Entender + con la historia

La cruz marca el camino

La pandemia nos ha obligado a hacer muchas cosas impensables antes del covid, por ejemplo, aprendernos de memoria dónde están los límites de nuestro término municipal

Vista de la cruz de término en la calle de la Creu, en Girona.

Vista de la cruz de término en la calle de la Creu, en Girona. / ARXIU HISTÒRIC DE LA CIUTAT DE GIRONA

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Ya lo decía la maestra de mi escuela que las mates eran muy útiles para la vida. A ver... que entonces yo no levantaba un palmo del suelo, pero ya entendía que tenía que aprender a sumar y restar. Y por lo que he visto de mayor con la cantidad de facturas que nos llegan, sobre todo lo que hace falta es saber restar. Ahora bien, poco pensaba que me tocaría desempolvar el "perímetro". A mí me parecía que aquello solo era útil para calcular el tamaño de un cuadrado o de una circunferencia, pero mira tú por donde, resulta que si ahora queremos salir a estirar las piernas durante el fin de semana debemos conocer el perímetro del municipio. Y estoy hecho un lío, porque no sé dónde está ese maldito perímetro. Tanto 5G y tanto microchip que se supone que nos quieren poner con las vacunas y no somos capaces de señalizar bien dónde termina una ciudad y dónde empieza la otra. Digo yo que si alguien se atrevió a recuperar las hombreras y la música de los 80 también podríamos volver a poner de moda las cruces de término de la Edad Media.

También es cierto que erigir ahora una cruz de término no sería una iniciativa muy multicultural ni respetuosa con la diversidad. De hecho, precisamente se ponían por lo contrario. Eran para dejar claro que aquel municipio era cristiano en un momento en que se quería borrar del mapa a los judíos y los sarracenos. Vamos, que era como poner una baldosa de aquellas que dicen ‘Aquí vive un catalán del Barça’, pero nivel premium.

Las inclemencias de la historia

De cruces de término había en todas partes y algunas han sobrevivido a pesar de las inclemencias de la historia, aunque, en muchos casos, las han trasladado porque no son demasiado compatibles con rotondas, autovías, polígonos industriales y derivados. Y estas supervivientes aún pueden dar gracias por haber esquivado la voracidad constructiva y la ristra de revueltas y guerras que se han sufrido en Catalunya; porque cada vez que ha habido guantazos, el patrimonio ha salido mal parado. Hay algunas pero que, como la EGB, han desaparecido dejando rastro.

Hay en todas partes

Los lectores de Girona saben que tienen una precisamente en la calle de la Creu esquina con la calle del Migdia. Servía para advertir la bifurcación del camino en dos direcciones: Santa Coloma de Farners y Barcelona. En La Selva del Camp hacía una función similar para indicar los trayectos para ir a Tarragona o en Reus y Salou. Y podríamos nombrar muchas más: las de Tossa de Mar, Ulldemolins, Pineda...

¿Sabéis aquella frase: "¡Antes todo esto eran campos!" que suele decir la gente mayor? Pues quien vaya a la confluencia entre la avenida Mistral y el Paral·lel también la podrá proclamar a los cuatro vientos. Justo en este punto, en 1344, se colocó una cruz para avisar a los forasteros que estaban llegando a Barcelona. Además, para advertirles que se portaran bien, instalaron las horcas para ejecutar la pena capital. O sea que te recibía un grupo de cadáveres de ajusticiados colgando. Afortunadamente las campañas por el civismo han evolucionado un poquito y ahora son más civilizadas.

Una réplica

Al cabo de un tiempo, para dignificar la cruz, construyeron un templete y enseguida el lenguaje popular la bautizó como la Creu Coberta. Y tanto da si habéis cursado ESO como EGB, seguro habréis adivinado que esta es la razón de que actualmente existe una calle con ese nombre. Pero no salgáis corriendo a buscarla porque la destruyeron durante la revuelta liberal de 1823.

Años más tarde se hizo una réplica –actualmente conservada en la sala de plenos de la sede del distrito de Sants-Montjuïc– y al lado abrió un hostal donde hacían estancia los viajeros procedentes de Madrid que, al llegar tarde de noche, se encontraban las murallas cerradas y tenían que esperar a la mañana siguiente. Su propietario era el carretero Juan Corrades, hijo de un pueblo de la Segarra llamado Hostafrancs y por esta razón, la zona entre Barcelona y Sants pronto se conoció con el nombre de aquella localidad.

El majestuoso Arenas

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En 1928, el Hostal de Corrades dejó paso al majestuoso Cine Arenas, con capacidad para 2.500 espectadores y la orquesta Goldwin acompañando las películas mudas que se proyectaban. Algún día habrá que dedicarle un artículo entero porque él solo ilustra la historia de la ciudad desde la Exposición de 1929 hasta el Fòrum de les Cultures.

De las propiedades de Corrades quedó en pie un inmueble que, por lo tanto, era la vivienda más antigua de Hostafrancs, pero esto no fue suficiente para sobrevivir a las transformaciones urbanísticas y, en 2013, fue derribada para abrir una nueva calle. Como decía antes, lo que más hacemos es restar.