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    20 AÑOS DESPUÉS

    José Manuel Moreno: "Mi medalla de oro inició el cambio del deporte español"

    Medalla de oro en Barcelona 92 en ciclismo

    JOAN CARLES ARMENGOL

    Su medalla de oro resonó como un tiro. Habían pasado varios días desde la inauguración y el equipo de casa, la potente escuadra espanñola construida a base del dinero del plan ADO, aún no había subido al podio.

    Pero el primer cartucho que no era de fogueo dio en el blanco. José Manuel Moreno Periñán era el campeón del mundo del kilómetro contrarreloj (1991) y el día de la inauguración ni siquiera acudió a la ceremonia, entrenándose como estaba a aquella hora bajo el puño de hierro del preparador ruso Alexander Nietzigorostev. El día de la final, calentó lejos del velódromo de la Vall d'Hebron y un helicóptero le trasladó pocos minutos antes de comenzar. Equipado como un torero ("Llevaba de todo: mi estampita del nazareno, mi número 13, la herradura, la virgen de la Merced..."), el supersticioso ciclista puso la mente en blanco, arrancó como una furia y plasmó sobre la madera importada de Camerún todo lo que había entrenado. "El kilómetro contrarreloj es una prueba explosiva. Sabía el ritmo de pedaleo, la fuerza a imprimir, y sabía que debía sufrir en la última media vuelta, que era donde se ganaba la prueba".

    Y vaya si ganó. Pedaleó como un poseso a 56,834 kilómetros por hora y paró el cronómetro en 1.03.342 minutos, nuevo récord olímpico. "La gente me miraba dando saltos como loca. Lo había conseguido. Había hecho casi 20.000 kilómetros en los últimos 20 meses, y el resultado estaba allí", rememora Moreno en la calma de las playas de Chiclana, el pueblo gaditano de su padre, emigrante en Holanda, adonde la familia regresó cuando él tenía 8 años.

    Un oro, el de Barcelona, que significó algo más que un puesto preferente en un podio. "La gente no nos tenía fe, y aquello sirvió de acicate para los compañeros. "Quiero que sepan que podemos", fueron las primeras palabras que dije. "Si este ha podido, nosotros también", pensaron ellos. Mi medalla de oro inició el cambio del deporte español", asegura Moreno sin un ápice de soberbia, pero sí mucho orgullo. "Aquello hizo ver a todos que podíamos. Siempre estábamos con las expectativas, pero siempre nos quedábamos con la medalla de madera. Ahora, el deportista español ya se lo cree. Antes, el solo hecho de ir a los Juegos ya era suficiente premio, pero en Barcelona nos dimos cuenta de que podíamos ir a por la medalla". Y así fue. Tras su oro, llegaron 12 más, cuando España solo había ganado cinco en todos los Juegos anteriores.

    Moreno forjó su éxito gracias a dos factores. El seleccionador español de 1988 le descartó para el kilómetro en Seúl, y el andaluz se volvió loco de ira en la grada cuando vio que el campeón, el soviético Kirichenko, era el mismo al que había derrotado meses antes en los Europeos de San Sebastián. La llegada del técnico ruso también fue clave en su consagración. "Siempre decía que había un día al año para descansar, que eligiera cuál", explica Moreno de Nietzigorostev, con el que discutía casi a diario pero que supo azuzar su ambición y orgullo. "Era un gran psicólogo, jugaba conmigo, me cambiaba los entrenamientos, pero no me perdonaba ni uno: decía que el día que tú no te entrenabas, tu contrincante se entrenaba el doble".