento de Barcelona, mediante el Catálogo de Servicios, reúne por primera vez en un mismo documento las medidas para paliar la soledad no deseada de la gente mayor y mejorar la atención a su dependencia.

Se trata de un conjunto de programas, equipamientos y servicios dirigidos a las personas mayores incluido en la Estrategia sobre el Cambio Demográfico y el Envejecimiento –que trata de planificar las políticas públicas más adecuadas ante el cambio demográfico-, que recoge políticas de atención social, prevención y promoción desarrolladas principalmente por el Área de Derechos Sociales.

En concreto, el Ayuntamiento apuesta para destinar más recursos a servicios ya existentes como los programas Radars, Vincles o Baixem al Carrer, el Servicio de Atención Domiciliaria (SAD), el de Teleasistencia, las Comidas en Compañía, el Servicio de Acompañamiento a Domicilio, la Red de Apoyo a las Familias, las Viviendas con servicios o el servicio de Centros Residenciales. 

La apuesta municipal pasa por una nueva aproximación al conjunto de la problemática con la implantación de las denominadas supermanzanas sociales, entendidas como un nuevo paradigma de servicios sociales capaz de dar una atención de proximidad y más vinculada al territorio. “Queremos proveer el servicio desde la proximidad, que un equipo de 9 o 15 personas atienda a un grupo de personas usuarias del SAD que están en un mismo territorio, con los cuales se puede generar una relación más estrecha, que se ajuste a sus necesidades y preferencias. Todo esto a la vez que se intenta que estos profesionales sean referentes para el resto de agentes sociales y cívicos del territorio en cuestión”, explica Ester Quintana, Jefa del Departamento de Atención a les Personas Mayores.   

En este sentido, en diciembre de 2017 se dio el pistoletazo de salida a tres pruebas piloto dentro del actual SAD para explorar esta posibilidad en cuatro barrios concretos: Sant Antoni, Vilapiscina, Poblenou y Marina del Port. En todos los casos, dado el éxito de la iniciativa, ya se está ampliando el perímetro inicial de la supermanzana. “Que los desplazamientos sean muchos más pequeños permite unos servicios hechos a medida. De esta forma, si alguien necesita una pequeña ayuda, aunque sea algo solo de 30 minutos, no hay problema en hacerlo”, ejemplifica. También hay que destacar que la atención la presta un equipo de profesionales a los que ya conocen, con lo que se minimizan los inconvenientes de las suplencias y se mejora la comunicación entre profesional y usuario, ya que éste pasa a tener un teléfono de contacto directo.  

La vivienda, factor de riesgo

La vivienda –o la falta de ella– es uno de los grandes problemas que tiene la ciudad en estos momentos, que se agrava en el caso de las persones mayores. En esta franja la vulnerabilidad aumenta puesto que hay menos seguridad de poder mantener la vivienda de toda la vida y, en el caso de tener que mudarse, aumentan las dificultades de acceso a otro piso. De hecho, tanto si se mantiene la residencia como si hay que mudarse a una nueva, existe la necesidad de ir adaptando el espacio a las necesidades de cada persona, especialmente si la vivienda no era de fácil accesibilidad o si se no se dispone de ascensor.      

En todo caso, en este ámbito la principal preocupación municipal es garantizar que exista oferta de vivienda para la gente mayor. Y una de las formas de garantizarlo es el programa Viviendas con Servicios, implantado en 24 edificios de toda la ciudad, que suman unas 1384 inmuebles donde viven 1495 personas. Son pequeñas viviendas de protección oficial a las que se provee de una serie de servicios pensando en la gente mayor y que el Ayuntamiento asegura que tienen una muy buena acogida.  

En un segundo nivel se encuentran las ayudas a la rehabilitación de pisos en términos de accesibilidad, para hacer posible que los mayores que quieran puedan quedarse en su domicilio durante la vejez. Vinculado con esto hay otro programa, el de Adaptaciones Funcionales en el Hogar, que ofrece ayudas técnicas asequibles y poco invasivas, favoreciendo que aumente la autonomía de la persona. 

