ASUNTOS PROPIOS

Custodia Moreno, pregonera de La Mercè: "Se olvidaron de nosotros hasta que empezamos a gritar"

  • La insobornable líder vecinal del Carmel, de 78 años, inaugurará la fiesta mayor de Barcelona el jueves 23

Custodia Moreno, la pregonera de la Mercè.

Custodia Moreno, la pregonera de la Mercè. / Ferran Nadeu

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Núria Navarro
Núria Navarro

Periodista

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Tenía 4 años cuando llegó a Barcelona en 'El Sevillano', vivió 25 en las barracas del Carmel y ha pasado 60 liderando todas las luchas por conquistar los derechos básicos para el barrio. Custodia Moreno (Granada, 1943), enfermera jubilada, "revolucionaria y cristiana", mujer de titanio, será el próximo jueves la pregonera de La Mercè.

-Baja la loma para hablar a la Barcelona que en los 50 les ninguneó. ¿Se lo pensó?

-Cuando Ada Colau –con quien aún no me he peleado, ¡y me he peleado con todos los alcaldes!– me invitó a hacer el pregón me quedé de piedra. Se lo agradecí, pero le respondí: "No, no, estoy muy cascada". "Piénsatelo, Custodia", me dijo. Y pensé en las mujeres de mi barrio que aún no tienen voz, ni derechos. ¿Mis problemas iban a impedir decir dentro del Saló de Cent lo que tantas veces grité fuera, en la plaza de Sant Jaume?

-Un adelanto del alegato, si es tan amable.

-Haré un símil con lo que les decía a mis vecinos cuando, a fuerza de tanta represión, se habían olvidado de sus derechos. 

-Para quien no lo sepa, ¿quién es La Custodia del Carmel?

-Una mujer normal. Porque dedicarse a mejorar las cosas, tener conciencia ciudadana, debería ser lo normal, ¿no? Aunque la verdad es que me he pasado un poco, sobre todo si se lo pregunta a mis hijos, que en algún momento han tenido hambre de madre.

"Soy una mujer normal. Porque dedicarse a mejorar las cosas, tener conciencia ciudadana, debería ser lo normal, ¿no? "

-Viene usted de familia republicana.

-A mi padre lo echaron de la Renfe por rojo. Vivíamos en una casita cerca del Albaicín, y sufrí una septicemia a consecuencia de un sarampión. Se juntó todo. Tuvieron que vender hasta la lana de los colchones para pagar al médico. Y la situación se volvió insostenible. Nos escribíamos con unos amigos que vivían en el número 62 de Raimon Casellas, en Barcelona, y en el 47 nos animamos a venir.

-Resultó que era la dirección única de las barracas del sector de Can Baró.

-Así es. Después de la odisea del viaje en tren, se nos cayó el alma al suelo. Nos tuvimos que acomodar dos familias en 30 metros cuadrados, entre otras 20 viviendas autoconstruidas [llegamos a ser 100]. Tuve la suerte de estudiar en el Santa Maria de Gràcia, y más tarde, de relacionarme con gente catalana de la clandestinidad.

-¿Sabían 'los de abajo' dónde vivía?

-Nunca lo oculté. Tenía claro que no era una vergüenza. Aunque admito que hubo un doble estigma: éramos 'murcianos' y barraquistas. Algunas chicas se despedían del novio en Sanllehy.

-Es comprensible.

-Sin embargo, con todas las penas que pasábamos, jugamos entre las basuras. Hacíamos zanjas para enterrarlas. No había agua, ni electricidad –estudié a la luz de las velas y del candil–. Solo subían con los picos a tirar barracas nuevas cuando había un chivatazo. Sentíamos rabia e impotencia. Se olvidaron de nosotros hasta que empezamos a gritar. 

-¿Cuándo empezó a gritar?

-Yo siempre he tenido conciencia. La tenía en el colegio –a las monjas les cuestionaba absolutamente todo–, y la tengo a los 78 años. Sin querer, como algo natural, en 1978, con los cuatro o cinco vecinos que sabían leer y escribir, empezamos a movilizarnos.

-¿Recuerda la primera acción?

-Cortamos el tráfico de la carretera del Carmel con bolsas de basura para pedir unos contenedores. Estábamos muertos de miedo. Yo, que estaba embarazada, fui la primera en plantar la bolsa. Y me siguieron más de 100 familias. A la semana teníamos los contenedores. A partir de ahí, acogimos a todas las luchas hasta acabar con las barracas, tener equipamientos y conseguir quedarnos en el barrio.

"Hicimos subir a pie a Narcís Serra hasta los búnkeres para que se enterara de lo que era hacerlo con bombonas de butano"

-Tiraron mucho de imaginación.

-Sí. Hicimos subir a Narcís Serra a pie hasta los búnkeres para que se enterara de lo que era hacerlo con niños, bombonas de butano y garrafas de agua. Nos pusieron autobuses.  

-¿A sus vecinos también les saca los colores?

-¡Ya lo creo! En nuestro barrio se está repitiendo la historia. ¿Sabe lo que es oír a inmigrantes de aquella época criticar a los que llegan de fuera por meterse 12 en un piso? Y yo les digo: "¡No sois fascistas, no; sois 'pancistas' (de panza llena)!". ¡Deberían trabajar para que los que vienen detrás no pasen lo que pasamos nosotros!

"¿Sabe lo que es oír a inmigrantes de aquella época criticar a los que llegan de fuera por meter 12 en un piso?"

-¿60 años de pelea han tenido un precio?

-Me separé de mi marido, Alejandro, porque era difícil seguirme. No teníamos vida privada. El trabajo de enfermera, los niños, la movilización, los vecinos a todas horas en casa... Y tengo trastorno del sueño, la espalda hecha polvo, me han cambiado dos veces las prótesis de las rodillas, he llegado a perder el conocimiento del dolor.

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-Quizá debería descansar.

-Eso me dicen los amigos. Pero cuando veo injusticias, me sale el genio.