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UNA historia de LES CORTS... el Instituto Frenopático

Donde la locura pasó a ser una enfermedad

El manicomio, creado en 1863 por Tomàs Dolsa, siguió la vía rupturista de la psiquiatría

INMA SANTOS HERRERA
BARCELONA

Lunático, perturbado, irreflexivo, alienado, desequilibrado…en definitiva, loco. Durante siglos, cualquiera de estos adjetivos sirvió para referirse en sentido despectivo a los enfermos mentales. Hoy, el eco de todos ellos se repite como un mantra desde un rincón de Les Corts, donde una institución luchó por la dignidad de quienes llevaron colgada esa etiqueta despectiva: el Instituto Frenopático.

En la avenida de Carles III, a la sombra del imponente edificio que alberga la clínica Dexeus, entrando por la calle de Mejía Lequerica, emerge el antiguo edificio del frenopático. O lo que queda de él: una fachada de unos 120 metros de largo. La institución -ubicada inicialmente en Gràcia-- fue fundada en 1863 por el médico alienista Tomàs Dolsa Ricart (1819-1909) y su yerno, Pau Llorach Malet, en un periodo en el que se iniciaron una serie de cambios en la concepción del enfermo mental. Hasta la segunda mitad del siglo XIX, el loco no disfrutaba de comprensión social y estaba condenado al aislamiento. El frenopático de Dolsa y Llorach, sin embargo, se creó al abrigo de las tendencias psiquiátricas europeas más progresistas, que consideraban al loco un enfermo con posible curación.

Los dos médicos firmaron el 24 de agosto de 1867 la escritura de compra de un terreno de tres hectáreas en Les Corts, adonde se trasladaron. Entre 1872 y 1873, con un proyecto del arquitecto August Font i Carreras, se construyeron las dependencias. Lo que queda en pie es solo una sombra de lo que fue el centro - de la finca original, en el año 2000 solo quedaban ya 19.000 metros— pero revela el aspecto exterior austero del centro. Aún se puede intuir el espacio que ocupaban el pabellón de los hombres y el de las mujeres, separados por la capilla central. Pero, ni rastro de la zona aislada para los furiosos reconvertida en la última etapa en el club Bonanza, un local social para pacientes. Tampoco queda nada de los inmensos jardines.

«El edificio no tenía valor arquitectónico, pero sí histórico. El frenopático supuso una ruptura, un antes y un después de la práctica psiquiátrica», defiende Lluís M. Bou, historiador y autor del libro El frenopàtic de Les Corts: Història d'un centre de salut mental. Médicamente, el centro tenía unas instalaciones modélicas y avanzadas, lejos de las instituciones de la época. «Los manicomios en España son, de entre los de los pueblos civilizados, los peores de todos […]», denunciaba Llorach en el artículo Manicomios en España, publicado por El Siglo Médico, en 1862.

«Dolsa era un médico eminente, pero también tuvo visión de negocio», apunta Bou. De hecho, creó una institución privada cuyo acceso solo se podía permitir las clases sociales acomodadas. «Había pacientes de primera, de segunda y de tercera clase», detalla Bou, que pagaban 180, 125 y 90 pesetas de las de entonces, al mes. En cualquier caso, su carácter privado le permitió llevar a cabo las técnicas más avanzadas en psiquiatría. «El centro tuvo un taller fotográfico donde se estudiaba la relación entre las enfermedades y la forma del cráneo», explica Bou. Esa filosofía de investigación y aplicación de las más modernas terapias se mantuvo en el centro, cuya titularidad pasó de padres a hijos hasta su cierre, a finales del 2000. Ese año, Montserrat Bernat Matheu, nieta de Tomás Dolsa y última gerente, echó el cerrojo a 140 años de historia. Del frenopático solo queda su fachada, un símbolo de la frágil línea entre la locura... y la cordura.