Pensando en el futuro

Una tercera parte de las personas “adultas jóvenes” de Barcelona son ahora de nacionalidad extranjera –uno de los pilares del cambio demográfico- y existe una alta rotación residencial del colectivo joven y adulto joven –de media, más de 110.000 adultos jóvenes llegan o se marchan cada año, cosa que anticipa una nueva relación de pertenencia a la ciudad, más voluble-. Todo ello son elementos que se tienen en cuenta en la estrategia municipal sobre cambio demográfico y envejecimiento. «La ciudad es muy dinámica en cuanto a salidas y entradas y tenemos dudas sobre cómo envejecerán las personas que han venido a vivir aquí. Para empezar si la vivirán aquí, y, si es el caso, cómo lo vivirán: si se vincularán, qué tipo de aportación comunitaria harán...», relata en clave de futuro Ester Quintana. 

Àngela Moncunill: «Ahora puedo llamar directamente a mi técnico de referencia»

Es una de les usuarias del Servicio de Atención Domiciliaria que ya disfruta de una atención más cercana en la supermanzana social de Poblenou. Sentada en el sillón de la sala de estar de la casa donde nació y a la que volvió en 1990 después de vivir 35 años en el Poble Sec, Àngela Moncunill (Barcelona, 1930) explica como es el trato con las personas que la ayudan diariamente en el marco del Servicio de Atención Domiciliaria (SAD), que en el Poblenou ha ido una paso más allá al aplicar la filosofía de las supermanzanas sociales, un concepto del servicio que prima la proximidad y el trato personalizado.  Tiene reconocido el grado uno de dependencia y vive sola desde que enviudó en 2007.  

–¿Cómo es el día a día del Servicio de Atención Domiciliaria? 
-Para mi el Servicio es «la Marta», la chica que viene a ayudarme. Y los fines de semana, «la Janet». Las dos me gustan mucho, son muy válidas. Ellas tienen llaves de casa, por si hace falta, y cuando llegan me ayudan a ducharme –sola no puedo–, a vestirme, me preparan el desayuno y me lo traen aquí, a la sala de estar. Ah, y si tengo que poner una lavadora, me la ponen, también; no sé si tocaría que lo hicieran pero lo hacen [ríe]. Me doblan la ropa, también, una vez secada. 

-Vaya, que son de gran ayuda para usted.
A mi me va muy bien que vengan, porque con lo que cobro de pensión no podría pagar a nadie para que viniera a ayudarme. Tengo una chica que viene a limpiar de vez en cuando, eso sí, pero me lo paga mi hija. Es que tengo un poco de manía a las residencias; por poco que pueda, mientras mande mi cabeza, quiero vivir aquí. ¡Esta es mi casa, aquí me siento bien! Mira, si salgo a la calle, una de cada diez personas que pasan la conozco. 

-Usted es una de las usuarias del SAD que está probando la nueva organización de las supermanzanas sociales, que hace un seguimiento personalizado de los destinatarios del servicio. ¿En qué lo ha notado?
La diferencia fundamental es que en estos momentos dispongo de un número de teléfono móvil de la persona que viene a ayudarme; la puedo llamar en cualquier momento. Antes no era así. Esto ayuda mucho, todo es más directo. 

-Por cierto, ¿cómo contactó con el servicio del SAD?
Pues no me acuerdo mucho. En aquel momento aún podía andar con cierta normalidad, pero ya necesitaba el servicio. Fui a los Servicios Sociales del Poblenou a pedirlo y en seguida ya vino Eva, que es la chica que tuve durante unos diez años y que aún me llama ahora. 

-¿Hablábamos de la mañana, pero por la tarde viene alguien a ayudarla?
No, pero ahora lo estoy mirando porque parece ser que podría tener a alguien. Primero tendrían que darme el grado dos de dependencia para poderlo pedir. Pero me haría falta, claro que sí, porque apenas puedo ponerme de pie. Para desnudarme, por la noche, me cuesta mucho. Si está aquí mi hijo –algunas tardes instala aquí la oficina y así me hace compañía–  me ayuda a desnudarme, que me va muy bien. Tengo mucho apoyo de él y también de mi hija. Además aquí pago muy poco de alquiler; creo que el propietario tiene unas ganas de que me muera... ¡Ahora esto lo alquilarían por el precio que quisieran! 

-¿Puede salir mínimamente a la calle?
Sí, con la silla de ruedas sí, pero alguien tiene que ponerme en la silla. Me gustaría tener una silla eléctrica plegable y así poder ir yo sola al mar; que es como era feliz con mi marido: está solo a cinco travesías si cojo la Rambla del Poblenou. Es algo que me gustaba mucho hacer antes y que me despejaba mucho. Ahora, como no puedo, si estoy desanimada miro en el móvil las fotos de mi bisnieto... y ya me animo!